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De Plantas, Naciones e Imperios:
El JarDín Botánico de Madrid
1 Christophe Bonneuil, “Le jardin d’essais de Conakry. Le lieu ou s’inventent les tropiques”, La Recherche, núm 300 (1997), pp. 76-80.
2 David N. Livingstone, Putting science in its place. Geographies of Scientific Knolwedge (Chicago: The University of Chicago Press, 2003), p. 49. 
3 Dos referencias útiles para la historia del Jardín Botánico de Madrid: Javier Puerto, La ilusión quebrada. Botánica, sanidad y política científica en la España ilustrada (Barcelona: El Serbal-csic, 1988); Pilar San Pío (ed.), El Real Jardín Botánico de Madrid (1755-2005). Ciencia, colección y escuela (Madrid: Lunwerg, 2005). 
4 Londa Schiebinger y Claudia Swan (eds.), Colonial botany. Science, Commerce, and Politics in the Early Modern World (Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 2005). 
5 Juan Pimentel, Testigos del mundo. Ciencia, literatura y viajes en la Ilustración (Madrid: Marcial Pons, 2003), p. 157; Juan Pimentel, “La física de las cosas de España. Ciencia y representación de la nación que se quería ilustrada”, en Pablo Fernández Albaladejo (ed.), Fénix de España. Modernidad y cultura propia en la España del siglo xviii (Madrid: Marcial Pons, 2006), pp. 267-281; James Amelang, “The New World in the Old? The absence of Empire in Early Modern Spain”, Cuadernos de Historia de España, lxxxii (2008), pp. 147-164.
6 Sobre Linneo, Wilfred Blunt, Linnaeus. The complete naturalist (Londres: Frances Lincoln, 2004); Antonio González Bueno, Linneo. El príncipe de los botánicos (Madrid: Nivola, 2001).
7 Francisco Pelayo (ed.), Pehr Löfling y la expedición al Orinoco, 1754-1761 (Madrid: Turner, 1990).
8 Javier Puerto, Ciencia de cámara. Casimiro Gómez Ortega (1741-1818) el científico cortesano (Madrid: csic, 1992); Antonio Lafuente, Guía del Madrid científico (Madrid: Doce Calles, 1998).
9 La frase pertenece a Louis Feuillée. Cit. en Neil Safier, Measuring the New World. Enlightenment Science and South America (Chicago: The University of Chicago Press, 2008), p. 234.
10 Miguel Ángel Puig-Samper, “El oro amargo. La protección de los quinares americanos y los proyectos de estanco de la quina en Nueva Granada”, en Manuel Lucena (ed.), El bosque ilustrado: Estudios sobre la política forestal española en América (Madrid: incn-iie, 1991), pp. 219-240; Javier Puerto, Casimiro Gómez Ortega, Ciencia de cámara (Madrid: csic, 1992), p.159; Marcelo Frías, Tras el Dorado vegetal. José Celestino Mutis y la real expedición botánica del Nuevo Reino de Granada (1783-1808) (Sevilla: Diputación Provincial de Sevilla, 1994); Antonio González Bueno, “América: la panacea soñada”, en Antonio Lafuente y Javier Moscoso (eds.), Madrid. Ciencia y Corte (Madrid: Gráfica Futura, 1999), pp. 277-281; Mauricio Nieto, Remedios para el imperio. Historia Natural y la apropiación del Nuevo Mundo (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2000); José Pardo Tomás, El Tesoro natural de América. Colonialismo y ciencia en el siglo xvi (Madrid: Nivola, 2002); Daniel Bleichmar, Visible Empire. Botanical Expeditions & Visual Culture in the Spanish Enlightenment (Chicago: The University of Chicago Press, 2012), cuyo capítulo primero se titula “A botanical reconquista”, pp. 17-42. 
11 Un resumen suficiente del ciclo explorador en Eduardo Estrella, “Las expediciones botánicas”, en Manuel Sellés, José Luis Peset y Antonio Lafuente (eds.), Carlos III y la ciencia de la Ilustración (Madrid: Alianza, 1988), pp. 331-352.
12 Jean Pierre Clément (ed.), El mercurio peruano, 1790-1795, 2 vols. (Madrid: Iberoamericana, 1997); Víctor Peralta, “Prensa y redes de comunicación en el Virreinato del Perú, 1790-1821”, Tiempos de América, núm. 12 (2005), pp.113-131.
13 Félix Muñoz (ed.), La botánica al servicio de la Corona: la expedición de Ruiz, Pavón y Dombey al Virreinato del Perú (Madrid: csic-Lunwerg, 2003).
14 La literatura sobre Mutis es ancha. Algunos títulos recientes: José Antonio Amaya y Miguel Ángel Puig-Samper (eds.), Mutis al natural: ciencia y arte en el Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Museo Nacional de Colombia, 2008); Edward O. Wilson, Kingdom af ants. José Celestino Mutis and the Dawn of Natural History in the New World (Baltimore: Johns Hopkins University, 2010). Nieto, Remedios para el imperio (2000) y Bleichmar, Visible Empire (2012), citados anteriormente, aunque rebasan la figura y la expedición de Mutis, constituyen dos de las mejores y más originales aportaciones.
15 Matthew J. Crawford, “A ‘Reasoned Proposal’ against ‘Vain Science’: Creole Negotiations of an Atlantic Medicament in the Audiencia of Quito (1776-1792)”, Atlantic Studies 7, núm.. 4 (2010), pp. 397-419. Mauricio Nieto, Remedios para el imperio (2000), pp. 198 y ss. También se ocupó de ello Frías, Tras el dorado vegetal (1994).
16 Pilar San Pío (ed.), La expedición de Juan de Cuéllar a Filipinas (Madrid: csic-Lunwerg, 1997); Belén Bañas, Una historia natural de Filipinas, Juan de Cuéllar, 1739?-1801 (Barcelona: El Serbal, 2000).
17 Jose Mariano Mociño y Martín de Sessé (Jaime Labastida ed.), La Real Expedición Botánica a Nueva España, 12 vols. (México: Siglo xxi, 2010);  Javier Lozoya, Plantas y luces en México: la Real Expedición Botánica a Nueva España (1787-1803) (Barcelona: El Serbal, 1984).
18 Un buena panorámica del programa sigue siendo Javier Puerto, La ilusión quebrada: botánica, sanidad y política científica en la España ilustrada (Barcelona: El Serbal, 1988).
19 Antonio Lafuente García y Leoncio López-Ocón, “Tradiciones científicas y expediciones ilustradas en la América Hispánica del siglo xviii”, en Juan José Saldaña (ed.), Historia social de las ciencias en América Latina (México: Porrúa-unam, 1996), pp. 247-281.
20 José Luis Maldonado, “Flora de Guatemala” de José Mociño (Madrid: Doce Calles, 1996).
21 Miruna Achim, “Debates ilustrados y participación política en el México del siglo xviii”, 20/10 El Mundo Atlántico y la Modernidad Iberoamericana, núm. 1 (nov. 2012), pp. 151-163; José Antonio Alzate (Miruna Achim ed.), Observaciones útiles para el futuro de México. Selección de artículos, 1768-1795 (México: Dirección General de Publicaciones, 2012); Roberto Moreno, Linneo en México: las controversias sobre el sistema binario sexual, 1788-1798 (México: unam, 1989). 
22 Antonio Lafuente y Nuria Valverde, “Linnaean botany and Spanish Imperial Biopolitics”, en Londa Schiebinger y Claudia Swan (eds.), Colonial Botany. Science, Commerce, and Politics in the Early Modern World (Filadelfia: Pennsylavnia University Press, 2005), pp. 134-148; Santiago Díaz-Piedrahita, Nueva aproximación a Francisco José de Caldas (Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1997).
23 Jorge Cañizares, How to write the history of the New World. Histories, Epistemologies and Identities in the Eighteenth-Century Atlantic World (Stanford: Stanford University Press, 2001); También, José Luis Peset, Ciencia y libertad. El papel del científico ante la Independencia americana (Madrid: csic, 1987).
24 Roberto Schwarz, Misplaced Ideas: Essays on Brazilian Culture (Londres: Routledge, 1992).
25 Bleichmar, Visible Empire (2012).
26 Un libro colectivo que trata de romper las perspectivas nacional e imperial al uso, Simon Schaffer, Lissa Roberts, Kapil Raj, y James Delbourgo (eds.), The Brokered World: Go-Betweens and Global Intelligence, 1770–1820 (Upsala: Science History, 2009).
27 Antonio González Bueno, Gómez Ortega, Zea, Cavanilles. Tres botánicos de la Ilustración (Madrid: Nivola, 2002).
28 David J. Mabberley y Pilar San Pío, La carta de colores de Haenke de la Expedición Malaspina: un enigma (Madrid: Doce Calles, 2011).

Juan Pimentel
Instituto de Historia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas


El autor hace un recorrido por la historia de las expediciones botánicas durante el siglo XVIII hasta la Emancipación americana. La fundación del Real Jardín Botánico de Madrid buscaba, entre otras cosas, crear un espacio público en el que se representara el Nuevo Mundo, así como el ensayo de nuevas formas de conocimiento y dominio. Las expediciones botánicas permitieron la creación de imágenes que, posteriormente, se transformaron en signos disputados de identidad nacional y cultural.


De siempre, los señores y emperadores del mundo —incluso los príncipes, los nobles y los ciudadanos notables— coleccionaron plantas y las hicieron cultivar. Hubo jardines en Mesopotamia, en Roma, y es sabido que el propio Moctezuma organizó en Oaxtepec un jardín con especies, flores y árboles que causó la admiración de Cortés. Los jardines botánicos proliferaron en la Europa del Renacimiento cuando se citaron tres hechos: la renovación de la antigua materia médica (el estudio de los simples medicinales), los descubrimientos geográficos y el impulso del mecenazgo y las nuevas formas cortesanas de sociabilidad y cultura. Entre 1540 y 1570 se crearon los jardines botánicos de Pisa, Padua, Florencia y Bolonia, referentes de personajes como Luca Ghini o Ulisse Aldrovandi. Más tarde llegó el de Leiden, cuyo primer director fue Clusius. Felipe II tuvo sus jardines en El Escorial y Aranjuez. El Jardin du Roi parisino se levantó a principios del siglo xvii, y algunas décadas después se fundó el de la Universidad de Uppsala, vinculado a la figura de Linneo, el indiscutible príncipe de la botánica en el siglo xviii, periodo que vio nacer también los Kew Gardens, en Londres, asociados a Joseph Banks y, posteriormente, al Imperio victoriano. Para entonces, los jardines botánicos eran ya “los lugares donde se inventaban los trópicos”, según formuló uno de sus historiadores.1


Este óleo de Carlos Borbón lo muestra durante su infancia, tomando clases de botánica, ciencia a la que brindaría gran apoyo durante su reinado. Jean Ranc, Carlos de Borbón y Farnesio (futuro Carlos III de España), CA. 1724. Óleo sobre tela, 145.5 x 116.5 cm. Museo Nacional del Prado, España.

En la historia de todo jardín se mezclan el cultivo y la aclimatación de las plantas, la experimentación y la clasificación, pero también la voluntad de reunir las formas exóticas de la naturaleza y el coleccionismo, así como el ocio, la exhibición y el recreo. Un jardín es un espacio artificial que recrea y ordena el caos de las selvas y los bosques, un simulacro geométrico de la naturaleza virgen a mitad de camino entre los dos espacios opuestos donde se desarrolla la actividad científica: el campo abierto y el gabinete o el laboratorio.2 Un jardín botánico es un espacio donde crecen y se alimentan diversos híbridos de conocimiento, cultura y política. Tras ellos se esconden los nombres de los reyes o los ministros que quisieron erigirlos, los de los naturalistas que recolectaron y estudiaron sus especies, y, en fin, los de anónimos paseantes que dan sentido a todo espacio público. Entre sus parterres se observan sombras de sueños imperiales con tintes exóticos, las líneas discontinuas que forman esas redes de intercambio a lo largo del mundo, las biografías de naturalistas ilustres o desconocidos marcadas por las señas indelebles de la ciencia: el afán de reconocimiento, la gloria, las intrigas, la lucha por el poder en las instituciones y la acción a distancia.

El Real Jardín Botánico de Madrid no escapa a estas reglas generales. Ubicado en el corazón de la ciudad, junto al Museo del Prado, en la parte oriental de la alameda que divide longitudinalmente la ciudad, el Jardín es fruto característico de la Ilustración, ese recodo imprescindible en el laberinto de la modernidad ibérica. Ciertamente, como han defendido los historiadores de la ciencia en las últimas décadas, todo problema de orden natural —clasificar las plantas y emplearlas con fines terapéuticos, textiles o alimenticios, por ejemplo— es un problema de orden social. Toda institución científica es un precipitado de conflictos y problemas sociales.

No es difícil en este sentido trazar la historia del Real Jardín Botánico madrileño, desde su fundación hasta la Emancipación americana, como un crisol en el que se reflejan algunas de las líneas maestras del Reformismo borbónico, la Monarquía ilustrada, los últimos días del Imperio y la emergencia de las nuevas naciones.3 No hay ciencia neutra y la botánica no es ninguna excepción. Era un saber tradicionalmente asociado a la medicina y la farmacopea que eclosionó a partir de la expansión europea en América y Asia. La flora del Nuevo Mundo planteó desde el principio un reto intelectual para los europeos, así como una fuente inagotable de fantasías transatlánticas edénicas y proyectos comerciales fundados en la aclimatación y el cultivo de determinados frutos y especies en el otro lado del océano.4 La circulación, el tráfico y la hibridación de plantas, ideas y personas constituyen la clave de la botánica en la Edad Moderna. En la Ilustración, la “ciencia amable” era ya una moda, un gesto social, una práctica compartida por philosophes, eruditos y comerciantes de Ginebra, Lima, Frankfurt o México. Rousseau, Unánue, Goethe, Alzate: pocos se resistieron a los encantos de un saber poderosamente mundializado y mundanizado, una ciencia cortesana que pronto iba a devenir en ciencia ciudadana.

El tesoro vegetal y las expediciones botánicas

En Madrid, alrededor de 1750, era notable el contraste entre la dimensión de la Monarquía hispana (desde Valencia a Filipinas pasando por el Caribe, y desde Chile a las Californias) y la falta de espacios públicos donde se representara mínimamente el Nuevo Mundo.5 La metrópoli no rendía tributo al tamaño y a la riqueza de su Imperio. No había un museo de historia natural donde se recogieran los naturalia y artificialia; tampoco una cartografía actualizada y moderna de los dominios; ni tan siquiera un jardín que reflejara la exuberancia y variedad del incomparable vergel americano.


En esta imagen puede apreciarse claramente el conflicto entre los dos sistemas de clasificación botánica. José Quer, estudioso español del tema, clasifica a la Gayuba bajo la nomenclatura de Tournefort y bajo el sistema de Linneo. José Quer y Martínez, Dissertacion physico-botanica sobre la passion nephritica, 1763. Madrid: Joachin Ibarra, calle de las Urosas. p. 38 y Lsn (antes de la 39). Real Jardín Botánico de Madrid.

Los sucesivos gobiernos de los monarcas ilustrados quisieron poner fin a este estado de las cosas. Primero se trató de aprovechar un huerto medicinal que había en el oeste de la ciudad, el llamado Jardín de Migas Calientes, donde se asentó el primer emplazamiento del Real Jardín en 1755. Allí dictó sus lecciones de botánica José Quer, el iniciador de la Flora de España, cuyos primeros volúmenes aún recogían un orden alfabético y estaban marcados por Tournefort, un autor destacado pero algo anticuado para esas fechas. “Saber de plantas —había escrito— es saber nombrarlas”. En efecto, la disciplina había girado hacia las cuestiones taxonómicas y de nomenclatura.


Como menciona el autor, “la ciencia cortesana se volvió ciudadana”. Ejemplo de ello, esta planta que recibió por nombre el apellido del Padre de la Patria chilena, Bernardo O’Higgins. Originalmente, la expedición que encontró este ejemplar fue financiada por la Corona española. Sin embargo, frente a las revoluciones de independencia, la expedición científica tomó otro carácter político, asunto que se refleja en el nombre que le fue dado a esta planta. “O’Higginsia verticillata y O’Higginsia obovata”, Lámina LXXXV. Grabado calcográfico, 42 cm. Hipólito Ruíz López y José Antonio Jiménez-Villanueva, Flora peruviana et chilensis, sive descriptiones, et icones plantarum peruvianarum, et chilensium, secundum systema linnaeanum digestae, cum characteribus plurium generum evulgatorum reformati, 1798. Madrid: Typis de Gabrielis de Sancha. Tomo I. Real Jardín Botánico de Madrid.

Linneo (1707-1778) consagró esta deriva. Primero en su Systema Naturae (1735) y luego en la Philosophia Botanica (1751) y las Species Plantarum (1753) estableció un método de ordenar y nombrar las especies destinado a perdurar en el tiempo y a extenderse en el espacio.6 Hoy día seguimos nombrando las plantas bajo la ingeniosa fórmula que ideó como regla mnemotécnica, la nomenclatura binomial (género y especie). En cuanto a su difusión geográfica, el sueco formó a una serie de discípulos que pronto constituyeron su primera red de corresponsales, distribuidos por los cuatro continentes (en unas décadas serían cinco, tras la colonización de Australia). Uno de ellos, Pehr Löfling, viajó a España primero y luego al Orinoco. Aunque murió en Cumaná muy joven, Löfling fue el primero de una larga serie de naturalistas en colonizar la flora americana con la terminología y las prácticas de la botánica linneana.7

En el Jardín, los sucesores de Quer abrazaron la botánica linneana. Primero fue Miguel Barnades y, a partir de 1771, Casimiro Gómez Ortega, figura dominante de la institución hasta finales de siglo y responsable de su traslado al Paseo del Prado, en la Colina de las Ciencias, su actual emplazamiento.8 No fue un traslado sencillo. Primero le encargaron el proyecto a Sabatini, un arquitecto tardobarroco; luego a Villanueva, el máximo exponente del neoclasicismo en España. La traza recoge un damero dividido en 24 compartimentos, el número mágico de la sistemática linneana. En 1781 lo inauguró Carlos III, quien quiso retratarse con estas palabras grabadas en la Puerta Real: “padre de la patria, restaurador de la botánica para salud y recreo de sus vasallos”. Sin embargo, más allá de la retórica del compromiso de la Corona con las ciencias, la utilidad y la felicidad pública (esos precedentes del Estado del bienestar), lo cierto es que históricamente los Estados han pasado a ocuparse de la salud de sus vasallos al tiempo que ensanchaban los órganos de su administración y que advertían fuentes de ingreso para sus arcas.

En este óleo (neoclásico) de Paret queda representada una de las puertas del Jardín Botánico que realizó Juan de Villanueva, el arquitecto neoclásico más importante de la época. Luis Paret y Alcázar, El Jardín Botánico desde el Paseo del Prado, CA. 1790. Óleo sobre tabla, 58 x 88 cm. Museo Nacional del Prado.

Además de identificar las dalias o las orquídeas venezolanas en función de sus órganos de reproducción (el principio básico de la sistemática linneana), y de ofrecer un espacio en la ciudad de Madrid para el recreo y la contemplación, había otros intereses. Inspirados por las ideas fisiócratas, muchos comenzaron a ver las plantas sudamericanas como “un tesoro más valioso que el extraído de las minas del Perú”.9 De hecho, la acumulación de metales preciosos fue cediendo paso en el imaginario político a la posibilidad de explotar y comercializar otros recursos naturales, una sustitución (o una equivalencia) que se observa en la terminología con que los historiadores han descrito el ciclo explorador que se orquestó desde el Jardín Botánico en la era de Gómez Ortega: “el oro amargo”, “El Dorado vegetal”, la “botanical reconquista”, el “green capital”, la “panacea soñada” o los “remedios para el imperio”.10 Las plantas podían enriquecer, curar y regenerar a la Monarquía, este era el mensaje. La quina, la canela, el tabasco, la pimienta, la grana o el añil podían contribuir al pacto colonial y competir en los mercados globales con los monopolios holandeses e ingleses en las Indias Orientales. El Jardín Botánico se erigió en un centro para recoger plantas, herbarios, dibujos y semillas desde los cuatro rincones del Imperio con el objeto de ensayar nuevas formas de conocimiento y dominio. Cuatro grandes expediciones botánicas fueron enviadas en el último tercio de siglo al Perú, Nueva Granada, Filipinas y Nueva España,11 sin contar el hecho de que en otras muchas exploraciones hidrográficas hubo naturalistas que multiplicaron los trabajos.


El Bejuco de Estrella es una planta peruana que, tras las expediciones y el auge de la botánica española, sustituyó a la Serpentaria Virginia que comerciaban los   ingleses en el mercado europeo. Aristolochia fragantissima, 21 cm. Grabado calcográfico. En Hipólito Ruíz López, Memoria sobre la virtudes y usos de la planta llamada en el Perú Bejuco de la Estrella, 1805. Madrid: en la imprenta de D. José del Collado.

¿Era realmente nueva la idea de estudiar y describir la flora americana? No del todo, los propios actores de este ciclo se contemplaron como continuadores de una tradición que se remontaba a las historias naturales del siglo xvi y a Francisco Hernández, el médico de Felipe II, algunos de cuyos documentos fueron localizados por el cronista Juan Bautista Muñoz y parcialmente editados por el propio Gómez Ortega, precisamente. Lo novedoso eran el carácter sistemático y articulado del programa, los medios, la especialización. Gómez Ortega dictó una serie de instrucciones para recoger datos y efectuar envíos a la Península. También Linneo había dictado unas reglas para ser observadas por sus corresponsales. La ciencia estaba ingresando en esa etapa de madurez en que se estandarizan los protocolos y los procedimientos para recabar información.

La expedición al Perú (1777-1815) fue dirigida por Hipólito Ruiz y José Pavón, dos farmacéuticos y botánicos españoles formados con Gómez Ortega. Viajó con ellos el francés Joseph Dombey, un médico conectado con Turgot, quien desde París estaba preparando un programa para naturalizar plantas exóticas en Europa. Participaron también varios eruditos criollos: Cosme Bueno, Francisco González Laguna e Hipólito Unanue, uno de los fundadores del  Mercurio Peruano (1791-1795), la revista de la Ilustración limeña.12 Fruto de sus exploraciones por las costas chilenas y ‘el país de la quina’, Ruiz y Pavón elaboraron la Flora Peruviana et Chilensis (1798-1802), quizás la mayor aportación a la taxonomía botánica americana de la época.13

El médico gaditano José Celestino Mutis dirigió la expedición al Nuevo Reino de Granada (1783-1808), una empresa a mitad de camino entre la misión imperial, la institución virreinal y el negocio privado.14 Mutis quiso ser al tiempo un nuevo Hernández y el sucesor de Löfling. Sin embargo, pese a sus relaciones epistolares con Linneo, las tareas descriptivas y taxonómicas de la Flora de Bogotá, su proyecto editorial largamente postergado, quedaron incompletas. Su gran logro fueron las láminas, unas ilustraciones botánicas originales y hermosas, salidas del taller de pintura asociado a la oficina botánica, instancias ambas creadas y dirigidas por el propio Mutis. En esta expedición participaron naturalistas criollos muy notables como Jorge Tadeo Lozano, Francisco José de Caldas o Francisco Antonio Zea, a los que debemos sumar los pintores Salvador Rizo y Francisco Javier Matis, “el mejor pintor de flores del mundo”, según Humboldt. Mutis pasó media vida enfrentado a Gómez Ortega y a los directores de la expedición al Perú, con quienes sostuvo una prolongada polémica sobre las variedades y propiedades de las quinas, cuyas virtudes medicinales (antifebrífugas) eran conocidas y apreciadas en toda Europa. Tras la polémica taxonómica y farmacológica había poderosos intereses comerciales, pues Mutis quería legitimar determinadas especies de Santa Fe para romper así con la hegemonía de las quinas de la región de Loja, en la audiencia de Quito.15 Desarrolló un proyecto para el estanco de la quina, al igual que quiso explotar en régimen de monopolio el té de Bogotá y la canela americana.   

Juan de Cuéllar, otro botánico formado en el Real Jardín Botánico de Madrid, fue enviado a las Islas Filipinas en 1786 como corresponsal de dicha institución y asesor en historia natural de la Compañía de Filipinas, recién creada en 1785. Las autoridades querían reactivar el comercio entre Asia y el Pacífico. Cuéllar realizó importantes contribuciones sobre el cultivo de la canela, el té, el añil, la pimienta, la nuez moscada y otras especies de interés comercial.16

“Lámina IV”. Grabado calcográfico. Hipólito Ruíz y José Antonio Jiménez-Villanueva, Flora peruviana et chilensis, sive descriptiones, et icones plantarum peruvianarum, et chilensium, secundum systema linnaeanum digestae, cum characteribus plurium generum evulgatorum reformati, 1798. Madrid: Typis de Gabrielis de Sancha. Tomo I. Real Jardín Botánico de Madrid; y Prevost y PP. Choffard, “Liane femelle du Chili”. Grabado, 56 x 41 cm. Atlas du Voyage de la Perouse, no. 8. L’Imprimerie de la Republique, 1797. Cortesía de David Rumsey Historical Map Collection www.davidrumsey.com

Por último, tenemos la expedición botánica a Nueva España (1787-1803), dirigida por un médico militar, Martín Sessé, y un botánico formado en el Jardín, Vicente Cervantes, a quienes se agregaron otros como el cirujano José Longinos, también alumno de Gómez Ortega, y José Mociño, un naturalista novohispano sobre el que luego volveremos. Clasificaron y estudiaron las propiedades, usos y morfología de más de 1 300 especies vegetales, plantas medicinales, tintóreas, agrícolas o textiles, aunque también realizaron contribuciones a lo que hoy llamaríamos ictiología y ornitología. No se limitaron al territorio que hoy día pertenece a México, sino que también exploraron la Nueva California, la costa noroeste y parte de Centroamérica y el Caribe.17

Naturaleza, patria y otros híbridos

Mirada desde Madrid, la idea era convertir al Jardín en el centro de una red global. La gestión de la información había de seguir una jerarquía geográfica característica de ciertos retratos idealizados de los imperios y la expansión de la ciencia moderna, esos diagramas en los que unos actores desde el centro ordenan, prescriben y solicitan mientras que otros, desde las periferias, se limitan a recibir instrucciones, recoger y enviar información.18 Sin embargo, esta manera de entender el funcionamiento de un imperio y la globalización del conocimiento ha cedido paso a otras perspectivas más sensibles a lo local y lo no europeo. La visión tradicional era una visión ilustrada o neoilustrada, hasta el punto de que ha sido compartida por actores como Gómez Ortega e historiadores de la Gran Tradición. La nueva mirada de estos fenómenos es menos difusionista, tiende a acentuar el valor del conocimiento local o situado y problematiza los procesos de circulación del conocimiento.


Merey encarnado (Anacardium occidentale). Aguada sobre trazado a lápiz. Comisión científica de Pehr Löfling. Archivo del Real Jardín Botánico, Div II, lám. 23. Real Jardín Botánico-csic, España.

El caso de la botánica linneana es paradigmático. Sobre el papel, era una disciplina netamente ilustrada. Su fin era distribuir una nomenclatura y un sistema por todo el orbe. Todas las plantas del mundo, las conocidas y las que estaban por descubrir, cabían en una retícula que comprendía todas las posibles especies a partir de unos rasgos determinados (el número y morfología de los estambres y pistilos, básicamente). Como la proyección Mercator o la física newtoniana, el objetivo de la botánica linneana era legislar sobre todos los fenómenos naturales a lo largo y ancho de la Tierra. Era pues una disciplina con vocación universal y prescriptiva. Desde Uppsala y Leiden (Linneo trabajó en Suecia y Holanda) su sistema viajó hasta Londres o Madrid, y desde allí se embarcó con Solander, Sparrman y Banks (naturalistas en los viajes de Cook) hasta el Pacífico; con Thunberg, Osbeck y Adler a la China y el extremo Oriente; con Kalm hacia la América más septentrional; con Löfling, Cervantes, Hipólito Ruiz o Mutis hacia la América española. Era una empresa transnacional y de hecho fue confeccionada por una extensa red de  naturalistas de diferentes nacionalidades. El universalismo siempre fue uno de los rasgos de la ciencia (o al menos, uno de sus reclamos). Si bien los primeros apóstoles de Linneo (así los bautizó pues debían predicar su palabra) fueron nórdicos, pronto llegaron corresponsales y seguidores de otras procedencias. En la América española, muchos de los protagonistas de las expediciones botánicas fueron criollos e incluso indígenas. Nadie mejor que ellos sabían de las plantas americanas: dónde encontrarlas, cuáles eran sus denominaciones locales, sus propiedades y usos medicinales. Así, la botánica linneana —una disciplina del Norte de Europa— se extendió por la América hispana con la colaboración de sabios, eruditos, naturalistas y recolectores peninsulares y españoles americanos, criollos e indígenas novoshispanos, quiteños o peruanos. Ahora bien, ¿fue un proceso lineal, unidireccional? En absoluto, fue un proceso contestado. ¿Significaba lo mismo ser linneano en Uppsala que en México? En muchos sentidos, no. Viajar siempre contrae alteración, roce, transformación. ¿Qué significaba ser moderno en América latina? ¿Asumir las directrices de la metrópoli, París o Leiden? ¿Impugnarlas? ¿Cómo se trenzan los hilos de una disciplina transnacional, un imperio en busca de nuevas formas de dominio y unos pueblos en vísperas de convertirse en naciones?   

Para empezar, la exploración botánica no dependió entera ni en muchos casos principalmente del Jardín Botánico de Madrid. Las instancias virreinales o la Compañía de Jesús tenían iniciativa propia.19 Las exploraciones y herborizaciones de Mociño y Longinos en la costa noroeste y el reino de Guatemala, por ejemplo, aunque teóricamente vinculadas a una expedición botánica impulsada desde Madrid, respondieron a intereses y agendas novohispanas. De hecho, sendas expediciones, como los trabajos de Sessé en Cuba y Puerto Rico, se planearon y aprobaron en México. Madrid jamás se interesó en publicar la Flora de Guatemala. La explotación del añil o las resinas centroamericanas eran asuntos con más implicaciones americanas que peninsulares.20

Las actividades de Sessé y Cervantes incluyeron la creación de un Jardín Botánico en México (situado primero en Atlampa, luego en Chapultepec) y la instauración de una cátedra de botánica. Se dictaron cursos y lecciones, hubo actos públicos y se formó personal cualificado (el propio Mociño fue reclutado allí). Es decir, la expedición botánica sirvió a intereses españoles pero también fue el caldo de cultivo de instituciones y cuadros destacados para la historia de México. Introdujo a Linneo en la Nueva España, aunque también dio lugar a su refutación en una de las polémicas más características de la Ilustración en Latinoamérica, la que mantuvieron el titular de la cátedra, Vicente Cervantes, y Jose Antonio de Alzate, el polígrafo criollo que protagonizó algunos de los mejores debates científicos del periodo, como recogía en el primer número de esta revista Miruna Achim.21

A juicio de Alzate, una nomenclatura que desconocía los usos y virtudes de las plantas, generaba confusión: en determinadas especies resultaban muy cercanos los géneros tóxicos y los medicinales. Sus denominaciones binomiales eran peligrosamente semejantes. Había que respetar los nombres indígenas de las plantas, pues “querer sustituir idiomas es extravagancia”, todo un lema para afrontar esta forma de colonización que es —que siempre fue— describir y nombrar las cosas. El asunto es más complejo aún, pues en realidad Linneo, originalmente, había concedido gran valor a las denominaciones autóctonas. En su viaje a Laponia, había insistido en la importancia de los conocimientos y las denominaciones locales. Resulta significativo en este sentido que se hiciera retratar vestido como un lapón, una manera de invertir el lema “dress british, think yedish”. Compaginar lo global y lo local siempre exigió transacciones y ambivalencias, o como dirían los críticos postcoloniales, ciertos mimetismos e hibridaciones.

Sucede sencillamente que no era idéntica la doctrina de Linneo a la disciplina que fue trasladándose, adaptándose y adquiriendo significados diversos en los diversos contextos. Tampoco ser antilinneano significó lo mismo en todos los lugares y momentos. Por razones muy diferentes a las de Alzate, Buffon rechazó la historia natural y la botánica del sueco. París se resistió a Linneo, tal y como las minas de plata americanas se resistieron a la introducción del método de amalgamación de Born. También Goethe, por razones diferentes a las de Buffon o Alzate, se revolvió contra esa forma de entender el estudio de las plantas. La ciencia es siempre una empresa contestada, sometida a los rigores de toda práctica social.

Polémicas semejantes a la novohispana cruzaron el Nuevo Mundo. Hipólito Unánue en Perú o José de Caldas en Nueva Granada protagonizaron debates análogos.22 Eran revueltas locales contra la pretendida universalidad de la ciencia europea, con muchos ecos en el contexto de los debates sobre la inferioridad de la Naturaleza americana. En cierto sentido, la actitud de Alzate era tradicional: se negaba a asumir las tesis de la metrópoli y defendía lo que Cañizares llamó una ‘epistemología patriótica’.23 En otro, era muy moderna: también suponía una defensa de la práctica contra la teoría y del testimonio directo y la experiencia contra la autoridad y la palabra. Cervantes, su oponente, decía que el náhuatl era una lengua indicada para hablar de plantas con herbolarias indias, pero no para debatir con sabios y eruditos, un comentario que hoy día nos genera cierta animadversión. Y sin embargo ¿no era ésta la postura de un verdadero ilustrado? Todo ello, en fin, nos habla de la complejidad de los procesos de aculturación, de los acentos vernaculares que adquieren las ideas fuera de lugar, en suma, de las diversas formas (y a menudo alternativas) de ser modernos.24


Francisco Javier Matis, Caldasia. Real Expedición al Reino de Nueva Granada. Proyecto de digitalización de los dibujos de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783-1816), dirigida por José Celestino Mutis: rjb.csic.es/icones/mutis. Real Jardín Botánico-CSIC, España.

El caso de Mutis y la Flora de Bogotá es igualmente ejemplar. Sólo de manera muy laxa se le puede considerar un apóstol de Linneo o un corresponsal de la administración colonial. Su obra no cabe bajo la sombra del Jardín de Madrid, ni tampoco en el de Uppsala. Hay muchas diferencias entre las lujosas láminas al temple que salieron de su taller y aquellos dibujos esquemáticos que incluían despieces anatómicos de los órganos sexuales de las plantas, el instrumento visual linneano al uso para identificar y ubicar una especie. Mutis y sus colaboradores Rizo y Matis formaron a varias decenas de jóvenes ilustradores, algunos de los cuales procedían de la escuela quiteña de pintura de retablos. El resultado es un auténtico festín para la vista, un tesoro de papel: hojas y pétalos de  formas rotundas, geometrías precisas, simetrías buscadas, colores vivos, hechos con pigmentos de productos locales (dalias, chilca, tunos, azafrán, palo brasil). Estas imágenes van más allá de las escuetas representaciones centradas en la morfología de las plantas. No son el resultado de unas técnicas estandarizadas de producción iconográfica, ni de un sistema de clasificación universal. No son grabados que puedan reproducirse. Sus colores tampoco se hicieron al modo industrial. Son obras singulares, propias de unas formas autóctonas de hacer ciencia y representar la naturaleza. En algunas de ellas, la firma de su autor viene seguida por un significativo ‘Americ. pinxit’: ‘un americano lo pintó’. Así fueron entendidas estas imágenes posteriormente, como signos de la identidad cultural de la nueva patria, un verdadero capital simbólico.

La apropiación de estos símbolos, de los autores y trabajos que dibujaron el retrato de la naturaleza americana en la víspera de la independencia, es uno de los asuntos más fascinantes y complejos a los que se puede enfrentar un historiador del periodo. ¿Qué papel jugaron en la formación de una cultura propia y la emergencia de las nuevas naciones? La respuesta no es sencilla. Es evidente que la descripción y el inventario de los recursos naturales constituyó un instrumento para conocer, explotar y dominar el territorio, uno de los elementos imprescindibles en cualquier definición de nación. También lo es que parte de ese programa fue concebido desde Madrid con una dimensión imperial. ¿Fue por tanto diseñado con un objeto y cumplió otros?

Quizás aclare algo nuestras dudas seguir los destinos de algunos fragmentos de este patrimonio cultural, significativos como las propias biografías de quienes lo hicieron posible. Mutis murió en 1808, antes de que estallara la Revolución. Le sucedió al frente de la expedición su sobrino, Sinforoso Mutis, lo que expresa el carácter familiar de la empresa, la confusión característica del Antiguo Régimen entre la esfera pública y la privada. La crisis del Imperio provocó la interrupción, la disgregación y hasta la desaparición de muchos de los trabajos y sus protagonistas. Algunos tomaron parte por los insurgentes y lo pagaron con sus vidas: Salvador Rizo y Francisco José Caldas fueron fusilados por el general Morillo en 1816. Convertidos en héroes, los documentos y las láminas de la expedición fueron empaquetados y remitidos al Jardín Botánico de Madrid, donde hacía décadas que se los esperaba. No fueron editados hasta que en 1954 la colaboración entre los gobiernos de Colombia y España echó a andar la edición sistemática de la Flora de Bogotá. Hablamos pues de un patrimonio cultural reivindicado y disputado por la Monarquía, el Virreinato y la nación, tres instancias que se identifican con la Ilustración y cuyos sucesores se consideran sus legítimos herederos. Pero también hablamos de un tesoro inédito, de un patrimonio en buena parte sumergido, o por jugar con el título del último gran libro sobre este tema, el de Daniela Bleichmar, de un imperio paradójicamente invisible.25

¿Fue la botánica un activo del nuevo patriotismo americano? ¿Se comprometieron los naturalistas con la causa de la Emancipación? No todos, ciertamente. Con frecuencia la historia es un relato de formato nacional, pero las visiones retrospectivas tienden a colocar los hechos bajo un orden teleológico. La ciencia, sus practicantes y objetos, es una actividad que no escapa a los nichos institucionales y culturales en los que se gesta, pero el imperio o la nación no agotan las muchas vidas del conocimiento. Como la flora y sus imágenes, muchos de esos naturalistas circularon a través del océano y algunos de ellos lograron transplantarse y aclimatarse. En las dos direcciones.26

Vicente Cervantes, el director de la expedición a la Nueva España, había nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca y estudiado en Madrid. El introductor de Linneo en México fundó el Jardín Botánico en suelo azteca, dirigió la botica del Hospital de San Andrés y trató de impulsar los estudios de farmacia en el virreinato, contra los intereses del Tribunal del Protomedicato. Pese a la expulsión de los españoles por el decreto de septiembre de 1821, en virtud de sus trabajos y reputación, a Cervantes le permitieron permanecer en México, donde murió en 1829. ¿Se le puede considerar un emisario de la ciencia metropolitana?

Francisco Antonio Zea nació en Medellín en el seno de una familia descendiente de colonos vascos. Se formó en el Seminario de Popayán con Félix Restrepo, sustituyó a Eloy Valenzuela en la subdirección de la expedición neogranadina y bajo la tutela de Mutis se convirtió en uno de los botánicos e intelectuales más influyentes de la colonia, donde formó parte de la tertulia de Nariño y contribuyó a fundar el Papel periódico. En 1795 fue acusado de conspiración, trasladado y encarcelado en Cádiz. Tres años después las autoridades españolas le enviaron a Francia y en 1805 sucedió a Cavanilles en la dirección del Jardín Botánico de Madrid. Quiso reorientar la disciplina hacia su dimensión más útil, vinculada a las reformas agrarias. De nuevo tuvo que huir de la península tras la expulsión de José Bonaparte y marchó a París, donde entabló relaciones con Humboldt, Cuvier y otros grandes científicos. Regresó a América en 1815 y colaboró con Bolívar, quien le concedió diversos cargos y honores. Fue uno de los impulsores del Congreso de Angostura, donde nació la Gran Colombia, aunque no terminó sus días sin un último giro abrupto, pues fue acusado y perseguido hasta exiliarse de nuevo en Londres, donde murió en 1822.27 ¿Fue un patriota, un enemigo de la patria, un ilustrado cosmopolita que sirvió a diferentes banderas y causas?

Tadeo Haenke fue uno de los tres naturalistas que recorrieron el Imperio a bordo de la expedición Malaspina (1789-1794). Había nacido en el norte de Bohemia y se había formado como músico y médico en Praga antes de instruirse como botánico en Viena bajo el magisterio de Nikolaus Joseph von Jacquin. Una vez en América, quiso prolongar sus exploraciones al margen de la Corona por el Río de la Plata, Perú y la actual Bolivia, en Cochabamba, donde se afincó y vivió hasta 1816 desplegando todo un rosario de actividades científicas que abarcaron desde la mineralogía y la botánica hasta la etnografía. ¿Puede considerarse un botánico metropolitano a quien quiso permanecer a América? Entre los documentos que se conservan en el Jardín Botánico de Madrid, hay una Carta de colores que perteneció a Haenke, una paleta o pantone que recoge más de 140 tonos y colores.28 Se trata de una ampliación de una tabla compuesta por un antiguo compañero suyo en Viena, Ferdinand Bauer, otro naturalista y excelso pintor de flores. Es una herramienta para estandarizar los colores; un instrumento para conectar los jardines botánicos de Viena, Madrid o Leiden con las orquídeas y las flores trepadoras del trópico y los Mares del Sur; ¿Caben todos los colores en un muestrario? ¿Se pueden sistematizar, ordenar y graduar la variedad y la belleza del mundo?  


Tadeo Haenke, Carta de colores, ARJB, div. VI-H, lam. 1 ff. 278-285.

¿Y qué decir de José Mociño, el naturalista novohispano que después de recorrer el Bajío y el Valle de México hasta Acapulco penetró en las provincias internas de Sonora y Sinaloa y ascendió con Bodega y Quadra más allá de las Californias hasta la actual isla de Vancouver? Como dijimos, Mociño se había formado en la estela de la expedición organizada desde Madrid, lo que no impidió que se convirtiera en un agente del virreinato para el que efectuó tanto la exploración de la Costa Noroeste como los trabajos botánicos en Guatemala. Después viajó a España y hubo de refugiarse en Montpellier a causa de la guerra con Francia. Fue allí donde conoció a De Candolle, un botánico muy prestigioso, con quien entabló amistad hasta el punto de entregarle buena parte de sus manuscritos y dibujos. De Candolle se llevó estos materiales a Suiza, los empleó para sus publicaciones y aunque en Ginebra le hicieron académico a Mociño, lo cierto es que nuestro naturalista mexicano acabó muriendo en España en la pobreza y prácticamente ciego.

La disgregación del esfuerzo científico realizado por la Monarquía hispana en el final de las Luces, un programa en el que el Jardín Botánico había desempeñado un papel central, es un correlato objetivo de la disolución del Imperio. Resulta tan sintomático que posteriormente España y las nuevas naciones americanas trataran de apropiarse de ese patrimonio científico, como la falta de continuidad y atención —es decir, la falta de tradición académica y de instituciones— que en su día impidieron capitalizar y publicar los resultados de semejante esfuerzo. En realidad, sólo se publicaron en su momento tres de los diecisiete volúmenes de la Flora Peruviana et Chilensis; la Flora de Bogotá o la Flora Huayaquilensis quedaron inéditas; los materiales de la Expedición Malaspina fueron incautados y silenciados; los papeles de la Flora mexicana de Mociño acabaron en Suiza. La maldición de los documentos de Hernández, que ya en el siglo xvi sufrieron el traslado, la amputación y la edición tardía y fragmentaria en Roma, persiguió a muchas de las actividades botánicas de los ilustrados hispanoamericanos. El Jardín Botánico ingresó en el siglo xix como una institución que recogía las luces pero también las sombras de su periodo constituyente: un muestrario de logros parciales, proyectos inconclusos y programas marcados por la crisis y la disolución del Imperio.

Mientras tanto, lejos de allí, en París, el viajero prusiano Alexander von Humboldt publicaba el Essai sur la géographie des plantes (1807), una obra capital en el nacimiento de la biogeografía. Merece la pena recordarse que fue un trabajo realizado a partir de sus observaciones en su periplo americano y que se nutría igualmente de los trabajos de numerosos naturalistas, funcionarios, médicos y botánicos hispanoamericanos como el propio Francisco José de Caldas, con quien mantuvo una estrecha y compleja relación, ese tipo de vínculos característicos entre los científicos que ocupan los centros y quienes viven en las periferias y que suelen transitar desde la admiración y la cooperación al silencio y el reproche.

Aimé Bonpland y Alexander Humboldt, Géogra-phie des plantes équinoxiales: tableau physique des Andes et Pays voisins -Dressé d’après des observations & mesures prises sur les lieux depuis le 10e. degre de latitude boréale jusqu’au 10e. de latitude australe, ca. 1799-1803. Colección del Banco de la República de Colombia.