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VIDAS PARALELAS

Lanz y Marchena: La encrucijada ilustrada
1 Manuel Lucena Giraldo, Historia de un cosmopolita. José María Lanz y la fundación de la Ingeniería de Caminos en España y América (Madrid: Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, 2005), pp. 40-43.
2 El Observador, discurso primero; reproducido en José Marchena, Obra española en prosa, ed. de J. F. Fuentes (Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1990), p. 55.
3 Citado por Marcelino Menéndez Pelayo, El Abate Marchena (Buenos Aires/México: Espasa Calpe, 1946), p. 37.
4 Citado por Manuel Lucena Giraldo, Historia de un cosmopolita, p. 70.
5 Ibidem, p. 88.
6 Citado por Juan Francisco Fuentes, José Marchena. Biografía política e intelectual (Madrid: Crítica, 1989), pp. 180-181.
7 Ibidem, p. 180.
8 Ibidem, p. 237.
9 Manuel Lucena Giraldo, Historia de un cosmopolita, pp. 154-158.
10 Ibidem, pp. 15-16.

Juan Francisco Fuentes
Universidad Complutense de Madrid


El autor recupera y contrasta la afinidad intelectual, política y personal entre Marchena, un ilustrado sevillano, y Lanz, un ilustrado de Campeche. La matemáticas, la navegación y las máquinas de Lanz hablan con los versos y las arengas de Marchena. Fuentes relata el inicio optimista de ambos y el desengaño que les seguiría, así como su participación en gobiernos de diferente signo político.


José Marchena y Ruiz de Cueto nació en Utrera, Sevilla, en 1768 y murió en Madrid en 1821. José María Lanz y Zaldívar nació en Campeche, México, en 1764 y murió en París en 1839. Sus lugares de nacimiento estaban a 8 000 kilómetros de distancia y entre las fechas de sus muertes transcurrieron 18 años. Esa disparidad de lugar y tiempo no impidió que compartieran ideales, proyectos y desengaños a caballo entre la Ilustración y la Revolución; que se conocieran en París en plena marea revolucionaria; que se hicieran amigos y que durante cinco años fueran funcionarios leales de la monarquía de José I, establecida en España en 1808, trabajando codo con codo en el Ministerio del Interior.


Lanz y Marchena compartieron el mismo contexto intelectual, la Ilustración, y varias etapas políticas de los convulsos siglos XVIII y XIX. Ambos confiaban en el poder de la razón que —a través de la ciencia (en el caso de Lanz) o del debate político (en el caso de Marchena)— llevaría al progreso social. Esta tesis es defendida por Goya de acuerdo con una interpretación de esta estampa: cuando duerme la razón, todo se vuelve una visión monstruosa. Francisco de Goya y Lucientes, El sueño de la razón produce monstruos, 1797-1799. Aguafuerte y aguatinta sobre papel verjurado ahuesado, 21.3 x 15.1 cm. En Caprichos, estampa 43. Museo Nacional del Prado, España.

Marchena era un humanista a la antigua usanza, con una vastísima cultura clásica y moderna, que abarcaba desde la filosofía hasta la economía y la estadística; desde el periodismo político hasta la literatura grecolatina, de la que llegó a tener un dominio asombroso que le permitió escribir en latín un fragmento a la manera de Petronio, presentarlo como un descubrimiento fortuito de una pieza perdida del poeta romano y conseguir que los especialistas más conspicuos dieran por buena la impostura. Lanz, por el contrario, destacó como científico, y en particular como matemático. Atesorar saberes tan distintos creó entre ellos una complementariedad intelectual que no dejó de enriquecer su relación. Cabe pensar que la afición de Marchena por las matemáticas —“he hecho muchos cálculos largos y muchos versos cortos”— procede de su trato con el nacido en la Nueva España. Su amistad llegó a ser muy estrecha, porque en una fecha indeterminada, probablemente antes de 1800, el español dedicó a  “[su] amigo Lanz” un largo poema titulado “Epístola sobre la libertad política”. Aparte de una sombría reflexión sobre la fugacidad y el sentido de la vida, el poema contenía un amargo balance de los tiempos revolucionarios que vivieron juntos —“El efecto fatal de la terrible / Revolución francesa ¿cuál ha sido? / La guerra general, un lujo horrible / El orbe por dos pueblos oprimido”—, sin defender por ello una vuelta al viejo despotismo. Es muy posible que Lanz compartiera esa visión desencantada de la Revolución y es seguro que, pese a ello, mantuvo, como el sevillano, su fe ilustrada en la capacidad de la razón para mejorar el mundo.

Cuando se conocieron en París, hacia 1793, el sevillano tenía 24 años y el novohispano 29. José María Lanz, aunque nacido en Campeche, pertenecía a una familia de origen vasconavarro por parte de padre y madre, y de ahí que quizá a los 14 años estuviera ya estudiando en España como pensionado del Real Seminario Patriótico de Vergara, Guipúzcoa. Allí permaneció tres años, en los que adquirió una sólida formación, sobre todo en ciencias exactas, tras los cuales ingresó en la Academia de Guardia marinas de Cádiz. Era la edad dorada de las expediciones navales con fines científicos y su temprana vocación por la geometría y por el “cálculo sublime” encontró un cauce natural en la carrera de marino. Tanto es así que, nada más concluir sus estudios de guardiamarina, participó en una expedición científica a Yucatán que le permitió regresar brevemente a su tierra y trabajar en una investigación sobre la utilidad y posible explotación de la planta del henequén.1 En su informe final se aprecia una fe plena en la ciencia como fuente de progreso y de civilización, siempre y cuando no lo impidiera el mal Gobierno, como el que, a su juicio, venía sufriendo América.

Durante los años siguientes, de nuevo en la Península, se suceden en la vida del novohispano los trabajos científicos, como el Atlas marítimo de España, que realiza en equipo con otros marinos de similares inquietudes. Uno de ellos, José Mendoza Ríos, solicitó en 1788 su participación en un viaje por Europa organizado para estudiar, y en su caso copiar, el funcionamiento de otras marinas europeas. Los oficiales españoles, y Lanz entre ellos, llegaron a París en noviembre de 1789, cuatro meses después de la toma de la Bastilla.

Marchena tardaría aún más de dos años en cruzar los Pirineos, pero su simpatía por la Revolución francesa ya se había plasmado en una oda entusiasta que, naturalmente, tuvo que quedar inédita. Pese a su juventud, sus primeras obras eran conocidas por un selecto grupo de lectores, tanto en Salamanca, donde había estudiado Leyes, como en Madrid, donde publicó en 1787 una gacetilla titulada El Observador. Sus ideas sensualistas, sus críticas a la tradición y cierto aire provocativo (viniera o no a cuento, incluso al negarse a dar a su obra una periodicidad fija —“yo aborrezco todo empeño que me coarte la libertad”,2 diría—) llamaron inmediatamente la atención de la censura. Primero se prohibió la aparición de nuevas entregas del periódico, más allá de las seis publicadas, y después, en junio de 1790, la obra, denunciada a la Inquisición, fue prohibida in totum. Mientras tanto, en sus poemas de la época daba rienda suelta a su fervor revolucionario, abiertamente incompatible con el clima político del país en un momento en el que cada vez quedaba más lejos, ya no la posibilidad de una revolución en España, sino el cumplimiento del sueño ilustrado de una reforma gradual apoyada por la monarquía. Así las cosas, hacia marzo o abril de 1792, Marchena decidió abandonar todo e ir al encuentro de su admirada Revolución francesa.

El talento científico de Lanz le valió una vida más despreocupada y segura que la de su amigo, el feroz crítico, Marchena. Agustín de Betancourt lo invitó a colaborar con él en varios proyectos. Estas láminas ilustran uno de ellos. “Plancha no. 8”. En Agustín de Betancourt y José María de Lanz, Essai sur la composition des machines, 1808. Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, España.

Primero se instaló en Bayona, cerca de la frontera con España. No era el único español refugiado en la ciudad, ni el primero que hacía oír su voz en los clubes patrióticos, pero él destacó enseguida por su inconfundible fisonomía y por sus notables dotes para la agitación revolucionaria: “Su estatura no pasaba de cuatro pies y ocho pulgadas”, nos dice un testigo de sus primeras andanzas en Francia; “tenía el rostro picado de viruelas y las narices larguísimas. Era muy suelto de cuerpo y de lengua. Hablaba y escribía bastante bien el francés”.3 El eco de sus discursos traspasó muy pronto el reducido ámbito de la política local y su nombre empezó a sonar en París, desde donde fue requerido en marzo de 1793 para colaborar con el Gobierno revolucionario en tareas propagandísticas. Es muy posible que fuera entonces cuando conoció a Lanz. Les unían no sólo sus orígenes hispánicos, sino también su proximidad al partido girondino, que disfrutaba de una efímera hegemonía en la Francia revolucionaria. Sabemos que en mayo de 1793 el novohispano declaró ante los tribunales a favor de Francisco Miranda, militar nacido en Caracas que tuvo parte activa en la Revolución francesa junto a los girondinos. Por lo demás, no parece que el mexicano fuera molestado por las autoridades jacobinas cuando Robespierre se hizo con el poder. Sus preocupaciones eran otras. Al declararse la guerra entre España y Francia a comienzos de aquel año optó por quedarse en París en vez de regresar a la Península e incorporarse a la Armada española. En una carta en la que justificaba su decisión alegó motivos más bien vagos, de tipo personal, como la necesidad de proseguir su carrera científica. Había además una razón sentimental, que apenas insinúa: su reciente matrimonio con una francesa de 16 años llamada Thérèse Benlland. Sus superiores llegarían a preguntarse en qué medida su permanencia en Francia podía responder también a razones políticas. La opinión del embajador español en París distaba mucho de ser concluyente: “No respondo a qué punto han influido en él los principios del día”.4 De manera opuesta, Marchena se implicó de lleno en la cambiante vida política de la Francia revolucionaria. Durante la dictadura jacobina, su vinculación a la Gironda le acabó costando una larga estancia en la prisión de la Conciergerie, y pudo haber sido aun peor, porque la mayoría de sus amigos políticos, como Brissot, acabaron en la guillotina.

“Plancha no. 9”. En Agustín de Betancourt y José María de Lanz, Essai sur la composition des machines, 1808. Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, España.

La caída de Robespierre en junio de 1794 supuso la liberación de Marchena y demás víctimas del Terror y el comienzo del periodo termidoriano, en el que el español desempeñó un papel de cierta importancia, lo mismo que bajo el Directorio (1795-1799). Vivía en París, en el 62 de la calle de Rohan, junto a las Tullerías. Por los menos, tal sería su alojamiento cuando no lo impedían sus circunstancias personales, porque sus críticas al nuevo Gobierno le llevaron más de una vez a la cárcel o al destierro, y ello pese a la afinidad que, sobre el papel, existía entre el republicanismo moderado del sevillano y el régimen político que sucedió a Robespierre. Ya se ve que la oposición al poder de cualquier signo era una constante en su vida. La proximidad de Lanz, que residía en el 63 de la misma calle, le permitió establecer con él un trato asiduo, que derivó en una amistad fraternal y en un fecundo intercambio de ideas y experiencias intelectuales. El novohispano se encontraba, mientras tanto, plenamente dedicado a sus proyectos. Aunque fue dado de baja en la Marina española, su excelente reputación científica le volvió a abrir las puertas de su patria, a donde regresó por un corto tiempo en 1796 para participar, con el ingeniero Agustín de Betancourt, en la Real Comisión de Guantánamo. Se trataba de una de las iniciativas científicas que impulsaba por entonces el todopoderoso Manuel Godoy, valido de Carlos IV, a quien el nombre de Lanz le fue vivamente recomendado como colaborador de la empresa: “Sus singulares talentos le ponen en el rango de segundo matemático de París [y] uno de los mejores calculadores de Europa”.5

Se sucedían los Gobiernos y las guerras, y cada uno seguía a lo suyo. Marchena escribía con frecuencia en la prensa e incluso llegó a editar un periódico —Le Spectateur Français (1797)—, redactado casi exclusivamente por él. Uno de sus artículos motivó una nueva orden de detención y su expulsión temporal a Suiza, donde buscó cobijo, sin mucho éxito, en casa de madame de Staël, cuyo salón parisino había frecuentado. Al final las cosas se arreglaron y pudo regresar a la capital francesa para proseguir su polifacética carrera de agitador político, polemista, escritor y traductor. Un policía que le reconoció cerca de su casa dejó esta breve descripción de quien era ya todo un personaje en el París del Directorio: “Muy pequeño de estatura, cara muy delgada y morena, color aceituna, los ojos vivos y el aspecto atrevido”.6 El sevillano empezaba a estar cansado de las consecuencias que le acarreaba su fama de hombre conflictivo y excéntrico, y tal vez por ello cubrió de un escrupuloso anonimato algunas de sus actividades de aquella época, como su traducción del Contrato social de Rousseau (1799), la primera que se hizo al español, o su colaboración con el abate Sieyès en la campaña de opinión que preparó el acceso al poder de Napoleón Bonaparte. Tras el golpe del 18 Brumario que convirtió a Napoleón en primer cónsul, Marchena vivió una breve luna de miel con el régimen bonapartista, que le recompensó los servicios prestados nombrándole funcionario del ejército francés en el alto Rin para trabajar en la recopilación de información estadística sobre aquella región. La policía bonapartista no tardó, sin embargo, en recibir informaciones inquietantes sobre las opiniones políticas del español. De todas formas, sus relaciones con el bonapartismo, primero en Francia y luego en España, fueron relativamente buenas, dentro de lo que cabe en alguien de su carácter.

La inestabilidad política en la Francia posrevolucionaria afectó mucho menos la vida de Lanz, dedicado por entero a su carrera científica y a su más reciente actividad académica en uno y otro lado de los Pirineos. En noviembre de 1797 fue nombrado profesor de Matemáticas de la Escuela de Geógrafos de París y en 1803 su amigo Agustín de Betancourt lo llamó a Madrid para asumir la dirección científica de la recién creada Escuela de Caminos. En 1805, un nuevo encargo en París, y al parecer alguna discrepancia sobre la marcha de la escuela, lo llevaron a regresar a Francia. Tres años después publicaba en la capital francesa, en colaboración con Betancourt, su Essai sur la composition des machines, obra cumbre, posteriormente reeditada y ampliada, de su producción científica.

Aunque Lanz mantuvo una intensa colaboración con un renombrado empresario, el relojero Abraham Bréguet, la ciencia de la época dependía fundamentalmente del mecenazgo de las instituciones civiles y militares, convirtiéndose así en beneficiaria —o prisionera— del optimismo histórico del Siglo de las Luces: el Estado como motor del desarrollo de los pueblos, fomentando su progreso material desde un sano patriotismo. A principios del siglo xix, en una Europa convulsionada todavía por la Revolución francesa y sus secuelas, sólo la inercia mantenía vivo entre unos pocos el viejo mito ilustrado de un cambio gradual, sin traumas, basado en una alianza tácita entre ciencia y Estado. En todo caso, si alguien podía creer en la utopía tecnocrática de la Ilustración era un científico como el nacido en Campeche, que no sólo vivía ajeno a las turbulencias políticas de la época, sino que gozaba del favor de los poderes públicos, ya fuera la república francesa o la monarquía española en la etapa tardoilustrada, plagada de crisis y contradicciones, presidida por Manuel Godoy. Se entiende así que un acto tan grave como el que cometió en 1793 siendo oficial de la Armada, cuando al declararse la guerra entre los dos países desobedeció la orden de volver a España, apenas tuviera consecuencias para él. Si el saber científico de Lanz era un activo muy apreciado por el poder de toda índole, la heterodoxia intelectual y política de Marchena sólo podía ocasionarle problemas, casi con independencia del régimen bajo el que le tocara vivir. De ahí su fracaso al intentar en 1798 que el Gobierno español financiara una investigación histórica que se proponía realizar en París. El embajador español no pudo ser más claro al informar de sus antecedentes: “El dicho Marchena es un escapado de la justicia de España, que aquí se ha mezclado y embrollado fuertemente en la revolución [y] que es la más infeliz cabeza”.7


Convencidos de que un Estado fuerte implementaría con mayor eficacia y rapidez las reformas de la Ilustración, muchos españoles decidieron colaborar con el gobierno de José Bonaparte. François Gerard, Retrato de José Bonaparte, siglo xix. Óleo sobre tela, 23 x 32 cm. Versailles, châteaux de Versailles et de Trianon, Francia / Photoaisa.

Aunque las circunstancias personales de nuestros dos personajes eran distintas, los acontecimientos los llevaron a encontrarse de nuevo, como en 1793, en una experiencia histórica en la que iban a participar con intensidad. El Tratado de Fontainebleau entre España y Francia dio lugar, a principios de 1808, a la entrada en España de un ejército francés que debía invadir Portugal. El levantamiento popular del 2 de mayo trastocó por completo los planes de Napoleón, que aprovechó el vacío de poder creado en la Península para instaurar una monarquía bonapartista encarnada en su hermano José. El cambio dinástico, facilitado por la renuncia al trono de la familia real española, se llevó a cabo en Bayona, Francia, en presencia de Napoleón, y allí mismo se aprobó poco después la Constitución que regiría los destinos de la nueva monarquía. A ella sirvieron como leales funcionarios José Marchena y José María Lanz, aunque el primero lo hizo desde el principio —había regresado a España en abril, acompañando a las tropas francesas— y el segundo no llegó hasta el verano de 1809, en que fue nombrado jefe de la primera división del Ministerio del Interior. Hacía un año ya que había prestado juramento a José l.

El afrancesamiento fue un fenómeno muy extendido entre las elites culturales españolas, convencidas de que un Estado fuerte, inspirado en los principios del Imperio napoleónico y respaldado por las armas francesas, podría llevar a cabo las grandes reformas que el país necesitaba. Un instrumento fundamental para ello sería el nuevo Ministerio del Interior, dotado de amplias atribuciones. En él desempeñaron sus funciones José María Lanz en el encargo ya comentado, con muy diversas competencias técnicas y administrativas, y Marchena en distintos cargos, ya sea en la división de prefecturas e intendencias o en el archivo del Ministerio. La impresión general es que la carrera de este último como funcionario no llegó tan lejos como cabría esperar de su incuestionable valía y de su firme compromiso con la monarquía josefina. Se ha visto en ello una consecuencia más de su personalidad atrabiliaria y de su difícil convivencia con cualquier forma de poder: “No ascendió en el ministerio ni fuera de él”, escribió un contemporáneo, “acaso por su genio malo y violento y por su mordacidad”.8 Pudo influir asimismo una cierta tendencia, muy suya también, a la dispersión intelectual, bien patente en el sinfín de tareas que acometió a lo largo de estos años, como la traducción de las obras de Molière al español; la realización de viajes oficiales, acompañando en ocasiones a José I; la redacción de textos propagandísticos y de artículos de prensa; la elaboración de distintos informes sobre los graves problemas de abastecimiento que sufrió Madrid en 1812 —“el año del hambre”—; o las labores como censor que le tocó desempeñar.

Lanz, por su parte, fue siempre un hombre más centrado en lo suyo, más fiel al perfil de funcionario ilustrado tan común en aquella monarquía de los intelectuales que fue el Estado josefino. Entre sus realizaciones destacan un proyecto de división en prefecturas del territorio nacional y la creación del cuerpo de ingenieros civiles, una iniciativa que culmina otras actividades suyas anteriores a esta época. Éstas y otras reformas ponen de manifiesto la vocación modernizadora de aquel régimen, incapaz, sin embargo, de conseguir el apoyo de la población, que le era mayoritariamente hostil, y a merced de los generales napoleónicos, única autoridad efectiva en buena parte de la España ocupada.

Aunque la Guerra de la Independencia no terminó hasta 1814, el conflicto había cambiado de signo en 1812, tras la batalla de los Arapiles (Salamanca), para quedar sentenciado en 1813 con la derrota francesa en Vitoria y la huida a Francia del ejército francés y de los servidores del Estado josefino, con José I a la cabeza. Fueron dos años de continuas derrotas y de lenta desintegración del aparato administrativo de aquel régimen a la deriva. Lanz dejó España a finales de 1812 y Marchena en mayo de 1814, aprovechando el paso por Gerona, donde se había refugiado el año anterior, de las últimas tropas francesas en su retirada de la Península. No parece que estos dos personajes volvieran a encontrarse desde que abandonaron Madrid en 1812, porque el sevillano pasó su segundo exilio en diversas ciudades del sur de Francia y su viejo amigo se instaló en la capital. Ni el español volvió a París, ni el novohispano a España. En cambio, este último sí regresó a América para ejercer el cargo de director y profesor de ciencias exactas y naturales de la Academia de Matemáticas de Buenos Aires, atendiendo así la oferta que en 1816 le hizo Bernardino Rivadavia. Fue una estancia más breve de lo previsto, en parte por problemas de adaptación y en parte por la inestabilidad política del Río de la Plata. Lo cierto es que a principios de 1817 encontramos a Lanz nuevamente en París y que poco después intervino en un plan de reconciliación entre España y sus antiguas colonias. Su Memoria para la pacificación de la América española, fechada en septiembre de 1810,9 fue su principal contribución a aquel proyecto fallido.

Para Marchena fueron años de incesante actividad. Trabajó a destajo en la traducción al español de los principales autores franceses de las últimas décadas —Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Volney…— y aun tuvo tiempo de publicar una antología de la literatura española titulada Lecciones de filosofía moral y elocuencia (1820), con un largo “Discurso preliminar” de su cosecha. Estuvo además involucrado en los proyectos del exilio liberal para acabar con la monarquía absoluta instaurada en España en 1814, cosa rara en un afrancesado como él, porque la mayoría de los antiguos servidores de José I solicitaron a Fernando VII un perdón que les permitiera reintegrarse a su patria. Lo que no consiguieron del rey absoluto lo obtuvieron en 1820 al triunfar en España la revolución liberal tras el pronunciamiento del general Riego. Restablecida la Constitución de Cádiz y reunidas las Cortes, se promulgó una amplia amnistía que, con algunas restricciones, sellaba la reconciliación entre los patriotas de 1808, ahora en el poder, y quienes fueron sus enemigos en la Guerra de la Independencia. Pese a todo, el rechazo popular a los afrancesados hizo que algunos de ellos prefirieran permanecer en el exilio. Es el caso de Lanz, tal vez con menos motivos que nadie para volver a España. Si sus largos años en Francia y sus lazos familiares en ella hacían de este país su patria de adopción, la independencia de las antiguas colonias americanas le ofrecía constantes oportunidades de contribuir al futuro de su América natal. Entre 1821 y 1825 realiza un largo viaje por la Gran Colombia, colaborando en diversos proyectos académicos y científicos, que le valieron ser nombrado miembro de la Academia Nacional de la joven república. Regresó a Francia en marzo de 1825 con 61 años recién cumplidos y una salud quebrantada. Desde entonces llevó una existencia cada vez más oscura y difícil, y poco a poco fue olvidado por todos. Alguien que le conoció en 1831 dejó esta breve semblanza suya: “Algo corpulento, más bien bajo que alto: su fisonomía tenía impreso el sello de la bondad”.10

José Casado del Alisal, La derrota de Bailen, 19 de julio de 1808, 1864. Óleo sobre tela. Museo Nacional del Prado, Madrid, España.

Si Lanz se fue apagando lentamente hasta morir en París en 1839, Marchena tuvo un final estruendoso, digno de la fama de hombre polémico que siempre le acompañó. Promulgada en 1820 la amnistía para los afrancesados, regresó a España para desempeñar un papel político activo, nada acorde con su pasado josefino. Defendió en público la Constitución de Cádiz y las nuevas reformas liberales, ensalzó la figura del general Riego, criticó a algunas autoridades por considerarlas demasiado tibias en su constitucionalismo y se identificó con el sector más radical o exaltado, como gustaba denominarse, del liberalismo español. Fue por entonces cuando, sin que se sepa a ciencia cierta el motivo, empezó a ser conocido como el “Abate Marchena”. Instalado inicialmente en Sevilla, un duro enfrentamiento con el capitán general le llevó a dejar la ciudad y acogerse en Madrid a la hospitalidad de un amigo. Allí murió en enero de 1821 en medio del reconocimiento general de sus grandes dotes intelectuales, que algunos consideraron desaprovechadas en una vida de aventura y escándalo.

Lanz debió de enterarse de la muerte de su amigo por la reseña necrológica que en julio de 1821 le dedicó la Revue Encyclopédique de París. Sin duda recordaría los buenos y malos ratos pasados juntos, primero en los tiempos difíciles de la Revolución francesa y luego en la España en guerra bajo la monarquía josefina. Las suyas no fueron vidas paralelas en sentido estricto, que transitaran por caminos similares sin llegar a cruzarse nunca. El azar y las circunstancias históricas hicieron que sus itinerarios biográficos se encontraran en 1793 y que a partir de entonces discurrieran durante años por el mismo cauce hasta su despedida definitiva allá por 1812, en plena Guerra de la Independencia, zarandeados una vez más por unos acontecimientos que no dieron tregua a sus vidas.