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CIENCIA Y ARTE

México y Washington: De la regularidad al boato
1 El Diccionario de la Real Academia Española da como una de las acepciones del término maestranza la de “sociedad de caballeros cuyo objeto es ejercitarse en la equitación, y que en su origen fue escuela del manejo de las armas a caballo”.

Gabriel Breña


Al tiempo que Estados Unidos hace planes para fundar Washington como ciudad capital, la Nueva España revisa un proyecto para reformar a la Ciudad de México. A mano con los nuevos mapas, el autor comenta y contrasta el carácter ilustrado de ambos proyectos urbanos.


1

Ríos de tinta han corrido en torno a las grandes diferencias entre México y los Estados Unidos. Prácticamente no hay orden de la existencia donde la disparidad no salte a la vista. La separación se antoja tan abismal que probablemente sorprenda la mención conjunta de las capitales de ambos países en el título. ¿Qué razón hay para juntarlas? La respuesta es una de esas deliciosas casualidades que el curso de los acontecimientos arroja de vez en vez. Hacia 1792, con pocos meses de diferencia, ante las máximas autoridades de los dos países —el virrey conde de Revillagigedo y el presidente George Washington—, se sometieron a consideración proyectos de desarrollo urbano. Los respectivos autores eran hombres de su tiempo, compenetrados por las ideas de la Ilustración, como lo demuestra su trayectoria, y otro tanto ocurría con sus patrocinadores. No cabe preguntárselo acerca del presidente, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, y, en cuanto al virrey, contaba con una distinguida hoja de servicio en el Ejército español al recibir su nombramiento en 1789, y cinco años en la Nueva España le bastaron para dejar memoria como el más hábil implantador de las reformas ilustradas en todos los órdenes de Gobierno, desde la administración de justicia hasta las obras de infraestructura, pasando por la recaudación fiscal. La coincidencia termina ahí. Mientras que el caso mexicano pretendía actuar sobre una ciudad que ya tenía tras de sí dos siglos y medio de existir y probablemente era la más poblada y cosmopolita urbe del continente americano, el caso estadounidense era una intención que debía de convertirse en realidad tangible. No está entre los alcances de este artículo averiguar qué ha sido de esas urbes a consecuencia o a pesar de esos proyectos. Interesa describirlos y examinarlos como expresiones de una disciplina, el urbanismo, que desde entonces hasta nuestros días ha crecido exponencialmente en complejidad.


E.G. Arnold C.E., Topographical map of the original District of Columbia and its environs: showing the fortifications around the city of Washington, 1862. Mapa, 74 x 81 cm. (New York: G. Woolworth Colton). Biblioteca del Congreso, eeuu, Geography and Map Division.

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La figura de la presidencia no era parte de la idea de gobierno con la que comenzó a funcionar la federación de 13 colonias conocida como Estados Unidos de América. Desde que declararon su independencia en 1776, la forma de gobierno compartida se efectuó de acuerdo con los Artículos de la Confederación, a los que se considera como la primera Constitución estadounidense. Resultó un gobierno demasiado débil como para resolver los varios conflictos de interés que pronto comenzaron a surgir entre los federados; un ejemplo elocuente es la incertidumbre que enfrentaba el representante del país en la Gran Bretaña cuando trató de negociar un tratado comercial, sobre si todos sus representados eventualmente ratificarían los términos negociados. Para 1787, cuando inició trabajos la Segunda Convención Constitucional, la creación de un gobierno central era el verdadero propósito de reunirse, aunque de manera ostensible se dijera que se trataba de revisar los Artículos. De esa convención surgieron la Constitución de la que hoy tanto se enorgullece la gente de ese país, la figura del presidente y, por extensión, la necesidad de que el aparato de gobierno tuviera un lugar de residencia. Los estados de Virginia y Maryland cedieron sendas porciones de sus territorios sobre las márgenes de los ríos Potomac y Anacostia, con las que se formó el distrito de Columbia, un cuadrado perfecto de 16 kilómetros de lado, cuyas diagonales se orientaron de norte a sur y de oriente a poniente.

Pierre Charles L’Enfant, francés de nacimiento, ingeniero militar de carrera, miembro del círculo cercano al general Washington durante la Guerra de Independencia y dedicado a la arquitectura luego de consumarse ésta, percibía claramente el alcance de planear una nueva ciudad para un país que estaba en vías de poner en práctica un sistema de gobierno novedoso. Postulándose para la tarea cuando su antiguo comandante fungía ya como primer presidente, le escribió:


Ninguna nación tuvo antes la oportunidad de decidir deliberadamente el lugar en el que tendría su ciudad capital […] [E]l plan habrá de trazarse en una escala tal que deje espacio para el engrandecimiento y embellecimiento que el incremento en la fortuna de esa nación le permita realizar, en cualquier periodo, por muy remoto que sea.

Existen dos documentos de mediados de 1791 que muestran su proyecto para la nueva ciudad. No hay acuerdo sobre la fecha exacta y la autoría de ninguno de éstos, y por eso tampoco hay acuerdo sobre si lo que se llevó a efecto se debe por completo a L’Enfant mismo o si Andrew Ellicott, su sucesor al año siguiente, introdujo las modificaciones a lo que se reconoce indisputablemente como concepto original.

Charles Pierre L’Enfant, Plan of the city intended for the permanent seat of the government of t[he] United States: projected agreeable to the direction of the President of the United States, in pursuance of an act of Congress, passed on the sixteenth day of July, MDCCXC, “establishing the permanent seat on the bank of the Potowmac”, 1791. 74 x 104 cm. Biblioteca del Congreso, EEUU, Geography and Map Division.

Como quiera que sea, en la documentación en disputa (al que se llama informalmente “mapa de líneas punteadas”) se pueden apreciar con toda claridad los principios que gobernarían el trazo de calles de la nueva ciudad y, sobre todo, la precisión milimétrica con la que fue imaginado. Sobre la planicie en la ribera izquierda del Potomac, L’Enfant eligió un par de eminencias, dos nodos a partir de los cuales se desarrolla el conjunto. En la cima de la más alta (la colina Jenkins, de 24 metros de altura sobre el nivel del mar), se ubicaría la sede del Congreso, y por eso, desde entonces se le conoce como “colina del Capitolio”, en referencia a aquélla donde se encontraba un templo a Júpiter que servía como sede al Senado de la Roma de la Antigüedad. Desde ese punto correrían ocho calzadas, como rayos de una estrella. Una de éstas tocaría a una distancia aproximada de una milla el otro nodo, ubicación de la mansión presidencial, desde donde irradiarían seis calzadas similares. Al hacer que una calzada tocara ambos nodos, la suma total de calzadas ascendía a 13, el mismo número de colonias inglesas que dieron lugar a la federación. Sobrepuesta a este sistema de diagonales, L’Enfant colocó una cuadrícula orientada según los puntos cardinales, para el trazo de avenidas y calles, y eligió ciertas intersecciones de las diagonales y la cuadrícula para ubicar puntos de interés, que se comentarán más adelante.

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Al tiempo que L’Enfant hacía sus trazos, en la Ciudad de México se aplicaba un programa de mejoramiento urbano inusitado. Por tradición y en general, los asuntos relativos a la ciudad los atendía el Ayuntamiento local, y la autoridad del virrey sólo intervenía para cuestiones de gran alcance, como lo fue durante toda la dominación española la manera de apartar la permanente amenaza de inundación que pesaba sobre la ciudad por causa de su emplazamiento geográfico. De forma paradójica, la idea de beneficiar a la colectividad sin distingos de clase mediante la mejoría del espacio público —democráticamente, por así decirlo— provino de las disposiciones absolutistas de un virrey que recibió su nombramiento de Carlos III, el déspota ilustrado por excelencia en la historia del Imperio español. Poner pavimento a las calles, reparar y nivelar el de las que ya lo tenían, introducir conductos para el drenaje de aguas pluviales y de desecho, instalar alumbrado e introducir un servicio de recolección de basura cuentan entre estas medidas. Pieza clave en su implantación fue el arquitecto Ignacio de Castera, quien con el cargo de maestro mayor de la ciudad, recibido en 1781, “adquirió la responsabilidad de vigilar todas las obras públicas y de interpretar y poner en práctica las ideas de los virreyes”, según lo asegura Regina Hernández Franyuti en su biografía de dicho  personaje. En 1794, Castera sometió a consideración el


Plano Ichnographico de la Ciudad de Mexico, que demuestra el reglamento General de sus Calles así para la comodidad y hermosura, como para la Correccion y Extirpacion de las maldades q. hay en sus Barrios, por la infinidad de sitios escondidos, callejones sin transito, ruinas, y paderones que las ocasionan, á pesar del zelo de los Justic.s de Orden del Exmô. Sr. Conde Revilla Gigedo.

Lo que el plano proponía en primer lugar era fijar el trazo y la extensión de las manzanas sobre las cuales ocurriría el crecimiento de la ciudad en los tiempos por venir. El lindero urbano sería un cuadrado de casi tres kilómetros por lado, señalado por un canal (“acequia” es el nombre que por tradición se acostumbra, aunque en el español contemporáneo está en desuso). Mediante color, en el plano se distinguen tres tipos de zonas: un núcleo central casi cuadrado, de color rojizo; varias zonas color amarillo, de forma irregular y adosadas al núcleo por sus costados; y un cinturón perimetral, color verde, que se extiende hasta la línea azul oscuro que indica el canal.

Según las anotaciones en el plano mismo, el núcleo central “demuestra lo interior de la Ciudad y que están sus Calles rectas”. Afirmar que las calles estaban rectas obliga a admitir un tanto de excepciones, siendo la más notoria una diagonal que atraviesa la ciudad de oriente a poniente, pintada con color azul, y que corresponde a la actual calle de República del Perú. Representa un canal cuyo origen, se supone, procede de tiempos prehispánicos y sirvió como lindero norte al plan urbano de reconstrucción realizado hacia 1522 por Alonso García Bravo, una vez que Hernán Cortés decidió que la capital de la Nueva España quedaría sobre las ruinas de Tenochtitlán. Dado que permaneció durante los tres siglos de dominación española, al tiempo que el carácter “veneciano” de la ciudad iba menguando, resulta razonable suponer que era más caudaloso que otros y que condujo hacia la laguna de Texcoco el grueso del agua llovida en los campos donde ahora están las colonias Juárez, San Rafael y Cuauhtémoc. Otra diagonal fácil de advertir la señala una de las calles que limitaba la gran manzana del convento de San Francisco; su origen fue otro canal, ya cegado para fines del siglo xviii.

Considerablemente más numerosas son las excepciones a la continuidad de las calles en la cuadrícula ideada por García Bravo. Desde antes de que mediara el siglo xvi, las órdenes mendicantes franciscana y dominica, los patrones del convento para mujeres de la Concepción y el poder civil representado por Cortés ya se las habían ingeniado para interrumpir esa continuidad, haciéndose de propiedades más extensas que una manzana entera. Per se, el documento no deja claro a qué grado pretendía Castera que en ese núcleo central se respetara el statu quo del siglo xviii y a qué grado tenía la expectativa de dar a la red vial la regularidad del plan original, restituyendo la continuidad de las calles desde un extremo de la ciudad hasta el opuesto. Las manzanas de los conventos de San Francisco y Santo Domingo y la del conjunto jesuita de San Pedro y San Pablo aparecen claramente atravesadas por líneas, pero no ocurre otro tanto sobre el palacio de los Virreyes (el actual palacio Nacional) ni sobre la manzana que impide la continuidad entre las actuales calles Las Cruces y Academia, una interrupción que data del siglo xvi. Tampoco hay líneas que sugieran la intención de alinear en una recta impecable las calles de San Andrés y Santa Clara (actual Tacuba) con las de La Mariscala y San Juan de Dios (actual Hidalgo); hacerlo obligaría a demoler el acueducto que abastecía de agua potable a toda la ciudad sólo para reconstruirlo unos cuantos metros más al sur y exigiría, además, recortarle una franja a la Alameda, todo en aras de un “reglamento”, como lo llama Castera, que rayaría en lo absurdo a fuerza de ser riguroso. Y si bien se aprecian dos líneas que expresan la necesidad de rectificar la calzada del Calvario, actual avenida Juárez, tampoco queda claro si la amplitud de esa calzada se debía reducir al ancho de las otras calles. Hacerlo implicaría demoler una hilera de capillas que los franciscanos empleaban para sus procesiones.

Esta intención de rectificar los trazos de las calles es, en cambio, inequívoca en las zonas de color amarillo, “las Casas mal formadas que hay en los Barrios”. Esas zonas abarcaban la parroquia de la Santa Veracruz, el hospital de San Juan de Dios y los conventos de Santa Isabel, Corpus Christi y San Juan de la Penitencia para mujeres, más el de carmelitas hombres y el seminario agustino del colegio de San Pablo y la cárcel de La Acordada, de lo cual no cabe admitir que la calificación “mal formado” la empleara Castera para caracterizar inmuebles defectuosos por su estabilidad estructural o por poca calidad de sus materiales o por su diseño. Por mucho que en esos arrabales un gran número de las construcciones seguramente estuvieran mal formadas en esos tres aspectos, el maestro mayor se refería a la irregularidad de su contorno en relación al ordenado trazo de calles norte-sur u oriente-poniente. Todos los baldíos entre la extensión ya urbanizada en ese entonces y el nuevo lindero se fincarían con manzanas rectangulares, prolongando las calles trazadas por García Bravo o abriendo otras nuevas de modo que las manzanas de reciente creación conservaran una extensión similar a las existentes.

Vista de la Plaza Mayor de México reformada y hermoseada por disposición del Excelentísimo Señor Virrey Conde de Revillagigedo en el Año de 1793. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Archivo General de Indias. España.

Notorias en el trazo propuesto por Castera son “cuatro plazas grandes en los cuatro ángulos” del perímetro, que en palabras de nuestro arquitecto servirían “para la disciplina de las tropas militares, maestranzas, carreras, y otra infinidad de usos utilísimos que puede hacerse de ellas y frecuentemente ocurren en una ciudad grande”.1 Decir que serían grandes no es exageración; su extensión equivaldría a cuatro veces la del Zócalo. Tres serían cuadradas; la cuarta, en la esquina suroeste, sería un tercio menos extensa que las otras, pues igualarla en extensión implicaría la demolición del convento de Belén de Mercedarios, algo que por supuesto era inaceptable. Hacer esa excepción permitía conservar lo mismo la casa de religiosos que la ordenada regularidad del plan, con manzanas alargadas en el sentido oriente-poniente y una distribución simétrica de cinco plazas: la de armas al centro y cuatro perimetrales inscritas en un polígono perfecto.

Los casi 11 millones de varas cuadradas abarcadas por los nuevos límites urbanos equivalían a expandir más de 2.5 veces la extensión que Alonso García Bravo diera a la ciudad cuando hizo su plan de reconstrucción. En los dos siglos y medio transcurridos desde ese entonces, la expansión de superficie urbanizada en torno a ese trazo inicial había sido tan lenta que para finales del siglo xviii apenas si representaba un 60% adicional. No conozco un documento que dé lugar a suponer que Castera hizo algún pronóstico o averiguación de índole demográfica o que fundamentara su propuesta apoyándose en mediciones de la tasa de expansión de la superficie urbana, pero podemos dar por cierto que estaba consciente de la lentitud con la que esa expansión ocurría. Un cálculo crudo demuestra que si la ciudad continuaba creciendo al ritmo de los dos siglos y medio que tenía de ser capital novohispana, la extensión que abarca el plan de Castera literalmente le garantizaba suelo urbano durante un milenio más.

Manuel Ignacio de Jesús del Águila, Plano ichnographico de la ciudad de Mexico que demuestra el reglamento general de sus calles asi para la comodidad y hermosura, como para la correccion y extirpacion de las maldades ge. hay en sus barrios, por la infinidad de sitios escondidos, callejones sin transito, ruinas y paredones que las ocasionan, a pesar del zelo de los justics. de orden del Exmo. Sr. Conde Revilla Gigedo por el Mtro. Mayor D. Ignacio Castera, 23 de agosto de 1794. Pluma, tinta y acuarela, mapa manuscrito, 42 x 46 cm. Biblioteca del Congreso, EEUU, Geography and Map Division.

Cabe preguntar qué llevó a Castera a determinar la dimensión de ese cuadrado de 3 300 varas castellanas por costado. En un memorial descriptivo no dice nada al respecto y por eso da motivos para pensar que sus razones fueron una vez más de tipo formal-geométrico. En primer lugar, se trataba de una cifra redonda; en segundo, permitía localizar el centro del cuadrado en el monumento conocido como cruz de Mañozca, próximo al campanario occidental de la catedral, y lo hacía abarcar básicamente todo el perímetro irregular que la ciudad tenía en ese momento, dejando fuera sólo una parte de lo construido a la vera de la actual Ribera de San Cosme, comienzo del “camino de Tierra Adentro”, que comunicaba a la ciudad con toda la vastedad novohispana hacia el norte y el occidente (también quedaba fuera el pueblo de indios de Santiago, actual plaza de las Tres Culturas y su entorno, ya prácticamente conurbado, pero esto de hecho facilitaba aspectos legales, pues tratándose de un “pueblo de indios”, con su propia estructura de Gobierno municipal, por definición debía estar fuera de los alcances regulatorios de un plan para población de españoles).

Con la dimensión mencionada, también se daba la afortunada coincidencia de que el cuadrado cayera esencialmente donde se encontraban en ese momento las garitas de San Lázaro al oriente, del Calvario al poniente y de La Piedad y San Antonio Abad al sur. Esto toca un último atributo del plan que se vincula de manera estrecha a la actuación del virrey. En 1776, el ministro del Consejo de Indias pidió al entonces virrey que estableciera en torno a la ciudad un cerco o muralla para evitar el traspaso mercantil del perímetro urbano sin que el arriero pagara el impuesto de la alcabala, de capital importancia para el Tesoro real. Lograrlo no habría sido un gasto menor y dado que toda la planicie en torno a la ciudad estaba atravesada por canales, vestigios de su pasado lacustre, resultó más práctico excavar zanjas ahí donde fueran necesarias, hasta completar un anillo periférico de canales. En los puntos donde los caminos foráneos cruzaban dichos canales se instalaron garitas para el cobro de la alcabala. Se aminoró pero no se erradicó el problema del contrabando. Según el comandante Francisco Sabariego, encargado del asunto en tiempos de Revillagigedo, el número de garitas a vigilar y la amplitud del cerco dificultaban su tarea. En 1793, Castera sometió a consideración un documento similar al que nos ocupa, “donde est[aba] demarcada la zanja quadrada que para su resguardo se ha[bía] abierto nuevamente, con las cinco garitas que debe[ría]n quedar, suprimidas ocho de las 13 que tenía”. En realidad, Castera proponía abrir dos canales paralelos y dejar una calzada intermedia, donde andarían “los rondas”, destacamentos encargados de detener el contrabando. Probablemente el alcance de esta propuesta resultó excesivo, por más que representara disminuir el número de garitas casi en dos terceras partes y por eso, en esta segunda versión de 1794, la extensión del cerco se aminora aún más y se propone un canal único —6 metros de ancho y 1.5 metros de profundidad—, que no dejaría de ser un obstáculo de consideración si se quería cruzarlo subrepticiamente con una recua de mulas o de bueyes.


Muestra las 13 garitas bajo el resguardo de la Real Aduana: 1) Garita de Peralvillo, 2) Tepito, 3) San Lázaro, 4) Coyuya, 5) La Viga, 6) Candelaria, 7) San Antonio Abad, 8) La Piedad, 9) Belén, 10) Calvario, 11) la Nueva San Cosme, 12) Nonoalco, 13) Santiago. Para ahorrar costos, José del Mazo se sirvió de este dibujo impreso en 1791 y le añadió las tres garitas que faltaban (11-13). José del Mazo y Avilés, Ciudad de México y sus garitas. Original: 1791. Actualización: 23 de marzo de 1816. Plano, 28.5 x 21.3 cm. Archivo General de la Nación, México.

Es necesario apuntar que no queda del todo claro si en este segundo plano Castera mantenía la intención de que el canal perimetral tuviera el propósito fiscal mencionado arriba. Si bien por un lado señala la posición de 12 garitas en su lugar desde que se cerrara el cerco de canales, por el otro menciona “ocho puentes que se necesitan para dar entrada a esta Ciudad”, lo que implica la posibilidad de mudar las garitas ahí y reducir consecuentemente su número. Sin embargo, sí se advierte una última función que la zanja cuadrada satisfaría: a lo largo del costado poniente contaría con 22 compuertas “para darles una impulsada corriente a las targeas”, en cuya introducción Castera mismo estaba a la sazón involucrado. Esa corriente constante por los conductos de drenaje fomentaría el flujo de desechos arrojados por las casas y contribuiría a impedir que se azolvaran. Las compuertas se habilitarían conforme se avanzara en la tarea de dotar a las calles de atarjeas y éstas desaguarían por alguno de los otros tres costados de la zanja, según lo ordenara el relieve del suelo; la dirección general de flujo sería igual que la de todas las corrientes en esa zona del Valle de México, de las lomas del poniente hacia lo que quedaba de la laguna de Texcoco al oriente.

4

“Los ilustrados concebían la ciudad como un organismo enfermo al que era necesario sanar aplicando los principios de las corrientes mecanicista y circulacionista”, afirma Hernández Franyuti (apoyándose en Marcela Dávalos) al abordar la actividad de Castera como urbanista. Además de la deducción que en este sentido se puede obtener del plano mismo, con sus anotaciones, está en el memorial de Castera mencionado antes (donde el arquitecto destaca otras virtudes de su proyecto y de donde Francisco de la Maza obtiene información que cita prolijamente en su artículo), por ejemplo, la de que la trayectoria recta de las calles facilitaría la numeración de manzanas, el registro de habitantes, el tránsito de las rondas nocturnas y hasta la administración del viático a los moribundos. “También desearon que la ciudad fuera símbolo de poder y de dominio y que en ella prevaleciera, con base en la razón práctica, lo recto, lo simétrico, lo uniforme, la pura armonía geométrica como expresión de la belleza”, agrega Hernández. Las anotaciones con las que L’Enfant acompañó el plano que de manera indisputable se admite como el suyo y más antiguo, aun más prolijas que las de Castera, se refieren primordialmente a esta segunda intención ilustrada.

El simbolismo del plan de L’Enfant apenas si requiere esfuerzo para descifrarlo (no es improbable que subyazca una simbología numérico-geométrica de naturaleza masónica en los trazos, pero esto no concierne precisamente por su condición oculta). En los recién nacidos Estados Unidos, el poder político se repartía sólo entre dos entidades, el Congreso y la presidencia, pues el sistema de administración de justicia no tenía aún el peso que hoy se le concede. La buena marcha de los asuntos de la nueva nación dependería entonces de que esas dos entidades se comprendieran a sí mismas como mutuamente dependientes y que mantuvieran bien abiertos los canales de comunicación.

E. Sachse & Co., Vista de la Ciudad de Washington, CA. 1871. Cromo-litografía. Biblioteca del Congreso, EEUU, Prints & Photographs Division, LC-DIG-pga-02599.

Pero ése no era el único mensaje que se esperaba transmitir a través de la forma urbano-arquitectónica. Con gruesos números y con mayúsculas que van de la A a la M, L’Enfant señaló sobre la red vial básica una serie de nodos y, por medio de notas, explicó qué debería ubicarse ahí. Se trata de una nutrida nómina de objetos arquitectónicos y escultóricos que estaba por ocurrir, acerca de cuya calidad formal L’Enfant no tendría ningún control, y la única manera con la que podía contribuir a que fueran visualmente significativos era mediante el vocabulario de la calzada recta, las hileras de árboles, la perspectiva desde lo alto y el nodo visible desde muchos puntos. Es el vocabulario del monarca absoluto y debió aprenderlo de primera mano: fue hijo de un pintor de corte y su infancia la pasó en Versalles.

Esa serie de nodos inicia con 15 plazas,

cuyo centro admitirá estatuas, columnas, obeliscos o cualquier otro ornamento […] para perpetuar no sólo la memoria de aquellos individuos cuyos consejos o logros militares fueran conspicuos para dar libertad e independencia a […] [los Estados Unidos], sino también aquéllos cuya utilidad los haga dignos de admiración general, a fin de invitar a las juventudes de las generaciones futuras a transitar las sendas de aquellos sabios o héroes cuya patria los tenga dignos de conmemorar.

Continúa con dos columnas, una conmemorativa de la independencia, que eventualmente serviría como milla cero para la medición de las distancias a lo largo de todos los caminos que algún día irradiarían desde la capital, y otra “para celebrar el surgimiento de una armada y servir de monumento, listo a conmemorar su progreso y sus logros”. Siguen un templo religioso sin adscripción a ninguna secta en particular, para las solemnidades de Estado; cinco grandes fuentes, acerca de las cuales cuida de anotar que “dentro de los límites de la ciudad hay 25 buenos manantiales de excelente agua, abundantes aun en la temporada más seca del año”; y una catarata que bajaría por las faldas de la colina capitolina, abastecida por un arroyo con un nombre igualmente cargado de linaje republicano: el Tíber. Ese arroyo se encauzaría por un canal recto y su cauce y riberas se transformarían en “una gran avenida, más de 400 pies de ancho (122 metros) y alrededor de una milla de largo, bordeada de jardines”, a cuyo extremo, donde intersectaría con los jardines destinados al recreo del presidente, se erigiría un monumento ecuestre a George Washington en su calidad de comandante del ejército que conquistó la independencia de la nueva nación. Otras notas especifican el ancho mínimo de una calle (27 metros) y los atributos de las calzadas principales: ancho de 49 metros, con 3 metros de banqueta pavimentadas a cada lado, más paseos de grava sembrados de árboles y un arroyo central, para carruajes, de 24 metros (la especificación actual para un carril de automóvil en una vía de alta velocidad oscila por los tres metros, lo que permite hacerse una idea de la generosidad con la que L’Enfant dosificaba el espacio).


Los monumentos y esculturas que conmemoran las acciones de los individuos que ayudaron a mantener la independencia, la libertad y la igualdad de la nación estadounidense fueron planeados en la traza de Pierre Charles l’Enfant, ejemplo de ello es el obelisco a Washington. William Henry Jackson, Washington Monument, CA. 1902. Biblioteca del Congreso, EEUU.

Dentro de este magnífico diseño, son contadas las concesiones al hecho de que la ciudad tendría que ser algo más que un sembradío de esplendor y panegíricos cívicos. Una es la explicación que L’Enfant da sobre la avenida que se extiende hacia el oriente, desde la sede del Congreso hasta la columna de la Independencia, pasando por otra plaza, avenida cuyas banquetas correrían “bajo un pasadizo abovedado, a cuyo abrigo se ubicarán tiendas del modo más cómodo y conveniente”. Otra son dos rótulos próximos a la ribera derecha del río Anacostia, “canal hacia el mercado”, uno de los cuales insinúa que desde ese río hasta la plaza recién mencionada se tendería un canal de aprovisionamiento de mercancías. La tercera es la anotación sobre la profundidad de las aguas en donde el río Anacostia desemboca en el Potomac y la forma como se dibujaron las riberas fluviales adyacentes a esa nota, a manera de sugerir que ahí se instalarían muelles y embarcaderos. A diferencia de Castera, cuyo memorial incluye presupuestos de construcción y anotaciones sobre cómo costear la expropiación de propiedades para realizar el trazo recto de las calles, L’Enfant sólo se ocupa de los dineros al proponer que las 15 plazas se otorgaran a los estados de la federación y que cada uno corriera con el costo de urbanizarlas y mejorarlas, directamente con sus contratistas o financiando los trabajos a distancia. Cuando se vio que el presupuesto aprobado por el Congreso para hacer realidad el proyecto estaba lejos de ser suficiente, el presidente Washington decidió que los lotes urbanos se pusieran a la venta (y, por ende, a merced de las fuerzas de la especulación inmobiliaria). Los obstáculos y reparos que L’Enfant opuso condujeron a su despido.

5

La tradición afirma que L’Enfant desapareció con todos sus papeles, pero que el grandioso proyecto continuó gracias a un plano trazado de memoria por uno de los ayudantes, el afroamericano Benjamin Banneker. Pero trazar calles no basta; L’Enfant lo sabía y lo temía. Si dentro del triángulo que en la actual capital estadounidense marcan la Casa Blanca, el Capitolio y el obelisco a Washington se alcanza a apreciar una aproximación de lo que L’Enfant imaginó, se debe a una afortunada casualidad: la coincidencia de unos cuantos ciudadanos conscientes, que hacia 1900 encabezaron un movimiento cívico en pro del rescate de esa concepción original, y la creciente pujanza económica y política de los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo xx, que dio los recursos para ese rescate. En cuanto a Castera, había acudido a lo razonable: trabajando la materia prima que la historia le puso en sus manos, trató de perfeccionarla. Trazar calles tampoco le bastó. El mismo año que sometió a consideración sus planes, su patrocinador político fue sustituido. Y bastó que el virrey cambiara para que todo siguiera igual.