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Debates Ilustrados y Participación Política en el México del Siglo XVIII
1 La formación de la “esfera pública” en la América española ha sido tema de varios estudios durante los últimos años; especialmente, a través del análisis de casos particulares y concretos, se ha matizado y extendido la noción habermasiana de esfera pública, para contemplar, “espacios de interacciones múltiples”, correspondientes a intereses y contextos diversos como ha insistido Pablo Piccato, “Introducción: ¿Modelo para armar? Hacia un acercamiento crítico a la teoría de la esfera pública”, en Cristina Sacristán y Pablo Piccato (eds.), Actores, espacios y debates en la historia de la esfera pública en la Ciudad de México (México: Instituto Mora, 2005), pp. 9-39. Para una bibliografía extensa sobre la esfera pública en América Latina, véase Piccato, “Public Sphere in Latin America: a Map of the Historiography”, www.columbia.edu/~pp143/ps.pdf.
2 Los grupos de discusión con carácter institucional —como la Escuela de Minería o el Jardín Botánico— no estaban exentos de la censura, pero tendían a escapar más de la vigilancia de la Inquisición.
3 Alzate, “Diario Literario de México”, 4 de febrero de 1768, en Obras. Periódicos (México: UNAM, 1980), pp. 3-4. De poco le valieron sus protestas a Alzate; el Diario Literario de México cerraría unos nueve meses después de haber comenzado, cuando el virrey De Croix lo suspendió en circunstancias todavía no aclaradas del todo.
4 Alzate, citado en Roberto Moreno de los Arcos, Linneo en México (México: UNAM, 1989), p. 65.
5 Existen pocos estudios sobre el impacto de la ciencia en la creación de esferas públicas latinoamericanas. Entre éstos destaca Renán Silva, “Prácticas de lectura, ámbitos privados y formulación de un espacio público moderno”, en François-Xavier Guerra y Annick Lempérière (eds.), Los espacios públicos en Iberoamérica. Ambigüedades y problemas. Siglos XVIII-XIX (México: Fondo de Cultura Económica, 1998), pp. 80-106, donde el autor señala formas de sociabilidad neogranadina similares a las mexicanas de finales del siglo XVIII. Para relaciones entre ciencia y opinión pública en la Europa occidental del siglo XVIII, véanse, entre otros, Roger Cooter y Steven Pumfrey, “Separate Spheres and Public Places: Reflections on the History of Science Popularization and Science in Popular Culture”, History of Science, xxxii (1984), pp. 237-267; Shapin y Schaffer, Leviathan and the Air-Pump (1985); Golinski, Science as Public Culture. Chemistry and Enlightenment in Britain, 1760-1820 (Cambridge: Cambridge University Press, 1992); Thomas Broman, “The Habermasian Public Sphere and ‘Science in the Enlightenment’”, History of Science, xxxvi (1998), pp. 123-149, y The Transformation of German Academic Medicine, 1750-1820; así como Nuria Valverde, Actos de precisión. Instrumentos científicos, opinión pública y economía moral en la Ilustración española (Madrid: CSIC, 2007), para el caso español.
6 Alzate publicó sus “Descripciones topográficas” de la Ciudad de México en su periódico Gacetas de Literatura de México, entre 1789 y 1791.
7 Para un análisis detallado del ensayo del conde de Revillagigedo, véase Antonello Gerbi, La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica, 1750-1900, traducción de Antonio Alatorre (México: Fondo de Cultura Económica, 1955), pp. 243-245.
8 Sobre las reformas higienistas de Revillagigedo, véase Marcela Dávalos, De basuras, inmundicias y movimiento: o de cómo se limpiaba la ciudad de México a finales del siglo XVIII (México: Cienfuegos, 1990); sobre sus intentos de promover la disciplina moral y cultural de los habitantes, véase Juan Pedro Viquiera Albán, ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la Ciudad de México en el Siglo de las Luces (México: Fondo de Cultura Económica, 1987).
9 Véase la Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México, vol I (México: Tipografía de la Oficina Impresora de Estampillas, 1902).
10 Para la biografía de Alzate, el mejor ensayo sigue siendo el escrito con concisión por Roberto Moreno de los Arcos, “Un eclesiástico criollo frente al estado Borbón”, en Ramón Aureliano, Ana Buriano y Susana López (coords.), Índice de las Gacetas de Literatura de México de José Antonio Alzate y Ramírez (México: Instituto Mora, 1996), pp. 13-36. Véase también Patricia Aceves Pastrana (ed.), Periodismo científico en el siglo XVIII: José Antonio de Alzate y Ramírez (México: UAM, 2001); Teresa Rojas Rabiela (coord.), José Antonio Alzate y la ciencia mexicana (Morelia: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2000); y Alberto Saladino García, Dos científicos de la Ilustración hispanoamericana: J. A. Alzate y F. J. de Caldas (México: UNAM, 1990). Para estudios de los desacuerdos entre Alzate y el virrey Revillagigedo, véanse Esteban Sánchez de Tagle, “Antonio Alzate y la remodelación urbana del despotismo ilustrado”, pp. 163-178, y J. Omar Moncada Maya, “El empedrado en la Ciudad de México. En torno a una polémica entre José Antonio Ramírez y Miguel Constanzó”, pp. 179-207, ambos en Teresa Rojas Rabiela, José Antonio Alzate y la ciencia mexicana.
11 Aunque en el siglo XVIII el intento de identificar a esta deidad dio lugar a una intensa polémica, hoy en día hay consenso entre los investigadores de que la estatua representa principalmente a la diosa Coatlicue, aunque al mismo tiempo hace referencia a otras deidades. La estatua se encuentra en el Museo Nacional de Antropología e Historia.
12 La llamada Piedra del Sol, también en el Museo de Antropología e Historia.
13 Al mismo tiempo de la aparición de noticias sobre los hallazgos de la Plaza Mayor, Alzate publicó, en 1791, La descripción de las antigüedades de Xochicalco. Escrita con base en sus varias visitas a las ruinas a lo largo de las décadas de los setenta y ochenta, la descripción refleja la relación entre el interés anticuario y el creciente americanismo que caracterizarán los debates en torno a las dos piedras.
14 Alain Schnapp, La conquête du passé: aux origines de l’archéologie (París: Carré, 1993).
15 Las devociones de los indios a la estatua motivaron a las autoridades a enterrarla nuevamente; en contadas ocasiones, la estatua fue desenterrada: en 1805, durante la visita de Humboldt, y en 1822, durante la visita de William Bullock. Fue en la década de los treinta que la estatua fue desenterrada definitivamente, para ser expuesta en el Museo Nacional de México.
16 En el contexto de la controversia sobre la nomenclatura linneana, José Antonio Alzate se refirió a los aspectos formales del debate de la siguiente manera: “En cuanto a los ejercicios de diciembre, se convidaron réplicas y se avisó que todo asistente podría proponer sus dudas; las mías no son proferidas con el ánimo de impugnar por contradecir; se dirijen al fin de que se aclare la verdad [...] [E]n las ciencias naturales es necesario que las cosas se apuren para que la verdad se manifieste a esfuerzos de pasarla una y muchas veces por el crisol, entonces sale purificada y terminan las dudas y las disputas”. Moreno, Linneo en México, p. 41.
17 Ya unos años después, entrado el siglo XIX, Pedro José Márquez (1741-1820), jesuita mexicano exiliado en Roma y asiduo astrónomo, anticuario y miembro de varias academias de bellas letras y artes, sostendría lo mismo cuando abogaba por ampliar el canon de lo bello para incluir el arte de los antiguos mexicanos. Así, al traducir al italiano y publicar en 1804 uno de los escritos de Antonio de León y Gama en el contexto de los debates sobre piezas escultóricas prehispánicas (Saggio dell’astronomia, cronologia, e mitologia degli antichi messicani, 1804), Márquez reflexionaba por su cuenta que lo extraño y lo diferente no habían de ser temas de risa o burla por un cosmopolita y que “la verdadera filosofía no conoce la incapacidad de ver a un hombre o porque sea nacido blanco o negro, o porque esté educado bajo los polos o bajo la zona tórrida”. Due antichi monumenti de Pedro José Márquez, así como su ensayo sobre lo bello (originalmente publicado en Roma, 1808), se encuentran traducidos al español en una edición de Justino Fernández, 1972. Para más información sobre la bio-bibliografía de Márquez, veáse el estudio de Justino Fernández en este mismo libro.
Miruna Achim
Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa


El debate científico de las últimas décadas del siglo XVIII novohispano fue resultado de las expediciones de reconocimiento organizadas por la Corona en el continente americano. Esto tuvo como consecuencia el enfrentamiento entre la interpretación científica europea, que pretendía tener aplicaciones universales, y la ciencia novohispana realizada por criollos eruditos como José Antonio Alzate y Ramírez y Antonio de León y Gama.


Durante las últimas dos décadas del siglo XVIII, surgió en la Nueva España un nuevo género literario y retórico: el debate científico. En periódicos, o a través de panfletos, cartas, impresos y manuscritos, los miembros de la elite intelectual mexicana se confrontaron en torno a temas tan diversos como los beneficios medicinales de la carne de las lagartijas (1782-1783); los efectos de las manchas del sol sobre el clima, la salud y las cosechas (1784-1785); la mejor manera de construir un malacate, o máquina para desaguar las minas (1784-1785); las ventajas y las desventajas de los sistemas taxonómicos “universales” (como el sistema botánico de Linneo) sobre las nomenclaturas locales (1789-1790); el temperamento (1789-1793) y el número de habitantes (1790) de la Ciudad de México; la explicación astronómica de las auroras boreales que mucho asombro causaron en la Ciudad de México en noviembre de 1789 (1790-1791); y la naturaleza y el significado (astronómico, calendárico, simbólico e histórico) de varias piezas arqueológicas prehispánicas encontradas en el subsuelo de la Plaza Mayor de la hoy capital de México (1791-1794).


José Antonio Alzate, uno de los principales representantes de la Ilustración novohispana, dedicó buena parte de su vida a describir y analizar las riquezas de México. Anónimo, José Antonio Alzate, CA. 1800. Óleo sobre tela. Colección Facultad de Medicina, Palacio de la Escuela de Medicina, UNAM, México.

El auge del debate científico a finales del siglo XVIII era la culminación de una tradición intelectual y científica que había garantizado la presencia de España en el Nuevo Mundo desde el siglo XVI. Desde los primeros momentos de su llegada y conquista del Nuevo Mundo, la Corona española se interesó por recopilar datos detallados y verídicos sobre sus nuevos territorios: la forma de sus costas, la orientación de sus relieves, la dirección de sus vientos, el temperamento de sus habitantes, la presencia de recursos naturales y minerales. Estudiar sus posesiones americanas era una condición básica para explotar sus riquezas humanas y naturales. En el siglo XVIII, ante la competencia política y comercial de otros países europeos con posesiones americanas, el Imperio español demostró la renovación de su interés en América al organizar un número considerable de expediciones científicas al continente, con el propósito de estudiar, con más detalle y nuevos métodos —entre los cuales la cuantificación y el uso de instrumentos serían de gran importancia— los aspectos más diversos de sus colonias: desde su fauna y flora y el estado de su minería, hasta los contornos —poco conocidos— de los territorios. Se trataba de expediciones dirigidas desde Madrid, cuyos miembros regresaban a la metrópoli con datos y ejemplares que serían interpretados en los gabinetes reales. El éxito de la empresa dependía, sin embargo, de la apertura de redes cada vez más amplias de recopilación de datos y de observación y de la participación de estudiosos locales en estas redes. La consolidación de una prensa periódica y el espacio, cada vez mayor, que el debate científico empezó a ocupar en la prensa periódica virreinal de finales del siglo XVIII responden directamente a la necesidad de la Corona por conocer y explotar sus territorios. La imagen de una España atrasada y anticientífica que hemos heredado de la Ilustración francesa no podría ser más falsa si dirigimos un vistazo a los periódicos mexicanos, pero también neogranadinos y peruanos, de esta época. Como parte del ejercicio de administración y explotación de sus riquezas ultramarinas, la Corona española permitió la creación de espacios públicos para la transmisión y la discusión de la ciencia, para la expresión de opiniones personales y para la búsqueda de los criterios que subyacieran al consenso y a la negociación.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, se crearon en España y en las colonias españolas las condiciones que el filósofo alemán Jürgen Habermas ha identificado con la estructuración de la “esfera pública” en la Europa occidental: la apertura de nuevos espacios urbanos (teatros, museos, cafés, gabinetes de historia natural), la formación de nuevas estructuras de comunicación social (una prensa periódica, un mayor número de lectores y suscriptores a periódicos y prensa) y la consolidación de nuevas formas de asociación voluntaria (tertulias, bibliotecas) independientes, por lo menos en teoría, de las prescripciones del estatus o de estructuras corporativistas. Habermas percibía en este conjunto de espacios de participación pública del individuo la gradual articulación de una esfera pública política, reguladora de la sociedad civil, mediadora entre la sociedad y el Estado, y capaz de transformar la autoridad arbitraria de este último en una autoridad racional, sujeta a la ley y al escrutinio ciudadano.

Debemos resistir la tentación de pensar sobre las esferas públicas hispanas en términos idénticos a sus equivalentes europeos. 1 La posibilidad de la crítica política, excepto desde la clandestinidad, fue prácticamente inexistente a lo largo del Imperio español. Si algo caracteriza la participación individual en la vida pública novohispana, sobre todo en tertulias y reuniones semiprivadas, es el hecho de que la información que hoy en día tenemos sobre estas formas de asociación proviene en gran parte de los archivos de la Inquisición.2 A finales del siglo XVIII, fue dentro de un ambiente tenso de estira y afloja —entre la pretensión oficial de saber y la determinación de suprimir todo juicio contrario o heterodoxo— que se empezaron a abrir, tanto en España como en la América española, espacios para el debate y la discusión de temas relacionados particularmente con la producción y la difusión de conocimientos “útiles”, es decir, de conocimientos científicos y tecnológicos. Desde sus títulos —que incluyen nombres como Mercurio Volante, de José Ignacio Bartolache; Observaciones sobre la Física, Historia Natural y Artes Útiles, de José Antonio Alzate y Ramírez o Semanario Económico de Noticias Curiosas y Eruditas sobre Agricultura y demás Artes, de Wenceslao Barquera, entre otros— los periódicos novohispanos de finales del siglo XVIII y principios del XIX buscaron distanciarse de manera cuidadosa de la política. Asimismo, en sus prólogos a diversos periódicos, los editores reforzaban esta distancia. Por ejemplo, en el primer número de su primer periódico, el Diario Literario de México, Alzate protestaba, como lo volvería a hacer en sus otras empresas editoriales, “un silencio profundo sobre las materias de estado, considerando el que los superiores no podrán ser corregidos por particulares”, y proclamaba en la misma vena que los temas de sus periódicos, provenientes a menudo de diarios o “jornales” europeos, serían de utilidad a la agricultura, la minería, la geografía y la historia natural.3


Los descubrimientos y debates entre los ilustrados novohispanos quedaron plasmados en las nuevas publicaciones que, como en otros países, se crearon para tal fin. José Antonio Alzate, “Suplemento a la famosa observación del Tránsito de Venus”, en Gacetas literarias de México (1831). Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.

La esfera pública que se forjó en el mundo hispano a finales del siglo XVIII no era política, o no evidentemente política. No hubo, como sí en Inglaterra o Francia, por ejemplo, sonadas discusiones sobre las ventajas de diferentes sistemas políticos. Tampoco se cuestionó la existencia de Dios. Esas discusiones no se darían en México hasta el siglo XIX. Sin embargo, si la dimensión política de los debates y las publicaciones periódicas mexicanas no es inmediatamente obvia, es importante reconocer en ellos la condición de posibilidad para las discusiones que caracterizarían la esfera pública mexicana post-1810. En su conjunto, los debates científicos de finales del siglo XVIII contribuyeron a consolidar formas inéditas de participación en la vida pública mexicana, a través de la discusión y de la crítica. Citando a Tácito, el ilustrado criollo José Antonio Alzate y Ramírez sentenció en uno de sus ensayos periodísticos que ex privatis odiis res publica crescit (de odios privados crece la república);4 la cita tiene tanto un sentido material —el bienestar común y el progreso material (asociados cada vez más con avances tecnológicos) son productos de debates y discusiones que ponen a prueba nuevas propuestas, inventos o descubrimientos— como ideológico: la suma de opiniones y posiciones personales contribuye a forjar y fortalecer razones y consensos públicos. Se construyó así un espacio nuevo de discusión al margen de la verdad revelada: aunque nadie puso en duda la autoridad de la Iglesia en el México del siglo XVIII, estos debates ilustrados son marcados por la creciente importancia de nuevas formas de autoridad, especialmente por el reconocimiento de la ciencia como nuevo árbitro de la verdad en la vida pública.5

Por el otro lado, la dimensión política de los debates científicos mexicanos de finales del siglo XVIII es apreciable en los temas de discusión. Detrás de la aparente neutralidad de objetos de estudio como el temperamento de México, el significado de piezas arqueológicas o el nombre de plantas y animales; detrás de las discusiones sobre cómo observarlos, medirlos o nombrarlos, se dejan entrever preocupaciones profundas y preguntas puntuales sobre la posibilidad de conocer el continente americano: ¿cómo se conoce la naturaleza americana y para qué se conoce?, ¿quién puede hablar en su nombre?, ¿qué valor hay en compararla con la del viejo continente? Las respuestas a estas preguntas identifican y configuran los objetos que, a lo largo del siglo XIX, ocuparán un lugar privilegiado en el imaginario nacional: el territorio, el pasado, las lenguas y los cuerpos de México.

Topografías y temperamentos

A principios de los años noventa, José Antonio Alzate y Ramírez (1737-1799) publicó una serie de descripciones topográficas sobre el valle de México.6 El blanco de sus escritos eran los libros de viaje publicados en Europa por viajeros reales o imaginarios, cuyas descripciones del Nuevo Mundo, rápidas y superficiales, habían puesto en circulación errores fácticos y prejuicios nocivos sobre la naturaleza de las Américas y de los americanos. Alzate hace frente a estos libros a través de observaciones puntuales y detalladas sobre el lugar que mejor conocía: la Ciudad de México. Como modelo narrativo, el criollo recurre a Hipócrates, quien tres siglos antes de nuestra era había propuesto una relación estrecha entre la salud física y moral de los habitantes de un sitio y las características naturales del entorno. Alzate, como otros escritores del siglo XVIII, enriqueció el modelo hipocrático, con su fe ilustrada en observaciones meticulosas y cuantificadas, para producir descripciones de los aires, aguas y tierras del valle de México y para concluir que, en su totalidad, las condiciones naturales del valle aseguraban el temperamento benigno de la ciudad y la salud física y moral de sus habitantes. El veredicto de Alzate contradecía las conclusiones de otros naturalistas que veían en el lago que en aquel entonces rodeaba la ciudad la causa de catástrofes y la fuente de enfermedades; un enemigo a vencer. Las descripciones topográficas de Alzate representan un intento de participación en los debates y proyectos que pretendían cambiar la topografía del conjunto urbano.

En el siglo XVIII, la relación de la Ciudad de México con las lagunas, amenazante y precaria desde la fundación de la ciudad prehispánica en el siglo XIV, se había vuelto el objeto de conflictos entre facciones que se disputaban el control de las aguas. Hubo propuestas que pugnaban por el drenaje total, tanto para evitar inundaciones como para reclamar las tierras drenadas para la agricultura, y propuestas más conservadoras, que optaban por soluciones parciales. El contexto de los debates en torno al lago rebasaba la Nueva España. En su libro Le miasme et la jonquille Alain Corbin describe cómo el límite amorfo entre el agua y la tierra llegó a impregnarse, en el siglo XVIII, de connotaciones negativas. Se temía que la mezcla cenagosa de elementos secretara vapores nocivos y vahos telúricos, miasmas y fermentaciones, que comprometieran la salud pública. La administración y la gestión de la salubridad se expresaron a través de proyectos de pavimentación, de limpieza o, más drásticamente, de drenajes totales, como las soluciones probadas y popularizadas por Voltaire en Ferney, o por el doctor Faustus en el poema de Goethe. Para finales del siglo XVIII, el progreso significaba que la salud física y moral de un lugar y de sus habitantes estuviera estrechamente vinculada al control del espacio público por parte de médicos y de reformistas urbanos.

En la Nueva España, las modas higienistas europeas encontraron ecos en la política pública a partir de la década de los sesenta, pero, particularmente durante el gobierno del enérgico virrey conde de Revillagigedo, quien estuvo a cargo del virreinato entre 1789 y 1794. En 1771, Revillagigedo, criollo de nacimiento (había nacido en Cuba), combatió a través de un pequeño texto —Memoria interesante para la especie humana con una disertación sobre la América y los americanos— prejuicios europeos hacia los americanos. Contra naturalistas como Buffon, Revillagigedo celebraba el temperamento de los indios y la perfección de la flora y fauna americanas.7 Cuando llegó a ser virrey de la Nueva España, se dedicó a mejorar las políticas sociales, económicas y urbanas del virreinato, y sus reformas tuvieron un impacto considerable sobre la Ciudad de México. Lanzó una campaña para limpiar —física y moralmente— las calles de la ciudad al mandar pavimentarlas, barrerlas diariamente, recolectar la basura, y al forjar decretos que pretendían prohibir gran parte de las diversiones callejeras, regularizar el teatro y controlar el acceso a los baños públicos y el consumo de pulque.8 El propio Alzate se vio involucrado en las campañas del virrey y presentó planos para pavimentar la ciudad, diseñó un modelo de farol e inventó un carro recolector de basura. No siempre se le hizo caso, aunque su carro de basura fue patentado por un funcionario de la corte, sin que se le diera crédito a Alzate.

En este contexto de reformas urbanas, para los consejeros del virrey, drenar el lago de Texcoco era un proyecto en el orden del día. A lo largo de su vida, Alzate se opuso a propuestas de drenar completamente la laguna. En 1767, por ejemplo, Alzate presentó un Proyecto para Desaguar la Laguna de Tescuco, donde proponía eliminar el riesgo de inundaciones conservando al mismo tiempo el temperamento de la ciudad a través de un sistema de diques entre los bordes sureños del lago y los cerros que lo rodeaban, los cuales, dada su naturaleza volcánica, pensaba Alzate, estaban llenos de concavidades y huecos. Durante las épocas de lluvia, cuando el lago se llenaba, al abrir los diques el agua era canalizada hacia las concavidades.9 Después de 25 años, Alzate seguía convencido de que drenar el lago del todo provocaría calamidades inesperadas de todo tipo: económicas, médicas y meteorológicas. El drenaje resultaría en la pérdida de fauna, particularmente de patos y peces, alimentos básicos y abundantes para la gente con menos recursos. Destruiría a la vez la vegetación, particularmente los juncos que los pobres usaban para hacer canastas que luego vendían en la ciudad. Alzate demuestra una sensibilidad inusitada en sus descripciones de los indios que vendían sus mercancías por poco dinero, y por lo tanto serían reducidos a pedir limosna en las calles si ya no tuvieran nada que vender. Esta sensibilidad sería más escasa en el siglo XIX entre los ingenieros urbanos, quienes heredaron la fe ilustrada en la ciencia y la técnica, pero no la capacidad profética de Alzate de prever las posibles consecuencias de proyectos masivos como el desagüe de la Ciudad de México.

Uno de los principales problemas a los que tenía que hacer frente la Ciudad de México era el derivado de su asentamiento sobre una zona lacustre. José Antonio Alzate, “Mapa hidrográfico de la Ciudad de México”, en Gacetas literarias de México (1831). Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.

Al mostrar que el lago era indispensable para el equilibrio humano y natural de la Ciudad de México, Alzate atacó los argumentos a favor de drenarlo con el propósito de liberar tierras para usos agrícolas o de contener epidemias. Los estudios que el ilustrado criollo había emprendido a lo largo de los años lo convencieron de que las epidemias tendían a ocurrir en los lugares donde el lago se había retirado. Como ejemplos, Alzate recurrió a sus observaciones de la epidemia que había diezmado las poblaciones de la orilla este de Texcoco en el año 1772, cuando 13 000 gentes murieron en Santa Marta y en Los Reyes durante la época de secas. Durante otras epidemias, los estragos se habían extendido hasta Iztapalapa, aunque allí las consecuencias habían sido menos drásticas por haberse beneficiado este sitio de la humedad de la laguna del Chalco. Con base en sus observaciones, Alzate podía concluir, por lo tanto, que la conservación de la salud en México dependía de la conservación de amplias superficies de agua, que mantenían el aire húmedo. Drenar el lago dejaba atrás un polvo alcalino, que penetraba el cuerpo a través de los poros y de la respiración. Por lo tanto, a diferencia de quienes proponían desecar el lago con propósitos agrícolas, Alzate mostraba que las sales cáusticas que quedaban atrás al retirarse las aguas no eran suelo fértil. Nada crecía en ese polvo.


El drenaje del lago donde estaba asentada la ciudad iba a suponer, según los pronósticos de Alzate, alteraciones climatológicas significativas. José Antonio Alzate, “Tabla quimiológica”, en Gacetas literarias de México (1831). Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.

El lago sostenía así un ciclo holístico de vida y cualquier alteración de este equilibrio delicado desencadenaría consecuencias incontrolables, muy probablemente nocivas. Como ejemplo, Alzate reportaba el caso de un árbol cuya tala había causado que un ojo de agua se secara; cuando el tronco empezó a echar brotes, el agua regresó. Si cortar un árbol había provocado tan graves efectos, proyectos de tala que habían dejado secos los cerros que rodeaban la Ciudad de México perturbaban de manera mucho más drástica el temperamento de la urbe: los árboles habían formado una barrera contra los vientos fríos y secos del norte, pero en el momento cuando Alzate escribía, estos vientos soplaban libremente, causando enfermedades respiratorias serias, particularmente en el invierno. Contra los “proyectistas” del virrey, armados de teorías abstractas y entrenados en sistemas que pretendían la universalidad, Alzate repetía, una y otra vez que, para que México fuera saludable y fértil, su suelo necesitaba estar húmedo. Lo hacía con base en sus propias observaciones y mediciones (30 años de mediciones meteorológicas, por ejemplo) y con base en las observaciones y prácticas de la gente que habitaba el sitio.

Un vistazo a lo que queda del lago de Texcoco hoy es suficiente para convencernos de que los avisos de Alzate no fueron atendidos. Para la década de los noventa, cuando Alzate emprendió sus descripciones topográficas en contra de los urbanistas recién llegados, este criollo ilustrado, en pleno momento creativo, estaba siendo marginado de los espacios de poder y prestigio que, pensaba él, con razón, se había ganado a lo largo de casi 30 años de servicio público. Por ejemplo, su presentación al puesto de director del Tribunal de Minería, cuando la posición quedó vacante por la muerte de Velázquez de León en 1786, no encontró sino indiferencia; ni sus méritos ni su extensa experiencia minera fueron suficientes para obtener el codiciado puesto, al cual fue ascendido el vasco Fausto de Elhuyar, quien llegó a México por primera vez en 1787 para tomar el cargo. Al mismo tiempo, la relación de Alzate con el gobierno virreinal (que había sido caracterizada por la cordialidad durante la parte más temprana de la vida de Alzate) se deterioró considerablemente durante la década de los noventa, después de que Alzate empezó a cuestionar las reformas urbanas de Revillagigedo y criticó el censo levantado por este último en 1790, alegando, contra el virrey, que la población de la Ciudad de México era superior a la de Madrid.10

Escritas en un momento crítico en su vida, las descripciones topográficas de la Ciudad de México de Alzate están atravesadas por intereses que trascienden el propósito de describir la ciudad y afirman el nuevo papel del erudito criollo de finales del siglo XVIII como observador y crítico autorizado de su entorno natural, cultural y político. Marginado de las esferas de influencia de la capital, Alzate fue uno de los primeros naturalistas mexicanos que construyó su autoridad y ganó reconocimiento dentro de la emergente esfera pública mexicana a través de sus periódicos. Sus descripciones topográficas enlistan un conocimiento profundo de prácticas y tradiciones locales, por un lado, y un dominio sólido de las técnicas y los métodos de una ciencia ilustrada y cosmopolita (hay que recordar que Alzate fue corresponsal de la Academia de Ciencias de París), por el otro. Su capacidad de conjugar lo local con lo universal debería haberle asegurado una ventaja importante sobre los consejeros del virrey, quienes, hablando en nombre de las ciencias europeas y sin tener un conocimiento real de las condiciones locales, pretendían cambiar la topografía urbana; debería también haberle otorgado a Alzate el derecho de intervenir en los debates sobre el destino físico de la ciudad. Cuando este derecho, que pensaba que le correspondía, le fue negado por sus superiores, Alzate sometió sus opiniones al escrutinio de otros jueces, sus lectores, contribuyendo así, a finales del siglo XVIII, a la creación de espacios más amplios de discusión y de participación en la vida pública de México.

Piedras, signos y el pasado de México

Al tiempo que escribía sus descripciones sobre la Ciudad de México, Alzate, practicante de una ciencia vigorosa y combativa, debatía contra Antonio de León y Gama (1735-1802), reconocido astrónomo y matemático, en torno a antigüedades mexicanas recién descubiertas a raíz de las excavaciones efectuadas por esos tiempos. El 13 de agosto de 1790, día de la fiesta de san Hipólito y conmemorativo del aniversario CCLXIX de la conquista de Tenochtitlan, el pasado prehispánico de México surgió a la superficie desde los subsuelos donde yacía enterrado. Las reformas urbanas promovidas por el virrey Revillagigedo con el propósito de aliñar la Ciudad de México según las últimas modas europeas de higiene y belleza, tenían la ciudad literalmente revuelta y a la gente quejosa por tanta obra de cañería y empedrado. Sin embargo, para algunos la recompensa fue grande: entre los escombros, a unas 37 varas al poniente del Palacio Real, se encontró una muy voluminosa pieza esculpida, representativa de alguna deidad mexica.11 Más tarde, el 17 de diciembre del mismo año y a poca distancia de donde se había hallado la primera estatua, se descubrió otra gran pieza, de forma circular, labrada con numerosas figuras jeroglíficas.12 A lo largo del año siguiente, se desenterraron más piezas y algunos sepulcros con osamenta animal. Los hallazgos de 1790-1791 se sumaban, como lo explicaba Antonio de León y Gama en un texto escrito en 1794, a toda una serie de “descubrimientos” aislados que se dieron durante todo el siglo XVIII; estas piezas prehispánicas de tamaños y formas diferentes se podían observar esparcidas por toda la ciudad: arrimadas a las paredes, en las esquinas de las casas y cruces de las calles, o en algunas colecciones particulares.

El estudio de León y Gama sobre las piezas prehispánicas descubiertas cerca del Palacio Real encontró en José Antonio Alzate un crítico, despertando así otro debate científico en la Nueva España. Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790 (1792). Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.

Sin embargo, las piezas encontradas en la última década del siglo, sobre todo la voluminosa estatua y la piedra circular, despertaron más interés y curiosidad que cualquier hallazgo anterior y se convirtieron en el tema de apasionados y eruditos debates en la prensa.13 Entre los escritos más importantes destacan dos libros de León y Gama: Descripción histórica y cronológica de las dos piedras (1792) y las Advertencias anti-críticas (1794). El primero es un estudio complejo sobre las “dos piedras”; el segundo, un texto largo, donde León y Gama completa el estudio de las piedras y contesta objeciones de estudiosos de las esculturas, intelectuales de renombre en el México del siglo XVIII: Alzate e Ignacio Borunda, entre otros. Los varios participantes en los debates sobre las piedras se cuestionaron, retaron y a veces insultaron, en su afán de contestar preguntas sobre el origen, el significado y la función de las piezas: ¿qué representaba cada una de las piedras?, ¿cuál podía haber sido su uso?, ¿cuáles eran los métodos adecuados para su estudio e interpretación?, ¿cómo —con base en estos y otros hallazgos similares— escribir y revindicar el pasado prehispánico y colonial de México para enfrentar las historias tan negativas y estereotipadas del Nuevo Mundo que circulaban en Europa en ese momento?

Las dos formas de aproximación a las piezas más álgidamente debatidas fueron, por un lado, la interpretación iconográfica de los objetos y, por el otro, su análisis físico y material. León y Gama fue un abogado incansable de las dos. Así, con base en su sólido conocimiento del náhuatl y sus destacadas capacidades astronómicas, León y Gama propuso varios niveles de interpretación de la llamada Piedra de Sol como calendario, reloj solar y marcador ritual y astronómico, sugiriendo que la superposición de usos tan complejos indicaba el alto grado alcanzado por la civilización mexica. Alzate objetó las interpretaciones propuestas por León y Gama, haciendo notar que, sin posesión de una clave universal para descifrar el misterio de los caracteres que aparecían en éstas y en otras piezas, era imposible saber si las interpretaciones propuestas por León y Gama eran verdaderas o erróneas. En sus respuestas a las objeciones de Alzate, don Antonio admitía que no tenía ninguna clave para interpretar los caracteres nahuas, pero insistía en que tal clave no había existido nunca. Al contrario, León y Gama se atrevía a pensar que la relación entre la palabra y su signo escrito en náhuatl estaba gobernada por principios similares a los que gobernaban la lengua china; cada palabra tiene su propio signo, pero nuevas palabras se pueden inventar fácilmente, al recombinar sus signos. Finalmente, León y Gama sugería que la interpretación de cada jeroglífico dependía de sus regímenes de uso, y podía tener diferentes significados —astronómicos, rituales, históricos, en el caso de la Piedra del Sol— según diferentes niveles de lectura e interpretación.

Los diferentes usos, tanto simbólicos como astrológicos, que las culturas prehispánicas daban al sol demostraban, según el autor de esta obra, la complejidad de su pensamiento. Antonio de León y Gama, Piedra del Sol, en Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790 (1792). Grabado coloreado. Rare Books and Special Collections Division, Biblioteca del Congreso Washington, DC, EUUU.

Es imposible saber si las soluciones esgrimidas por León y Gama hubieran contentado o no a sus interlocutores o, al contrario, tensado aún más una relación que era de todos modos conflictiva. Sus aclaraciones, emprendidas en las Advertencias anti-críticas, no fueron publicadas hasta 1832, aunque es posible que hayan circulado en forma manuscrita. Pero, más allá de las propuestas de León y Gama, el debate sobre los jeroglíficos mexicanos revela que la interpretación iconográfica de las antigüedades mexicanas estaba sujeta a las ambigüedades propias de toda interpretación filológica y parecía originar más preguntas que respuestas, más dudas que certezas. Ante la falta de un diccionario de lo figurativo o de una iconografía de posibles significados, era difícil evadir la pregunta: ¿cómo distinguir lo filosófico de lo religioso, lo cronológico de lo profético, lo astrológico de lo histórico, lo ornamental de lo esencial? León y Gama trazaba las distinciones en función de cálculos astronómicos y de meticulosos estudios jeroglíficos y lingüísticos. Sin embargo, sus respuestas, lejos de traer consenso, implicaban el regreso a la evidencia textual y a la lectura con todas sus dificultades inherentes, entre las cuales el problema de la fiabilidad del texto no era el menor.

Mientras el sentido simbólico e iconográfico de las piedras era sujeto a ambigüedades de todo tipo, abordar los objetos desde su materialidad empezaba a constituirse como una alternativa importante para el estudio de las antigüedades. La transición epistemológica del texto al objeto como fuente fiable de evidencia se dio a través de la transición del método filológico a lo que el historiador de la arqueología Alain Schnapp ha denominado la “autopsia del objeto”, entendida como su apertura, invasión o división, es decir, su examinación minuciosa mediante los sentidos del tacto, gusto, olfato y, sobre todo, vista.14 En el caso de las dos piedras encontradas en la Ciudad de México, el interés por su análisis material se manifestó desde los momentos de su hallazgo: recién desenterrada la primera piedra, el rector de la Universidad propone trasladarla a esta institución con el propósito de allí estudiarla con más detenimiento y de hacerla “medir, pesar, dibujar y grabar, a fin de publicarla, con las noticias que aquel ilustre cuerpo [la Universidad] tenga o pueda indagar acerca de su origen”. Para noviembre de 1790, la pieza se encontraba en el atrio de esta institución universitaria, desde donde atrajo la atención de indios que llegaban a dejarle ofrendas y velas encendidas;15 no se podía decir lo mismo del rector, cuya atención se dejó tal vez llamar por otros asuntos y quien seguía sin cumplir su promesa. Fue León y Gama quien finalmente llevó a cabo el estudio de ésta y la segunda piedra, no sin mayores dificultades; dado su volumen y forma irregulares, su peso se pudo determinar solamente a través de complicados cálculos trigonométricos, una vez conocida la densidad de cada piedra. A su vez, esto requería conocer su composición química y tanto León y Gama como Alzate diseñaron experimentos diversos e ingeniosos para averiguarla.

En otras palabras, las dos piedras fueron sometidas a prácticas provenientes de la ciencia mexicana de vanguardia en aquel momento, la cual derivaba su autoridad del uso de instrumentos y de experimentos cuantificables, y de sus vínculos con estrechos conocimientos de los últimos avances de la ciencia europea. Aunque los estudios respecto a la materialidad de las piezas no produjeron consensos entre los contrincantes, éstos estaban de acuerdo en reconocer la importancia de las observaciones físicas y químicas de las antigüedades como herramientas para averiguar muchos más detalles sobre las piezas. Por ejemplo, la información sobre la composición química de las piedras permitía, a su vez, hipótesis sobre el sitio de donde habían sido extraídas y sobre cómo se podrían haber transportado piezas tan voluminosas hasta el centro de la ciudad. Las técnicas de transporte seguían siendo un enigma, pero, junto con la precisión astronómica o la precisión del talle, reforzaban la idea de que la cultura mexica había sido una cultura muy avanzada.

El giro material, es decir, el estudio material de las antigüedades según los nuevos métodos de las ciencias, abrió la posibilidad de estudiar el pasado mexicano. Reconstruir el pasado de culturas que habían dejado pocos o ningún documento escrito, o cuyos documentos eran indescifrables —como en el caso de Stonehenge, de la cultura etrusca en el sur de la península itálica, o del pasado mexica, maya o inca— implicaba perder de vista (aunque fuera sólo temporalmente) la centralidad de Roma o Grecia y renunciar a las historias escritas por los clásicos a favor de restos arquitectónicos, de estatuas, de entierros, o de objetos provenientes de la cultura material. Aunque textos como la Biblia o como los clásicos latinos o griegos seguían constituyendo, a lo largo del siglo XIX, poderosos modelos narrativos para organizar y reconstruir el pasado de otras civilizaciones, el estudio de restos materiales implicaba el compromiso con culturas locales en sus propios términos, más allá de las cronologías universalistas que dominaban la escritura de la historia en aquel momento. Así, aunque lamentaba la pérdida de todos los “documentos originales” que podrían haber servido para escribir el pasado de México, León y Gama insistía en que los descubrimientos de la Plaza Mayor, junto con el hallazgo de otros objetos, eran suficientes para declarar que la nación mexicana había sido “una de las más civilizadas y políticas del nuevo mundo”.

Al conformar nuevos objetos de estudio y nuevas herramientas de aproximación al pasado mexicano, los debates anticuarios de finales del siglo XVIII abrían a la vez un importante espacio de expresión para los intelectuales criollos: lejos de los centros del poder, en las orillas del Imperio, estudiosos como Alzate y León y Gama alcanzaban visibilidad más allá de la Nueva España en su condición de ilustrados locales, como estudiosos meticulosos y profundos de realidades locales, pasadas y presentes. Su acceso a las ruinas del pasado que, para finales del siglo XVIII y después de los aclamados hallazgos de Pompeya y Herculano, se convertían cada vez más en objetos de interés y fascinación, aseguraba una importante oportunidad para su inserción en una red global —o por lo menos transatlántica— de curiosos y coleccionistas del pasado material de la humanidad. Los criollos ilustrados emergieron así como intermediarios entre las ruinas americanas y otros interesados en estas ruinas. En este sentido, a través de sus escritos, Alzate y León y Gama satisfacían no solamente el interés de sus contemporáneos mexicanos, sino también de lectores extranjeros. La Descripción de León y Gama se publicó en italiano, en Bolonia en 1804, 10 años después de su aparición en México. La recepción entusiasta de este libro en Europa nos reta a cambiar los prejuicios que han dominado nuestras percepciones contemporáneas sobre la ciencia americana: lejos de ser copias imperfectas y tardías de la Ilustración en Europa, las ilustraciones en el Nuevo Mundo participaban en el intercambio transatlántico de ideas y objetos y, no pocas veces, marcaban los temas y la dirección de estos intercambios.

Los estudios de los criollos novohispanos se volvieron, temporalmente, una referencia indispensable para los europeos que buscaban aproximarse al tema. Alexander von Humboldt, Idole Aztèque de Porphyre basaltique (basado en Francisco Agüera y Bustamante), en Vues des cordillères, et monumens des peuples indigènes de l’Amérique (1810). Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.

Los usos del debate

Los debates científicos del México de finales del siglo XVIII no produjeron ni derrotas ni victorias contundentes para sus participantes. De hecho, si algo caracterizó estos debates en su conjunto fue el lento agotamiento de la discusión por factores anímicos o materiales, por contingencias que nada o poco tenían que ver con la verdad o la razón de uno u otro de los contendientes. Es ineludible, por lo tanto, hacernos la pregunta: ¿por qué estudiar estos debates científicos? Porque nos permiten reconstruir cómo se fue consolidando en México, unas décadas antes de su independencia, una esfera pública, laica y crítica. Comencé este ensayo apuntando la coincidencia, durante las últimas décadas del siglo XVIII, de tres tendencias importantes en la vida intelectual y política de México: la apertura gradual de espacios para la expresión de la opinión y de la crítica, el surgimiento del debate científico y la creciente importancia del conocimiento científico como bien común, criterio de la verdad y base para la intervención en la vida pública mexicana. Quisiera insistir en el valor heurístico de los debates mexicanos de finales del siglo XVIII para examinar las particularidades y los contornos de la opinión pública en la Nueva España. Para esto, la falta de victorias incuestionables y las tortuosas rutas tomadas por los debates no son impedimentos, sino, más bien, ricos testimonios de las limitantes y las posibilidades materiales e ideológicas de las primeras expresiones de la crítica en la Nueva España. Entre las limitantes más importantes se encuentra el soporte material que los hizo posibles para empezar: el periódico, sujeto a factores contingentes como la censura, el capricho de los editores, la falta de suscriptores o de interés o, por el contrario, el entusiasmo (o falta de entusiasmo) del público, los altos costos de la impresión, la falta de papel. Por otro lado, la estructura del periódico —receptiva, por lo menos en teoría, a la participación y a las críticas del público lector y, al mismo tiempo, fragmentaria, es decir, renuente a conclusiones demasiado contundentes y abierta al diálogo y a intervenciones futuras sobre un mismo tema— mostró ser una ruta idónea para contrastar y contestar puntos de vista. Citando al propio Alzate, el periódico se convirtió en el “crisol” para la búsqueda y la “purificación” de la verdad.16 Los ritmos de las respuestas y contrarrespuestas, las formas literarias de éstas (desde comunicados “secos” hasta reprobaciones irónicas o diálogos ficticios) y los niveles discursivos (dirigidos a lectores “comunes” o especializados) de los debates son difícilmente separables de sus contenidos y desenlaces. Los debates mexicanos reflejan cómo la opinión y la crítica se ejercían a través de acontecimientos sociales, de actos comunicativos y espectaculares. El despliegue de datos, números, argumentos y registros presentados por los participantes no tiene sentido si no consideramos el propósito de cada uno de los contrincantes: de persuadir al público lector, de crear aliados y consensos, de dar a entender la posición de cada uno como el resultado de una empresa colectiva. La idea de ciencia que emerge de los debates de finales del siglo XVIII es, por lo tanto, la de una ciencia combativa, abierta, cosmopolita y local a la vez. Mientras criollos como Alzate y León y Gama participaban en redes amplias de producción y transmisión de conocimientos, no se trataba de copiar fielmente tendencias científicas europeas; sin dejar de interesarse ávidamente por los progresos de la ciencia en Europa, los criollos mexicanos confrontaron datos, nociones, teorías y prejuicios europeos (sobre todo, prejuicios con respeto a la naturaleza americana) con conocimientos locales, producidos con base en evidencias, lógicas y criterios propios, no siempre traducibles a idiomas o sistemas universales, e insistieron que tales saberes locales no eran menos científicos que los de los europeos.17 Finalmente, el estudio de los debates del México ilustrado nos permite reconstruir la genealogía de nuevos espacios de intervención y participación política por parte de los mexicanos, a través de la ciencia, cuando los ámbitos propiamente políticos estaban cerrados a toda discusión abierta. Al preguntarse por el orden natural del mundo, los participantes en estos debates revelan sus propuestas para nuevos órdenes políticos y culturales. Para los criollos ilustrados del México de finales del siglo XVIII, su particular forma de ciencia —forjada con base en el lenguaje y métodos de las ciencias occidentales, por un lado, y el dominio de saberes y prácticas locales, por el otro— se convierte en una estrategia política, en la reivindicación de su derecho de intervenir en nombre de realidades naturales y culturales a las que conocían mejor que nadie.

El descubrimiento de las ruinas de Xochicalco, al revelar la existencia de una cultura altamente desarrollada antes de la Conquista, situaba a la Nueva España al mismo nivel que los países europeos. José Antonio Alzate, “Descripción de las antigüedades de Xochicalco”, en Gacetas literarias de México (1831). Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.