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LÍMITES DE LA MODERNIDAD

Literatura Incaica y Reconfiguraciones ImperiaLes: Hacia eL imaginario de La Independencia
1 Así describe su sentencia el deán Funes en su Historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán (Buenos Aires: Benavente, 1817): “[S]e reducía a que arrastrado hasta el lugar del cadalso, presenciase la muerte de su mujer, hijos y deudos; perdiese luego la lengua por manos del verdugo; y fuese luego descuartizado vivo al violento impulso de quatro caballos, que asidos a sus brazos y piernas, lo arrastrasen en direcciones contrarias hasta dividirlo en cuatro partes” (p. 315). Escrita al calor de las discusiones independentistas, esta historia constituye uno de los más tempranos relatos de la rebelión de Túpac Amaru y fue recogido sistemáticamente por historiadores posteriores.
2 John H. Rowe, “El movimiento nacionalista inca en el siglo xviii”, Revista Universitaria, 43: 107, p. 30. Tales son las medidas propuestas por el visitador Areche en la segunda parte de su sentencia contra José Gabriel Túpac Amaru, tal como explica John H. Rowe. Como bien aclara este escritor, la mayoría de estas disposiciones quedarían sin efecto. Ver: Ibidem, pp. 17-43.
3 La referencia ha sido tomada de la excelente recopilación de Michel V. Pisani  (http://indianmusiclist.vassar.edu/), que reúne las representaciones americanas en obras musicales; ver también Imagining Native America in Music (New Haven: Yale University Press, 2006), pp. 79-125. Es necesario señalar, sin embargo, que se encuentra ausente de su compilación la tradición hispanista.
4 Es preciso repetir aquello que las dos cartas que sustentan fundamentalmente la comparación con las Cartas persas, es decir, aquellas que juzgan la falsedad de la cultura francesa, fueron incorporadas posteriormente al texto, en la segunda edición de la obra.
5 Para un análisis completo, ver Fernanda Macchi, Incas ilustrados, cap. 3 (Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2009).
6 Elaine Showalter es la directa responsable de la recuperación de la figura y la obra de madame de Graffigny. Ver, entre otras de sus obras, An Eighteenth-century Best-seller: Lettres d’une Péruvienne (Diss: Yale University, 1964).
7 La traducción es mía. La cita fue tomada de la edición realizada en francés en Lyon en 1810, en la imprenta de Amable LeRoy. Interesantemente, esta cita no existe en la versión publicada en París en 1822, una traducción al español de don F. de Cabello “antiguo oficial general, autor del diario erudito de Lima, del Telégrafo de Buenos Aires, y de la Gramática sinóptica, director general de la nueva oficina de interpretación general de lenguas, etc.”, como reza la carátula del volumen. Esta misma edición fue reimpresa en Barcelona en 1837 en la imprenta de Juan de Oliveres. En esta versión no constan sino las iniciales del traductor: P. D. F. de C. En esa edición el prefacio se detiene justamente en el párrafo anterior al que contiene esta afirmación, dejando fuera de la traducción dos páginas completas en las cuales no sólo se evalúa la veracidad de las Crónicas, sino que también se ofrece una presentación general de los indios, que toma a Buffon como fuente y los pinta como “débiles de espíritu y cuerpo” (p. xlii). De ahora en adelante, todas las citas pertenecen a la edición de París en español, salvo aclaración: Los incas, o la destrucción del Imperio del Perú (París: Masson y Hijo, 1822).
8 Recordemos brevemente la historia: según cuenta Garcilaso, el Inca Yahuarhuacac se ve obligado a desterrar a su hijo como último intento para llamarlo al orden y prepararlo para asumir el trono. En su destierro, el joven es visitado por un fantasma que le vaticina una invasión que pondrá en peligro el Imperio. Aún advertido, su padre desoye la amenaza y confrontado con el enemigo abandona Cusco. Es Viracocha, su hijo, quien organizará la resistencia y recuperará la ciudad. Yahuarhuacac deberá luego exiliarse. Garcilaso no da más noticia de su destino. Gueullette concibe que el joven es exiliado por una ofensa a su padre —abusar de una de las vírgenes del sol a él destinada— y que Yahuarhuacac luego de su destierro decide suicidarse.
9 Garcilaso dedica a la explicación del quipu varios capítulos de su Primera parte. Según esos fragmentos, el quipu, que “quiere decir anudar y nudo” (p. 344), era un hilo torcido del cual pendían otros y en el cual a través de nudos ubicados a distintas alturas se inscribían valores por su orden de unidad, decena, centena, millar, decena de millar y centena de millar. Un sistema de colores permitía identificar los valores almacenados; así, por ejemplo, el oro se identificaba con el amarillo y la plata con el blanco (ver capítulo viii, libro sexto). Sin embargo, el capítulo xxvii del libro segundo —“La poesía de los Incas amautas que son filósofos y harauicus que son poetas”— fue punto de partida para la lectura de Graffigny. Allí, Garcilaso transcribía unos versos aclarando que el padre Blas Valera los “halló en los nudos y cuentas de unos anales antguos que estaban en hilos de diversos colores” (p. 132). Años más tarde, en 1750, Raimondo di Sangro intentaría sostener la verosimiltud de la obra de Graffigny al postular la posibilidad de utilizar el sostén del quipu tal como fue descripto por Garcilaso como medio de escritura para las lenguas europeas. Ver Raimondo di Sangro, Lettera apologetica dell’Esercitatio accademico della Crusca, contenente la difesa del libro intitolato Lettere d’una Peruvana, per rispetto alla supposizione de quipu, scritta alla duchessa di S*** e dalla medesima fatta publicare (Napoli: s. e., 1750). Si bien existen relatos contrapuestos por parte de otros cronistas, la posición tradicional ha identificado al quipu como sistema mnemotécnico. En la actualidad, Gary Urton, en The Social Life of Numbers: A Quechua Ontology of Numbers and Philosophy of Arithmetic (Austin: University of Texas Press, 1997), considera que la información almacenada en los quipus constituía algo mucho más cercano a un sistema de escritura, si bien manejado por un muy pequeño grupo de funcionarios (pp. 178-179).
10 La traducción es mía.
11 Ver Susan Zantop, “Domesticating the Other: European Colonial Fantasies 1770-1830”, en Gisela Brinker-Gabler (ed.), Encountering the Other(s): Studies in Literature, History, and Culture (Albany: State University of New York Press, 1995), pp. 269-284.
12 Ignacio Arellano, El Atahualpa de Cristóbal Cortés: una tragedia neoclásica (Pamplona: Universidad de Navarra, 1993), p. 33.
13 José Sánchez, Hispanic Heroes of Discovery and Conquest of Spanish America in European Drama (Chapel Hill: Estudios de Hispanofilia, 1978).
14 Ibidem, p. 74.
15 El Inca Garcilaso de la Vega, cuyo padre fue encomendero, no sostenía la aplicación de las Leyes Nuevas que la presentación de Las Casas en la corte inspirara.
16 Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y la Independencia argentina (Buenos Aires: Mayo, 1878), p. 140.
17 Eduardo Astesano, Juan Bautista de América: el rey inca de Manuel Belgrano (Buenos Aires: Castañeda, 1979).
18 Gregorio Funes, Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán (Buenos Aires: Benavente, 1817), p. 243.
19 Ibidem, p. 243.
20 José Sánchez, Hispanic Heroes, p. 90.
21 Jorge Max Rohde en la “noticia” que acompaña la edición de 1924 de Túpac Amaru: drama en cinco actos del año 1821 (Buenos Aires: Editorial Coni, 1924), p. 286.

Fernanda Macchi
Universidad de McGill


Las ideas detrás de las novelas francesas sobre el Imperio inca quedan expuestas en este artículo. La crítica a la crueldad española, la noción de mestizaje entre indios americanos y los conquistadores, así como la decisión de desdeñar los datos duros y la historia de lo exacto para escribir y describir el mejor de los mundos posibles nos refieren a la Ilustración literaria.


Perú fue finalmente sojuzgada, los castigos decididos fueron de una ejemplaridad tan efectiva que la imagen del desmembramiento fallido de su líder aún continúa habitando el imaginario infantil latinoamericano.1 Más allá de las crueles medidas que implicaron los asesinatos de padres, tíos y primos bajo la mirada atenta del único descendiente del líder rebelde, numerosas decisiones tendieron (vanamente) a conjurar la memoria del antiguo Imperio andino. No sólo la segunda edición de la Primera parte de los Comentarios reales de los incas fue confiscada, también se mandaron recoger los retratos de los antiguos emperadores, se prohibió el uso de trajes antiguos y la maskapaycha o corona inca, se abolió el carácter hereditario de los cacicazgos, se prohibió que los indios firmaran como incas y que representaran cualquier comedia o función pública que pudiera sostener la memoria de sus ancestros.2 Sin embargo, la memoria del antiguo Imperio continuaría siendo cultivada en ambos lados del océano. En 1783 se representaba en Italia Pizarro nelle Indie, ossia la Destruizione del Peru, ópera en dos actos de Giuseppe Giordani que constituye una de las tempranas expresiones de la influencia que, a través de Les incas ou la destruction de l’empire, M. Marmontel tuvo sobre el imaginario europeo.3 De hecho, numerosas piezas teatrales, ballets y novelas de tema incanista materializaron una inocultable boga del antiguo Imperio durante todo el siglo xviii, haciendo de los incas la quintaesencia de la América española. Sin embargo, hacia finales del siglo xviii, alrededor de la misma rebelión que corporizara las fantasías de un nuevo orden posible, las reconstrucciones literarias y culturales del Incario sufren una transformación fundamental que permite a estas  últimas repensar la historia. Este cambio atañe directamente el umbral de lo verosímil y fragua en su gesta una visión patriótica.


La historia de Telasco y Amazili forma parte de la recuperación de las narrativas incas que se hicieran durante el siglo XVIII. L.E. Hersent, Télasco et Amazili, siglo XVIII. Óleo sobre tela. Musées d’Art et d’Histoire de La Rochelle, Francia.

En realidad, Cora y Alonzo es la ópera que más éxito parece haber tenido a lo ancho de Europa durante la transición entre el siglo xviii y el xix. Con una primera versión en 1780, no parece haber dejado la escena desde entonces. La historia, extrapolada de la obra de Marmontel, cuenta los previsibles amores entre Cora —una princesa del sol— y Alonso —un conquistador español que reniega de su patria para unirse a la lucha, justa, de los americanos—. Así, tal como es rescatada de entre las distintas líneas narrativas de Les incas de Marmontel, la historia ofrece enormes similitudes con sus pares más tempranos. De hecho, Cora parece estar directamente inspirada en Zilia, la heroína de las Lettres d’une péruvienne (París, 1747), de madame de Graffigny, que aún entonces seguían publicándose periódicamente en Europa, junto con sus apócrifas continuaciones.

Las Lettres d’une péruvienne contaban también la historia de una virgen del sol y un conquistador europeo. Zilia (tal era el nombre de la virgen de Graffigny) era raptada del templo por los españoles el día de su unión con el Inca, en una escena que permitía recoger en minuciosa descripción la magnificencia del templo del Sol e introducir algunos rasgos de la religión del antiguo Imperio, tal como ocurre en Les incas y Cora y Alonzo. Sin embargo, la historia de Zilia, a diferencia de la de Cora, se desarrolla fundamentalmente en territorio europeo. Luego de ser capturada, Zilia es llevada a España y durante su viaje su barco es abordado por franceses, cuyo gentil capitán prendado de la belleza e inocencia de la cautiva la toma a su cargo. De su mano conocerá París y evaluará las relaciones y diferencias entre las culturas4 y terminará sus días cómodamente instalada en una casa de campo en las afueras de París. Cabe aclarar que la casa será suya, comprada con el tesoro que la acompañara en su viaje desde el Perú y que le fuera restituido gracias a la intervención del capitán francés, Déterville, su incondicional protector enamorado y jamás correspondido.5

El motivo de los incas también se representó en ballets. Estos son los disfraces para Alzire, ou les Américains, escrita por Voltaire. Louis-René Boquet, Costume d’américaine et américain, Planche 16, siglo XVIII. Acuarela sobre papel. Foto Bibliothèque Nationale de France.

Si bien la obra de Graffigny gozó de una popularidad incontestable hasta entrado el siglo xix, hasta los años setenta fue muy poco estudiada, considerada tan sólo una burda copia de las Lettres persanes de Montesquieu (1721).6 Su autora, sin embargo, no sólo fue la primera mujer en publicar una novela epistolar en Francia, sino también una escritora profesional sólidamente establecida durante la primera mitad del siglo. Muchos críticos han atribuido al peculiar carácter de su heroína la insistente serie de continuaciones y respuestas que su obra despertó, pues Zilia no sólo termina propietaria de una casa de campo formidablemente puesta, sino también soltera, y aun devota de los dioses andinos. Y aún más: se erige en autora, traductora e intérprete capaz de cruzar cómoda y graciosamente los océanos que separan la cultura andina de la europea. La centralidad femenina constituyó una marca de las tempranas ficciones incanistas. Las Mille et une heures: contes péruviens de Thomas Simon Gueullette (París, 1733) y la más conocida Alzire, ou les Américains de Voltaire (París, 1735) se articulaban en torno a una virgen del sol que además detentaba en sus acciones el futuro del Imperio: Acclahua, heroína de las Mille et une heures, debía impedir que el Inca Yahuarhuacac se suicidara, desatando con su acto la furia del sol contra el Imperio, y Alzire, objeto del deseo de conquistadores y nativos, es única responsable del perdón final que permite concebir una pacificación de los pueblos. En el caso de Zilia, sin embargo, el destino del Imperio había sido ya olvidado y sus preocupaciones se limitaban al área doméstica y su propio y personal destino.

Cora, por su parte, constituye ya un personaje de fondo en la historia de Marmontel, parte del telón histórico que hace verosímil y exotiza la obra. La extrapolación insistente que se produce desde la primera edición de la novela (la panoplia de versiones de la historia que se presentan en óperas, poemas y obras de teatro) demuestra que ésa es todavía la historia que quiere ser oída por el público en Europa. Una típica historia de amor entre una nativa y un europeo encuadrada en la lucha de ambos pueblos. Cora y Alonzo narra la historia de un amor prohibido entre una virgen consagrada y un desertor español que —fiel a las doctrinas de Las Casas— busca proteger a los andinos. Si bien, como hemos ya mencionado, existen muchas versiones de la historia llevadas a escena, el final feliz resulta ser una constante en las versiones representadas que de hecho contrasta —o mejor dicho suspende— la trama concebida por Marmontel. Lo que sí permanece es el recorte de Alonso de Molina como único héroe, responsable de la salvación de la joven por haber persuadido eficazmente al inca Atahualpa de olvidar sus leyes y bendecir la unión. En la novela, este soldado español morirá defendiendo a los americanos de sus propios compañeros. Cora morirá luego de amor sobre su tumba, llevando en sus entrañas un hijo, mestizo.

Este grabado sirvió como ilustración para el libro de Marmontel. Puede verse a la virgen Cora, consagrada al Sol. Louis François Mariage (graveur) y Jean-Jacques-François Le Barbier l’Aîné (peintre), Consécration de Cora au culte du soleil, siglo XIX. Illustration pour Les Incas, ou la Destruction du Pérou. Foto Bibliothèque Nationale de France.

Este hijo concebido y bienvenido por andinos y (buenos) españoles y la deseada y consumada relación amorosa entre conquistador y conquistada constituyen la más significativa diferencia con las ficciones incanistas concebidas hasta entonces, que mantenían generalmente la homogeneidad cultural en las uniones propuestas. Sin embargo, no es ésta la alteración más importante.

En el prefacio que acompaña Les incas ou la destruction de l’empire, M. Marmontel aclara su posición sobre la historia:


No tengo por los testimonios ni respeto ni desprecio. Nada menos fiel sin duda que los relatos que nos han hecho de la conquista de América. No he tomado de ellos sino lo que me ha parecido verosimil e interesante (p. XLI).7

Les incas, continúa, posee “muchas verdades para que sea un romance, y no hay las necesarias para formar una historia” (p. x). Sin embargo, la novela se encuentra prolijamente estructurada sobre una variedad de fuentes históricas: Benzoni, Herrera, fray Bartolomé de Las Casas, el Inca Garcilaso de la Vega, Antonio de Solís, La Condamine y, por supuesto, Buffon. Esto constituye una primera transformación con respecto de la indiscutible supremacía de que gozaban los Comentarios reales en las tempranas versiones de las ficciones incanistas. Pero, además de las fuentes, lo que ha cambiado es el método.


Representación de un episodio de la conquista española de Perú en 1532. El rey inca, Atahualpa, cuestiona el cristianismo del capellán de Francisco Pizarro. De acuerdo con la trama de Marmontel, Pizarro hace el siguiente juramento: “los incas serán vasallos libres si aceptan a Cristo y al rey de España”. Ésta es una de las alteraciones de la “verdad histórica” que propuso la literatura de finales del XVIII, dado que Atahualpa fue capturado y los incas, masacrados. Henry Perronet Briggs, The First Interviewbetween the Spaniards and the Peruvians, 1827. Óleo sobre tela, 144.8 x 195.6 cm. © Tate, Londres 2013.

Las Mille et une heuresque conjugan en clave peruana el éxito que las Mille et une nuits de Antoine Galland consiguieron con su publicación entre 1704 y 1717— sostenía la ilusión de un original ausente, un manuscrito anónimo encontrado supuestamente en un palacio inca que todo lector avezado reconocía como los Comentarios reales, obra que gozaba de numerosas traducciones y reediciones durante la primera mitad del siglo xviii. Sobre el relato garcilasiano, Gueullette amplía y desarrolla aquello sugerido por el Inca Garcilaso. El texto realiza una presentación del reino de los incas resumiendo la línea histórica de los cinco primeros libros de la Primera parte y, al llegar al reinado de Yahuarhuacac, séptimo inca según Garcilaso, el relato se detiene para retomar en detalle la historia del reinado y comenzar una ampliación que ofrece una justificación para el exilio de Viracocha y un desenlace para Yahuarhuacac en su destierro.8 Lo que Gueullette suple al relato garcilasiano resulta verosímil dentro del marco ofrecido y se encuentra profusamente anotado a pie de página con extractos de los mismos Comentarios reales, que amplían y autorizan el cuerpo textual. Exactamente igual procedimiento se encuentra en las Lettres d’une péruvienne, cuya historia se construye sobre una mención del Inca Garcilaso de la Vega de la existencia de quipus narrativos, es decir, que podrían almacenar narraciones o poesías.9 Desarrollando esta referencia, la primera mitad de las cartas que constituyen esta temprana novela epistolar se encuentra literalmente tramada por Zilia en quipus. Al igual que en el caso de las Mille et une heures, las Lettres poseen una introducción histórica y su cuerpo textual se encuentra sostenido por el relato garcilasiano, y esto literalmente dada la profusión de notas textuales que acompañan la novela.

Las notas también abundan en Les incas ou la destruction de l’empire. De la misma manera que Graffigny o Gueullette, Marmontel las utiliza para dar verosimilitud, para traducir al lector europeo costumbres propias del espacio andino o para ampliar lo mencionado en el cuerpo textual enseñando nuevos aspectos de la desconocida América. Sin embargo, siendo para Marmontel la verdad de la historia de la Conquista cuestionable en su misma esencia, la trama de la novela se estructura no en el obsesivo respeto por la historia, como ocurría en las ficciones de la primera mitad del siglo, sino en la articulación de una versión de lo posible, de una mejor versión de lo real en la cual los aztecas se unen a los incas, Bartolomé de Las Casas acompaña a Pizarro —quien, por otro lado, lo respeta casi hasta la adoración—, Atahualpa es un príncipe magnánimo y un español cambia de bando.

Marmontel escribe para evitar “las seducciones y furores del fanatismo” y proveer a los espíritus de una


luz verdaderamente celeste, [de] estos grandes principios de humanidad y de concordia universal, estas máximas, en fin, de indulgencia y de amor, de las cuales la religión, así como la naturaleza, ha hecho el apéndice de sus leyes, y la esencia de su moral (p. XI),


según explica Marmontel en su dedicatoria de la obra al rey de Suecia. Así, Les incas es, una suerte de novela de tesis en la cual se ilumina la insuficiencia de las buenas leyes y se vislumbran los peligros que implican los malos súbditos:

 

Pueblos y reyes, todo se confunde y se posterna a los pies de aquel que no distingue en medio de los hombres mas que sus esclavos y víctimas. Es, sobre todo, a los reyes a quien se dirige; ya sea para formar sus ministros, ya para hacer de ellos los ejemplos mas espantosos de sus furores; porque en tanto les respeta, cuanto ellos le respetan a él. Así se les ha visto cien veces servirle por temor de que su enojo volviese contra ellos: dejábanle devorar su víctima, y aun le entregaban millares de hombres para apaciguarle. ¡Qué enemigo, Señor, que monstruo más cruel para los soberanos, que el que devora sus hijos en medio de sus brazos, sin que se atrevan siquiera a oponerle ninguna resistencia! (p. x).


Es posible percibir en esta cita un claro eco de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de fray Bartolomé de Las Casas, quien intentara en la famosa presentación del texto ante la corte ganar el favor real para la defensa de los indios. Es éste un eco ampliamente justificado: La découverte des Indes Occidentales —versión de la Brevísima publicada en París en 1687, “suavizada en algunos lugares de cosas que parecían demasiado crueles, y que habrían podido provocar pena en las personas más delicadas” (s. p.)— es la primera cita bibliográfica, realizada en la primera página del “prefacio” del autor.10 La Brevísima impregna este “prefacio”, que partiendo de los postulados lascasianos de aquel breve texto busca establecer el peligro de la insubordinación para los buenos reyes. Paradójicamente, desde la lectura de Marmontel, Las Casas permite reconocer y diferenciar las culpas concernientes a las atrocidades cometidas en el Nuevo Mundo: “Nadie se ha atrevido a murmurar de su zelo, y antes al contrario, todos le han respetado; prueba bien constante de que los crímenes que denunciaba, ni eran permitidos por el príncipe, ni aprobados por la nación” (p. XIV).

J.M. Moreau le Jeune, N. de Launay y Antoine-Jean Duclos, “La Religion protégeant l’Humanité contre le Fanatisme”. Grabado, 13.4 x 8.7 cm. Frontispicio del libro escrito por Jean-François Marmontel, Les Incas ou la destruction de l’Empire du Pérou, (París: Lacombe, 1777). Colección particular / Photo © Christie’s Images / The Bridgeman Art Library.
Garcilaso de la Vega, el inca, Le commentaire royal, ou l’histoire des yncas, roys du Peru(París: Augustin Courbé, 1633). Cortesía de J. C. NAÓN & Cía. S.A.

La privilegiada posición que recibe el texto lascasiano augura un rol que va más allá de la simple fuente histórica. Las Casas es el héroe real de esta obra que constituye un capítulo fundamental en la canonización del fraile durante el comienzo del siglo xix. Así lo dice Marmontel:


He puesto sobre la escena, con referencia a la historia, los fanáticos e hipócritas, y los pongo en paralelo con los verdaderos cristianos. Bartolomé de Las Casas es el modelo de los que yo respeto; es en él en quien he querido representar la fe, la piedad, el celo, y en fin, el espíritu del cristianismo en toda su pureza (p. XXXVII).


Ese modelo se encarna en los distintos héroes de la obra: Pizarro, Alonso de Molina, el mismo Las Casas y —tal vez sorprendentemente— el Inca Atahualpa. Todos ellos ofrecen la posibilidad de entrever una conquista pacífica.

Conviene detenerse un instante en el argumento de esta novela, mucho más mencionada que conocida. Les incas se construye en el entrelazamiento de distintas líneas narrativas: la de Atahualpa, la de Pizarro, la de Las Casas y la de Alonso de Molina. Cada uno de estos héroes es el punto de vista privilegiado en un segmento narrativo que luego se interrumpe para dar paso al siguiente. Así, la novela se abre con la ceremonia de consagración al sol de las jóvenes vírgenes incas, en un escenario casi calcado del que abriera las Lettres d’une péruvienne. Los 10 primeros capítulos cultivan esta similitud, privilegiando un punto de vista nativo. Sin embargo, en esta parte se introduce una alteración fundamental cuando Atahualpa recibe en su corte a algunos de los sobrevivientes de la corte azteca y escucha de sus bocas el relato de la llegada de los españoles a su tierra. Esta espectacularización narrativa del relato del vencido había sido menos explotada para el caso mexicano, si bien los cruces entre ambos escenarios habían ya sido presentados, muchas veces, producto generalmente de un aplanamiento total de toda diferencia entre las distintas regiones de América. A partir del capítulo X, se acompaña a los conquistadores españoles y se presenta la empresa de Pizarro. Hay una previsible representación del grupo español como tiranos inhumanos (p. 69) pero se recorta una diferencia:

 

Este hombre extraordinario fue Pizarro, y una grandeza de alma, tal que nada era capaz de debilitarla, no era pues su única virtud. Enemigo del lujo y del fausto, sencillo y grande, noble y popular: severo cuando era menester, indulgente cuando podía serlo, y moderado por su afabilidad y trato libre, el rigor de la disciplina y el peso de la autoridad; pródigo de su propia vida y apreciador de la del soldado; liberal, generoso, sensible, no conocía aquella codicia que deshonraba a sus compañeros: la ambición de gloria, la satisfacción de haber emprendido y hecho una conquista inmensa, esto era lo mas digno de su corazón altivo (93).


La empresa de Pizarro es presentada a través de Alonso de Molina, un joven amigo personal del “virtuoso” (p. 94) Bartolomé de Las Casas, quien decide unirse a Pizarro para acompañarlo a sus expediciones en nuevas regiones más allá del Ecuador. Lo hace guiado por la ilusión de una conquista posible, presunción sostenida en la fama de Pizarro. Alonso consigue que también Las Casas acompañe la expedición. Y si bien el mensaje del dominico es escuchado y compartido por un magnánimo Pizarro, y sus acciones inspiran la piedad de algunos pocos, cuando luego del juramento que une a Almagro, Pizarro y Fernando de Luque Las Casas demande otro juramento que asegure que los indios sean tenidos por vasallos libres si aceptan la ley de Dios y del rey con docilidad (p. 101), sólo Pizarro aceptará prontamente. Sus compañeros se niegan y Las Casas se retira. Alonso continuará con ellos, respetando su palabra y prometiendo huir de la empresa si Pizarro no respetaba su propio juramento.

Dentro de un templo inca, un sacerdote está por consagrar tres vírgenes al Sol. Heinrich Hugo Cöntgen, “Ses levres tremblerent en prononçant le voeu que son coeur devoit abjurer”. Grabado, 14.7 x 8.5 cm. En JeanFrançois Marmontel, Les Incas, ou la Destruction de l’empire du Pérou. (Frankfurt, 1777). Placa 1, volumen 1, entre las páginas 22 y 23. Cortesía de la John Carter Brown Library en la Universidad de Brown, eeuu.
Huascar, rey de Cuzco, es prisionero de Atahualpa, el rey de los Incas. Heinrich Hugo Cöntgen, “Vois, cruel, ce que tu me coutes”. Grabado, 14.6 x 8.8 cm. En Jean-François Marmontel, Les Incas, ou la Destruction de l’empire du Pérou. (Frankfurt, 1777). Placa 8, volumen 2, entre las páginas 112 y 113. Cortesía de la John Carter Brown Library en la Universidad de Brown, eeuu.

A partir del capítulo xiii y hasta el xvi, la narración acompaña a Las Casas en su viaje de regreso, permitiendo contrastar la conversión pacífica de un pueblo y la impiadosa venganza de algunos españoles. A partir del capítulo XVII prosigue la empresa de Pizarro, demostrando no sólo la crueldad española, sino también la creciente dificultad de Pizarro para controlar a sus subordinados. A pesar de sus buenas intenciones, poco a poco Pizarro se convierte en sujeto de la voluntad de su partida. Frente a esto, Alonso decide abandonarlo en Tumbez (cap. xix) y unirse al grupo de los americanos por quienes es recibido con el amor y la dulzura propia de los indígenas retratados por Las Casas. Alonso organizará la defensa de los americanos antes de la llegada de los españoles. En este punto, la alteración de la historia se complica, pues no sólo atañe a la parte española, sino también a la indígena. Así retrata el rey de Tumbez a los dos incas:

 

El Inca rey del Cuzco, díjole el cacique, es soberbio, inflexible y se hace temer. El de Quito es más dulce, y le adoran sus pueblos. Yo soy del número de los caciques que su padre ha sometido a sus leyes. (p. 187).


Alonso viaja a Quito, donde encuentra a Atahualpa. No he de ocuparme en detalle del viaje, valga tan sólo comentar que durante este recorrido Alonso encuentra dos pueblos: uno, el único pueblo caníbal que verá en América (cap. xx)11 y otro, el que fuera también visitado por Las Casas, permitiendo al lector continuar contrastando las posibilidades del Nuevo Mundo y desarrollar una posición propia. Al llegar a Quito, Atahualpa acogerá a Alonso como fiel consejero, reconociendo inmediatamente su buen corazón y confiando en él el destino de su reino. Aún más: a partir del capítulo xxvi, Alonso se convertirá en mediador entre Atahualpa y Huáscar, viajando a Cusco por pedido del mismo Atahualpa para interceder en su favor. Su embajada no será exitosa, fundamentalmente por la intervención apasionada de la madre de Huáscar que, herida por los favores que su esposo dispensara a la madre de Atahualpa, no puede sufrir que éste gobierne (cap. xxxii). La disputa entre Atahualpa y Huáscar lleva al Imperio a su ruina, en un conflicto que se articula en torno a la imposibilidad de respetar la voluntad del padre y la ley al mismo tiempo, y la guerra es declarada en el capítulo xxxii por la intervención de la madre de Huáscar. La guerra durará seis capítulos y cobrará la vida del único descendiente de Atahualpa.

Alonso, el conquistador español, rescata a Cora, la virgen inca, de la explosión de un volcán. Heinrich Hugo Cöntgen, “Cora, desolée et tremblante, étoit tombée à ses genoux”. Grabado, 14.8 x 8.4 cm. En Jean-François Marmontel, Les Incas, ou la Destruction de l’empire du Pérou. (Frankfurt, 1777). Placa 6, volumen 2, entre las páginas 32 y 33. Cortesía de la John Carter Brown Library en la Universidad de Brown, eeuuEEUU.
Agonía de Bartolomé de las Casas, frente a su amigo (según la versión de Marmontel) Francisco de Pizarro. Heinrich Hugo Cöntgen, “Ah cruel! dis-nous donc, si tu veux mourir, quel est l’ami que tu nous laisses”. Grabado, 14.6 x 8.5 cm. En Jean-François Marmontel, Les Incas, ou la Destruction de l’empire du Pérou. (Frankfurt, 1777). Placa 9, volumen 2, entre las páginas 186 y 187. Cortesía de la John Carter Brown Library en la Universidad de Brown, eeuu.

Convertir a Atahualpa en héroe permite zanjar tal vez la mayor incomodidad que los Comentarios reales imponían a sus fascinados lectores. Ya en la primera versión inglesa de la obra de 1688 se observaba en las ilustraciones a los crueles secuaces de Atahualpa atacando a los partidarios de Huáscar con una crueldad que exacerbaba lo narrado por el Inca Garcilaso y entraba en flagrante contradicción con la bondad de los miembros del antiguo Imperio, tal como habían sido presentados hasta ese momento. Al ser el mismo Atahualpa un modelo, la empatía del lector es más completa con el pueblo derrotado.

En el marco de esta historia de Atahualpa se introduce en el capítulo xvii la historia de Cora, una virgen del sol consagrada, que al asistir al altar al sacrificio para auspiciar la empresa de Alonso frente a Huáscar, cruza su mirada con el español. El amor es mutuo e instantáneo pero sólo se realiza cuando, en el capítulo xxviii, el volcán de Quito hace erupción permitiendo a Alonso socorrerla de entre las ruinas del templo. Pasarán la noche juntos y —como dice el subtítulo de este capítulo en español— Cora será seducida y devuelta por la mañana al templo donde en la confusión su ausencia aún no había sido percibida. Al regresar de su viaje al Cuzco, Alonso deberá impedir el ejemplar castigo que motiva el inevitable descubrimiento de la infidelidad de la virgen. Recuperando uno de los fragmentos de los Comentarios reales que más fascinaran a Europa, Cora es rescatada en el mismo momento en que sus padres, hermanos y conocidos se preparaban para ser llevados al suplicio. Perdonados todos por la intervención de Alonso, la historia demuestra una vez más la bondad y piedad de los mandatarios incas.

En contraste, Pizarro —quien decidiera viajar a España para presentar personalmente su caso— permite ver desde sus espantados ojos un auto de fe. En su viaje de regreso, Pizarro encontrará nuevamente a Las Casas antes de pasar al Perú. Enfermo mortalmente el dominico, Pizarro lo asiste en su lecho de muerte y finaliza siendo testigo de la milagrosa cura de fray Bartolomé, sólo posible por beber de los pechos de una india, forzado por el amor que el esposo de ésta, el cacique Enrique, le prodiga. En los últimos capítulos, la novela concentra las narraciones en el territorio andino. Al mismo tiempo en que Atahualpa triunfa frente al ejército de Huáscar, Pizarro llega a Tumbez. A partir de entonces se narra la batalla que conjuga las pruebas de valor inca y español. Uno a uno vemos caer a los héroes del texto cerrando las historias abiertas en el primer volumen. En esta sección, Valverde se opone a Pizarro y se erige en el real artífice de la caída del Imperio, guía infernal de las maleables huestes españolas. Este Valverde se encuentra cegado por la lujuria y la avaricia. Así, en la versión de la entrevista de Cajamarca de Marmontel, sólo Valverde lleva el peso del fracaso y es la única voz que decide el ataque. Benzoni es la fuente privilegiada para este fragmento:

 

Todo lo que Pizarro me anuncia, lo concibo y lo creeré sin trabajo alguno; pero lo que tú me dices no puedo comprenderlo, y ese libro, no me instruye nada. Dicen que añadió algunas palabras ofensivas contra aquel hombre que se arrogaba el derecho de mandar a los reyes y disponer de los imperios; y ya fuese por desprecio o por negligencia, al devolver el libro a Valverde, lo dejó caer (p. 236).


Alonso morirá en el capítulo siguiente (l), Cora lo hará en el otro (li) y Ataliba (Atahualpa) en el lii, al igual que Pizarro. Y ése es el último capítulo de este texto que se plantea inconcluso.

Es sólo con posterioridad a la aparición de Les incas que España recoge por primera vez algunos de los más representativos ejemplares de la boga incanista. Las Lettres son traducidas al castellano como Cartas de una peruana por María Romero Masegosa y Cancelada y publicadas en Valladolid en 1792 en un precioso volumen dedicado a la educación femenina; Les incas aparece en español en 1810 en París y luego en Barcelona en 1837. Marmontel había abierto la posibilidad de una nueva recuperación al menos parcial de la fama española.

En 1784, pocos años antes de la publicación de las Cartas, la tragedia Atahualpa de Cristóbal Cortés había resultado premiada en el certamen convocado con motivo de la celebración de los natalicios de los infantes Carlos y Felipe. En el prólogo que acompañaba la primera edición de la obra, Cristóbal Cortés explicitaba la característica de esta corriente en España: “[C]onservar el decoro de los conquistadores”. Por este motivo, en su obra no se menciona el fabuloso rescate que Atahualpa paga por su persona esperando ser liberado, ni se recupera ninguna alusión a la avaricia de los conquistadores. En la historia de Cortés, Atahualpa es un temible tirano y Huáscar, el justo heredero, muere asesinado por sus órdenes en las cercanías de Cajamarca, a sólo instantes de ser rescatado por los hombres de Pizarro.


Nuestros Conquistadores [explicita Cristóbal Cortés] deben ser de un carácter correspondiente á la grandeza de la acción, y cualquier defecto sería borrón, por más que la historia le apoye; así el único motivo que de parte de estos aparece, es la defensa de un Rey oprimido, y el deseo de restablecerle en el Trono.


En la versión de Cortés, Pizarro llega al rescate de Mama Varcay, mujer de Huáscar, y su hija, Coya Cuji Varcay, quienes son acosadas por Atahualpa y su capitán, Quizquiz. Lo hace cuando ambas se encuentran ya resignadas a la muerte antes que renunciar a su honor. En contraposición a la maldad de Atahualpa, Pizarro es un héroe inmaculado que, como señala Ignacio Arellano,

 

en una profesión de fe y lealtad monárquica extrema, se niega a alzar la mano contra un personaje real, aunque sea “ilegítimo y bastardo” ya que “un rey siempre es un rey” y la vida y muerte de los reyes, personajes divinizados, corre a cargo de Dios.12


Todas estas variaciones se encuentran justificadas explícitamente por Cortés en la “necesidad de mantener el decoro según las reglas del arte” (p. 35). Ni el envilecimiento de Atahualpa ni la conversión en héroe de Pizarro resultan sorprendentes; sin embargo, constituyen un procedimiento novedoso en su desparpajada alteración de la verdad histórica. Una alteración que ya se había visto autorizada, si bien con otros fines, en la versión que Marmontel ofreciera en Les incas.

Las representaciones múltiples de Cora y Alonzo marcan la perduración del gusto por las historias de las vírgenes del sol, pero también delinean una nueva relación con la verdad histórica, ahora maleable, dúctil entre las manos del creador literario, responsable de una literatura tout court, independiente ya de las limitaciones de la verdad histórica. Sánchez señala en su Hispanic Heroes of Discovery en Zuma de Lefevre un temprano precedente de esta corriente.13 En esta obra, Zuma es una princesa peruana que ha perdido su trono y cuya Azelie,  prometida a Zeliskar, se convierte en objeto de la pasión de Pizarro. Azelie será capturada por los españoles y rescatada por Zeliskar, pero se entregará voluntariamente a los conquistadores cuando éstos amenacen con matar a su madre. Zeliskar y Pizarro comenzarán entonces a luchar, pero serán detenidos por la revelación de ser hermanos. En esta pausa, Zuma hiere de muerte a Pizarro iniciando una sangrienta rebelión indígena que recibe a Zeliskar como ardiente líder. Moribundo, Pizarro ordenará la partida de sus tropas, permitiendo la unión feliz de Azelie y Zeliskar.14 Un año después de esta poco conocida obra, la novela de Marmontel continuaría esta creativa relectura histórica.

Hacia principios del siglo xviii, la necesidad de depurar de fantasías la historia española agitaba apasionadas discusiones que tenían por protagonistas a intelectuales de la talla de Gregorio Mayans y Siscar y Andrés González de Barcia Carballido y Zúñiga. Hacia fines del siglo, conscientemente independiente de la verdad histórica, la literatura se aboca a la corrección de aquélla, coincidiendo sintomáticamente con el período de las revoluciones. A este fin —si bien los Comentarios reales continúan constituyendo el argumento básico de las imaginaciones europeas— la Brevísima comienza a ocupar una centralidad indiscutible que aparece también reflejada en las ediciones en circulación.

Tras su captura, Atahualpa le ofrece oro a Pizarro para que lo libere. Será en vano, pues Pizarro lo mata tras tomar el rescate. Bartolomé de las Casas fue de los primeros en denunciar la crueldad de los conquistadores españoles. Theodore de Bry, The Incas are Bringing Gold to the Spaniards to Buy the Freedom of Their King Atahualpa. Grabado a color en Americae, vol. VI, 1596. Kunstbibliothek, Staatliche Museen zu Berlin, Alemania.

Los Comentarios reales, particularmente su Primera parte, gozaron de una popularidad sorprendente durante la primera mitad del siglo xviii. Sus reiteradas ediciones más allá de los Pirineos buscaban pautar una lectura que motivara solidaridad con el pueblo andino y fundamentalmente que contribuyera a la deconstrucción del Imperio español, fomentando una negativa imagen no sólo por su crueldad y barbarie, sino también por su ineficacia en el manejo del extenso territorio y sus recursos. En España, conscientes de tales apropiaciones, se había intentado una “recuperación” para la fama española del texto garcilasiano en la edición de don Andrés González de Barcia Carballido y Zúñiga aparecida en Madrid entre 1722 y 1723. Esa misma edición fue la incautada en 1782 a consecuencia del levantamiento indígena encabezado por Túpac Amaru, demostrando la ineficacia de un intento que había llegado tal vez demasiado tarde. Luego de esa prohibición, sin embargo, y en el marco de nuevas discusiones sobre la escritura de la historia del Nuevo Mundo, dos nuevas ediciones de los Comentarios reales aparecen en territorio español: en 1800, la edición realizada por Fermín Villalpando, en 13 volúmenes de dozavo que reordena por completo el texto garcilasiano, y en 1829, la edición de los hijos de Catalina Piñuela aparecida en Madrid dentro de una reedición parcial y aumentada de la colección de reediciones que realizara Barcia. Ninguna de estas versiones es institucional, hasta donde sabemos, sino que responde a emprendimientos privados. En Francia, una edición verá la luz en 1830.

La Brevísima, por su parte, había gozado de una ya bien conocida popularidad más allá de los Pirineos. Traducida por primera vez en 1579 por Jacques Miggrode, gana una popularidad inmediata, en parte debido a las escalofriantes ilustraciones que acompañan a esta versión y que servirían de base para los grabados en la edición del texto dentro de la America de Theodore de Bry. Tan sólo durante el siglo xviii, la Brevísima posee más de siete ediciones. El texto no fue reapropiado por España; de hecho, la mayoría de los textos lascasianos permanecerían inéditos hasta entrado el siglo xix. La fuerte impronta que la Brevísima posee sobre Les incas en su paradójica conjugación con los Comentarios reales contribuye, si bien parcialmente, a justificar un desplazamiento que se verifica en la política editorial de las incipientes revoluciones.15 De hecho, la primera edición americana de los Comentarios reales de los incas deberá esperar aún casi un siglo para ver la luz, mientras que la Brevísima será reeditada en Filadelfia —a cargo de Juan F. Hurtel— y México —a cargo de Carlos María Bustamante—.

La crueldad de los conquistadores españoles contribuyó a formar la leyenda negra de España. Captura de Atahualpa, el rey inca, por los españoles. “Execution of Atahualpa”. Grabado. En Theodor de Bry y Johann Sauer, Brevissima relacion. (Frankfurt, 1598). Cortesía de la John Carter Brown Library en la Universidad de Brown, eeuu.

Una reedición americana de los Comentarios reales fue planeada por José de San Martín y, si bien llegan a recogerse fondos para su realización, nunca será concretada. Tal vez el proyecto se encontraba demasiado cerca de las rebeliones indígenas del Alto Perú, que aún eran percibidas como una amenaza por el movimiento independentista.16 Ésta es la explicación que Bartolomé Mitre ofrece al rechazo final que recibe la propuesta que Manuel Belgrano presenta al Congreso de Tucumán en 1816 sobre la necesidad de adoptar una monarquía temperada, colocar un descendiente inca en un trono americano (p. 129) y declarar a Cuzco como sede del Imperio (p. 139). Y si bien la propuesta fue calurosamente recibida por muchos, otros —provenientes mayoritariamente de Buenos Aires— señalarían con encono que la antigua dinastía había “dejado de existir como casa de príncipes hacía 300 años sin legar a la posteridad sino vástagos bastardos y sin consideración en el mundo, y que sólo existían en la historia de Garcilaso y en los poemas de Marmontel” (p. 202). El plan, sin embargo, había sido sostenido no sólo por Belgrano, sino también por Martín de Güemes, poderoso caudillo salteño, y el mismo libertador José de San Martín, y, según Eduardo Astesano, se llegó hasta señalar tímidamente a un individuo como candidato al trono: Juan Bautista Tupamaru, supuesto hermano de Túpac Amaru, quien cuando ocurrieron estas discusiones se encontraba en las mazmorras españolas.17 Si bien Pedro de Angelis se encarga ya en 1836 de señalar a este personaje como impostor, sus memorias publicadas en 1822 en Buenos Aires bajo el título de Dilatado cautiverio de don Juan Bautista Tupamaru bajo el yugo español constituyen un eslabón indispensable de la construcción imaginaria del Incario en América. Habiendo arribado a Buenos Aires ese mismo año con más de 80 años, Juan Bautista Tupamaru utiliza, según de Angelis, este supuesto parentesco para solicitar el apoyo y la protección del Gobierno argentino. Y lo consigue.

Hemos ya mencionado que el recuerdo de la rebelión de Tupamaru fue recogido tempranamente por el deán Gregorio Funes en su Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán y erigido expresión prototípica de las justificadas revoluciones de la historia,18 cuyo recuerdo es indispensable para los nuevos tiempos de lucha contra el despotismo:


Se quería que estos hechos fuesen borrados aun de la memoria de los oprimidos, y que a más no poder sólo existiesen en la conciencia de los opresores. Libres ahora de los satélites de la muerte, es un deber de todo ciudadano aprovechar la ocasión de disipar tantas sombras amontonadas con empeño sobre esos misterios del despotismo.19


Pocos años después, pero uno antes de la llegada de don Juan Bautista Tupamaru a Buenos Aires, Luis Ambrosio Morante presentará su Túpac-Amaru, drama en cinco actos en los teatros de Buenos Aires.20 Morante, actor peruano con carrera en los escenarios porteños, había ya adaptado varias piezas europeas para las tablas rioplatenses.21 Por el contrario, Les incas no sería editado en tierra americana, ni lo sería ninguna otra expresión de la boga incanista europea. Sin embargo, no cabe duda de que los patriotas conocieron estas expresiones y que, como ya se señalara a principios del xix, fueron ellas las que inspiraron muchos de sus movimientos políticos y gran parte de la literatura independentista que fundaría las literaturas nacionales de nuestra América.

Esta composición reúne los retratos de los reyes incas desde Manco-Capac hasta Atahualpa. La parte española de la dinastía empieza con el retrato de Carlos I y termina con el de Fernando VI. El sitio electrónico www.colonialart.org registró un óleo dibujado a partir de este grabado en el que Fernando VI fue sustituido con el retrato de Simón Bolívar, agregando así más etapas de la historia a esta curiosa genealogía de gobernantes. Lamentablemente, esta obra ya no está disponible porque el propietario decidió restablecer a Fernando VI y borrar a Bolívar. De cualquier manera, tanto el grabado con Fernando VI como el óleo con el retrato de Bolívar nos hablan de la apropiación y reinterpretación de la historia de cada nuevo sistema político. Didacus Villanova, Reyes de los incas y de los españoles, 1748. Grabado, 46 x 59.7 cm. En Antonio de Ulloa, Relación histórica del viage a la America meridional. Segunda parte, tomo quarto. Cortesía de la John Carter Brown Library, eeuu.