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ARTÍCULOS

La ilusión de la minería novohispana: Los límites entre la reforma y el progreso (1760-1821)
1 Véase: David A. Brading, Mineros y comerciantes en el México borbónico (México: Fondo de Cultura Económica, 1971), en especial el capítulo dedicado a la “Revolución en el gobierno”.
2 John Lynch, La España del siglo xviii (Barcelona: Crítica, 1991), pp. 290-294. Para el gasto español, véase a Jaques A. Barbier y Herbert S. Klein, “Las prioridades de un monarca ilustrado: el gasto público bajo el reinado de Carlos III”, Revista de Historia Económica, año iii, n. 3 (1985), pp. 473-495.
3 Rafael Torres Sánchez, “Crecimiento y expansión económica en el siglo xviii” en Agustín González Enciso y Juan Manuel Matés Barco (coords.), Historia Económica de España (Barcelona: Ariel, 2006), p. 138. Aunque también existe la idea de que a Carlos III se le han atribuido “demasiados laureles”, ya que las reformas se hicieron de marera lenta y resultaron blandas. Véase: Francisco Sánchez Blanco, El Absolutismo y las Luces en el reinado de Carlos III (Madrid: Marcial Pons Historia Estudios, 2002), p. 35.
4 Cuauhtémoc Velasco Ávila, Eduardo Flores Clair, Alma Parra y Édgar Gutiérrez, Estado y Minería en México (1767-1910) (México: Fondo de Cultura Económica-semip, 1988).
5 Carlos Marichal, “El peso o real de a ocho en España y América: una moneda universal”; mimeografiado.
6 El malacate era un aparato para sacar metales, escombros y agua de las minas. En una rueda se enredaban sogas y la rueda era movida por mulas o caballos. El socavón era un túnel que servía de drenaje de las minas y se aprovechaba también para introducir materiales y extraer minerales.
7 Desde el año 1554, Bartolomé de Medina inventó un sistema metalúrgico “en frío”, beneficiando los minerales con azogue y sal en unos grandes patios donde se obtenían los minerales. Modesto Bargalló, La amalgamación de los minerales de plata en Hispanoamérica colonial (México: Cía. Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, 1969).
8 María del Refugio González, Ordenanzas de la minería de la Nueva España formadas y propuestas por su Real Tribunal (México: unam, 1996).
9 La Corona monopolizó la comercialización del azogue entre 1599 y 1811. Las autoridades virreinales fueron las que impusieron los ritmos de las remesas, la política de repartimientos y la determinación de los precios. Los mineros daban una fianza y recibían el azogue a crédito a un plazo de seis meses, aunque en distintas ocasiones se intentó revocar dicho crédito; el pago se efectuaba en plata pasta. Este método era con el fin de establecer un mayor control sobre la circulación de la plata.
10 Lugar donde se desechaban los materiales estériles y minerales incosteables.
11 Para una explicación mayor sobre los aspectos institucionales del azogue, véase: Antonia Heredia Herrera, La renta del azogue en Nueva España: 1909-1751 (Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1978).
12 Archivo General de la Nación (en adelante agn), Indiferente Virreinal, Caja 1959, exp. 22, 1610, 12 fjs.
13 agn, Correspondencia de virreyes, vol. 12, fjs. 415-416, 6 de diciembre de 1768 y vol. 14, fjs. 68-69, 2 de enero de 1771.
14 Rafael Dobado González, “Las minas de Almadén, el monopolio del azogue y la producción de plata en Nueva España en el siglo xviii”, en Julio Sánchez Gómez, Guillermo Mira Delli-Zotti y Rafael Dobado, La savia del Imperio, Tres estudios de economía colonial (España: Ediciones Universidad de Salamanca, 1997), pp. 403-472.
15 agn, Minería, vol. 11, exp. 2, “Representación que a nombre de la minería de esta Nueva España hacen al rey nuestro señor los apoderados de ella don Juan Lucas de Lassaga, regidor de la Nobilísima Ciudad y juez contador de menores y albaceazgos, y don Joaquín Velázquez de León, abogado de la Real Audiencia y catedrático que ha sido de matemáticas de esta Real Universidad”. El documento fue publicado en 1774 por Felipe Zúñiga y Ontiveros y en edición facsímil por Moreno de los Arcos, 1979.
16 Entre 1744 y 1774 se elaboraron siete proyectos para financiar a la minería; véase: agn, Reales Cédulas Originales, vol. 64, exp. 22, fjs. 63-74v., agn, Reales Cédulas Originales, vol. 103, fjs. 84-114, agn, Provincias Internas, vol. 245, exp. 13, fjs. 101-132v, Archivo General de Indias (agi), Audiencia de México, 2235, agn, Minería, vol. 11, exp. 2, fjs. 357-420.
17 Lange ha contribuido con un excelente esquema para explicar el “circuito del crédito” que prevalecía en el siglo xviii en Zacatecas. Véase: Frédérique Lange, Los señores de Zacatecas. Una aristocracia minera del siglo xviii novohispano (México: Fondo de Cultura Económica, 1999), pp. 81 y 86.
18 La idea de poner en movimiento los capitales ociosos fue una realidad; véase: Eduardo Flores Clair, “Los créditos del Tribunal de Minería en Nueva España, 1777-1823”, Ibero Amerikanisches Archiv, n. 24, ½, 1998, pp. 18-22.
19 ahpm, Caja 9, doc. 6, Solicitud de Manuel de la Borda y Verdugo para aviar sus minas en Zacatecas, 1780.
20 El proyecto de las Ordenanzas se envió el 26 de agosto de 1779, se sancionó el 22 de mayo de 1783 y se promulgó el 15 de enero de 1784. Véase uno de los borradores en agn, Indiferente Virreinal, Caja 81, exp. 1, 1783, 134 fjs., y el bando emitido por el virrey Matías de Gálvez, agn, Indiferente Virreinal, Caja 844, exp. 22, 1784.
21 Sobre la salud de los trabajadores, véase: Eduardo Anguita Galán y Eduardo Anguita Mandly, “Domingo Russi, un modelo de médico ilustrado en el México del siglo xviii”, en Antonio Gutiérrez Escudero (coord.), Ciencia, economía y política en Hispanoamérica colonial (Sevilla: csic-eeh, 2001), pp. 51-65.
22 Esta idea surge de una revisión de las noticias sobre minas europeas publicadas entre 1751 y 1794 en la Gaceta de Madrid.
23 Carlos III reinó de 1759 a 1788, Carlos IV de 1789 a 1808 y Fernando VII de 1809 a 1822. Los promedios anuales son de cada periodo, con el fin de evitar los cambios pronunciados y conocer la tendencia. Se utilizó como fuente los datos publicados de Rafael Lardizábal, tesorero de la Casa de Moneda, en El Águila Mexicana, t. II, n° 124 (16 de agosto de 1823), pp. 445-457.
24 Las equivalencias en centavos eran: 25 centavos, 12.5 centavos, 6.25 centavos y 3.12 centavos. Bando publicado en Gazeta de México, t. v, n° 21 (30 de octubre de 1792), p. 186.
25 Ruggiero Romano, Moneda, seudomonedas y circulación monetaria en la economía de México (México: El Colegio de México, 1998).
26 Enrique Florescano y Rodolfo Pastor, Fuentes para la historia de la crisis agrícola de 1785-1786, 2 vols (México, agn, 1981).
27 Véase: Matilde Souto Mantecón, “El hambre en la Nueva España del siglo XVIII”, en http://www.economia.unam.mx/amhe/memoria/simposio08/Matilde%20SOUTO.pdf. El chahuistle es un hongo pernicioso que ataca al maíz, diferente del huitlacoche, que es comestible.
28 Gazeta de México, t. ii, n° 3 (14 de febrero de 1786), p. 30.
29 Gazeta de México, t. iv, n° 25 (11 de febrero de 1791), pp. 238-239.
30 Citado por John Lynch, p. 321, tomado de Michel Morineau, Incroyables gazettes et fabuleux métaux. Les retours des trésors américains d’après les gazettes hollandaises (xvie-XVIIIe siècles) (Cambridge: Cambridge University Press, 1985), pp. 417-419.
31 Examen de la obra intitulada Essai politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne, por Alexander von Humboldt, París, 1808-9. Artículo de John Allen en The Edinburgh Review, traducido al español por José María Blanco White, El Español, 30 de julio de 1810. José María Blanco White, El Español, vol. 2 (Granada: Almed, 2009). Edición a cargo de Jesús Vallejo y José María Portillo.
32 Eduardo Flores Clair, El Banco de Avío Minero novohispano. Crédito, finanzas y deudores (México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2001).
33 Eduardo Flores Clair, Minería, educación y sociedad. El Colegio de Minería, 1774-1821 (México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2000).
34 El precio del azogue español fue de 42 pesos mientras que el alemán costaba 63 pesos.
35 agn, Operaciones de Guerra, vol. 202, exp. 96, 1816, fjs. 209-214. A lo largo del siglo xix, los poderosos banqueros de la Casa Rothschild se hicieron cargo de la administración y comercialización del azogue de las minas de Almadén, los precios aumentaron de manera muy considerable. Véase: Miguel A. López Morrell, La Casa Rothschild en España (1812-1914) (Madrid: Marcial Pons Historia, 2005).
36 Marco de plata u oro igual a 230.0465 gramos.
37 Dictamen de la Comisión Especial nombrada para informar sobre el Importante ramo de minerías (Madrid: Imprenta Especial de las Cortes, de don Diego García y Campoy, 1821), pp. 5-8.
38 Gaceta Imperial, t. i, n° 27 (22 de noviembre de 1821), pp. 195-199.
39 Gaceta Imperial, t. i, n° 25, 26 y 27 (17 de noviembre de 1821), pp. 181-183; (20 de noviembre de 1821), pp. 189-192; y (22 de noviembre de1821), pp. 195-199.

Eduardo Flores Clair
Instituto Nacional de Antropología e Historia


La defensa del Imperio español dependía de la minería novohispana. Galvez fue enviado por Carlos III para atender los problemas de esa industria. Los novohispanos arguyeron sobre los precios de los insumos, las condiciones desfavorables en una inversión de riesgo, la deficiente regulación en materia de propiedad, la lentitud de los juicios y la falta de educación científica y desarrollo tecnológico. Irónicamente, las presiones militares (con la invasión de Bonaparte y la Guerra de Independencia) cortaron el apoyo a esa industria sobre la cual estaba basada la defensa militar del Imperio.


Una de las ideas más extendidas para explicar el crecimiento de la industria minera en el último tercio del siglo xviii ha sido atribuida a las “reformas borbónicas”.1 Al subir al trono Carlos III, en 1759, se inició la posibilidad de realizar una serie de transformaciones con el fin de promover la recuperación de la economía española y, con el apoyo de las “luces”, aminorar el rezago en el ámbito cultural que se tenía frente a las otras dinastías europeas. En el programa reformista tuvo un lugar especial la industria minera novohispana. En dicha actividad confluían las prioridades de la metrópoli, debido a un cuantioso déficit de ingresos, provocado por las enormes inversiones en la industria militar y un presupuesto insuficiente para cubrir el gasto en defensa de todos los territorios del Imperio.2 Por ello, resultaba apremiante conseguir mayores ingresos, con ayuda de las colonias, e intentar una contracción del gasto. Como afirma Rafael Torres,


el Estado borbónico se dotó de los instrumentos políticos y administrativos para intentar mejorar de forma sustancial el nivel de conocimientos de la realidad económica del país. Nunca como hasta entonces, el Estado estuvo informado de los “males” de España.3


A mediados del siglo XVIII, la Corona española necesitaba obtener ingresos para enfrentarse militarmente a otros imperios. De ahí que la llegada de Carlos III al trono conllevara una serie de medidas para revitalizar la industria minera novohispana. En éste óleo, el rey viste un atuendo militar de gala. Anton Rafael Mengs, Carlos III, CA. 1761. Óleo sobre tela, 151.1 x 109 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.

En el caso de la Nueva España, los empresarios mineros desempolvaron los antiguos proyectos, donde solicitaban cambios en las leyes mineras, modificaciones en la política fiscal, las rebajas en el precio de los insumos monopolizados por la Corona, entre otros puntos. Las reformas que se exigían abarcaban los ámbitos de la explotación, la metalurgia y la comercialización de los metales; resultaba imprescindible crear un nuevo orden para sacar a la minería de su estancamiento. Los empresarios veían a la Corona como la única vía posible de salvar su situación; el contar con su apoyo político era una garantía para el fomento de la actividad.4 Hay que tener en cuenta que en el siglo xviii la economía novohispana era un eslabón más de la economía atlántica; el comercio del mundo se había expandido por varios continentes y articulaba un sinnúmero de procesos productivos. Este comercio demandaba cada vez más medios de cambios, y “los pesos mexicanos”, gracias a su confianza y aceptación, se habían convertido en la mercancía más universal que unía a los mercados europeos y asiáticos. Por ello, España tenía el interés y la obligación de prestar su ayuda a las minas americanas con el fin de multiplicar su productividad.5

Las innovaciones

Los problemas discutidos entre los empresarios mineros y los oficiales reales, en torno a los cambios ineludibles en la industria minera, tenían como trasfondo la rentabilidad de las minas. La inversión en las explotaciones representaba un enorme riesgo: se trabajaba “a ciegas”, los mineros tenían la imposibilidad de saber la calidad de los minerales y sus métodos de exploración se guiaban sólo por la intuición. En general los costos de extracción se incrementaban en la medida que se profundizaba la mina, situación que se agravaba por la emanación de agua, tanto por los ríos subterráneos como por las condiciones inherentes a la época de lluvias. En este caso, los mineros tenían que invertir considerables sumas en el desagüe, ya fuera con el uso de malacates o con los extraordinarios socavones.6 Otro factor que actuaba en contra de la rentabilidad era el monopolio que la Corona ejercía sobre ciertas mercancías; se pagaban por ellas sobreprecios y el abasto era deficiente.7 Asimismo, los empresarios de las minas padecían una profusa y enmarañada legislación minera que no ayudaba a resolver los problemas más mínimos y se veían involucrados en litigios interminables que resultaban muy costosos.8

José Antonio Alzate, uno de los más importantes personajes de la Ilustración novohispana, diseñó este malacate que se usó en las minas de Temascaltepec. José Antonio Alzate, “Propuesta de un malacate reformado en donde hay agua escasa” (detalle), 1831. En Gacetas literarias de México. Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.

En 1761, Carlos III envió a la Nueva España como “visitador” a José de Gálvez, a quien se le otorgó poder extraordinario para llevar a cabo las reformas pertinentes. Gálvez fue comisionado para inspeccionar las dificultades que enfrentaba la sociedad novohispana, negociar con los poderes locales y resolver los conflictos que frenaban la recaudación fiscal. En relación con la minería, Gálvez se convirtió en el mayor promotor de las transformaciones de la actividad. En 1766 recogió la añeja demanda de los mineros y gestionó la reducción del precio del azogue (mercurio), el cual pasó de 82 a 62 pesos el quintal.9 La rebaja revestía una gran importancia: los mineros tenían la posibilidad de beneficiar grandes volúmenes de minerales de baja ley; de otro modo, dichos minerales se convertían en un gasto improductivo, ya que se tenían que arrojar a los terreros10 porque el proceso metalúrgico resultaba incosteable. Aunque había un precio oficial y estaba prohibido el comercio del azogue, existían diversas prácticas ilegales: los oficiales reales se las arreglaban para revender o cobrar un sobreprecio por cada quintal entregado y los particulares acaparaban la mercancía para revenderla. Esta situación era aún más grave en las épocas de escasez; el minero quedaba en manos de los especuladores.11 En otros casos, los mineros pedían que se les rebajara el precio del azogue como un medio para compensar las cuantiosas inversiones en la construcción de socavones.12 Uno de los principales argumentos para conceder la rebaja en el precio de esta materia prima fue que era un elemento clave para estimular la productividad minera, con lo cual se conseguía incrementar su venta y amonedar más metales preciosos. Pero, sobre todo, aumentar de manera notable la recaudación fiscal de la Real Hacienda.13

Los resultados fueron alentadores: la acuñación creció de manera considerable. El promedio anual entre 1733 y 1765 era de 11 397 582 pesos y, con la primera rebaja del azogue, se consiguió un notable incremento: el promedio anual entre 1766 y 1777 fue de 15 263 765 pesos. Las autoridades reales comprendieron que esta política rendía buenos frutos y, en 1777, consideraron hacer una segunda rebaja, la cual se estableció en 41 pesos por quintal. La demanda de azogue se incrementó en 35% entre 1765 y 1804, la Corona se vio rebasada para satisfacerla a ese ritmo y la minería novohispana padeció desabasto por problemas en las minas de Almadén (Ciudad Real en Castilla-La Mancha) y por las guerras europeas.14

Además de las reformas financieras y judiciales que propuso, Joaquín Velázquez de León fue autor de varias memorias sobre los aparatos empleados en la minería novohispana y su funcionamiento. Joaquín Velázquez de León, Perspectiva de la machina con que juegan 4 pares de fuelles que dan soplo a los 4 hornos de fundición, 1773. AGN, México.

La reforma de mayor trascendencia fue la de agrupar a los mineros a través del Tribunal de Minería. José de Gálvez, como ministro de Indias, en 1777 autorizó a los mineros a organizarse en un cuerpo político que actuara como representante del gremio. Cabe decir que, desde el siglo anterior, en los centros mineros existía una organización incipiente a través de diputaciones e incluso en algunas de ellas participaban los comerciantes. Estos representantes “populares” tenían la misión de hacer llegar las demandas a los oficiales reales y promover las negociaciones pertinentes. Sobre esta estructura, plenamente aceptada, se instituyó el Tribunal de Minería a semejanza del poderoso Consulado de Comerciantes.

Desde 1774, Joaquín Velázquez de León y Juan Lucas de Lassaga habían redactado un documento que recogía las principales demandas de los mineros en la Representación que a nombre de la Minería de esta Nueva España hacen al rey...15 Plantearon que, para impulsar la minería, era indispensable contar con recursos suficientes con el fin de que los mineros dispusieran de créditos más baratos.16 La minería podía tener la falsa imagen de las ganancias rápidas, pero la realidad era muy distinta. Para obtener rendimientos de la explotación se requerían grandes inversiones de capital: el empresario cubría una multitud de gastos antes de poder aprovechar las riquezas minerales y, por tanto, se veía en la necesidad de buscar fuentes de financiamiento. Pero el mercado del crédito minero se distinguía por su complejidad, embrollos regionales y, sobre todo, su alto precio. Mientras que la agricultura solía recibir créditos al 5 o 6% anual, los mineros tenían condiciones de crédito más desfavorables: solían pagar hasta 10 veces más estas tasas. Para financiarse, los mineros organizaban compañías por barras (acciones); integraban los procesos de explotación y beneficio; utilizaban el pago en especie, la venta inmediata de minerales en bruto o minerales refinados; recurrían a los rescatadores de plata, fiadores de mercancías; ocultaban ventas a través de la donación de barras; rentaban haciendas de beneficio; maquilaban minerales; aprovechaban el crédito oficial del mercurio y, sobre todo, mantenían una amplia red de negocios y dependencia con aquellos sectores enriquecidos, quienes cobraban los altos intereses de los préstamos de manera simulada, con el fin de evitar las leyes de la usura.17

Como director general del Cuerpo de Minería de la Nueva España (1777-1786), Joaquín Velázquez de León hizo varias propuestas para mejorar varios procesos de la industria minera, entre ellos, este malacate de influencia alemana. Roberto Moreno, en su artículo “Apuntes biográficos de Joaquín Velázquez de León”, dice que Velázquez dejaba que los demás mineros hicieran uso de sus inventos sin cobrarles por ello porque, personalmente, le importaba que las nuevas instituciones tuvieran resultados. Joaquín Velázquez de León, Malacate, siglo XVIII. Tinta y acuarela sobre papel. Acervo Histórico del Palacio de Minería, Facultad de Ingeniería, UNAM.

De manera por demás hábil, Lassaga y Velázquez encontraron la fuente de los recursos que les permitió formar el “Fondo Dotal de Minería”. Le hicieron ver al rey que, desde 1732, los oficiales reales cobraban de manera duplicada el impuesto del “señoreaje”: primero se efectuaba el pago en las Tesorerías de los reales de minas y, posteriormente, al momento de introducir el metal en la Casa de Moneda de la Ciudad de México. Teniendo en cuenta las cifras de amonedación, estimaron que, anualmente, podían reunir cerca de 200 000 pesos. Esta cifra podía ser destinada para cubrir los gastos administrativos del Tribunal, servir como garantía hipotecaria de un crédito de 3 000 000 de pesos con una tasa de interés anual del 5%. Los prestamistas serían todos aquéllos que vivían de sus rentas, como las instituciones eclesiásticas, viudas, huérfanos y menores.18 De esta manera, se formaría un Banco de Avío para apoyar a los mineros. También propusieron la formación de un seminario con el fin de instruir a los jóvenes novohispanos.

El Banco de Avío Minero, para otorgar préstamos, estableció que se acreditara la propiedad de las minas, se realizara un estudio técnico, se llevara a cabo un avalúo de los bienes de los mineros y se supervisaran las labores de las empresas por medio de un interventor. El banco sería una institución que adelantaría dinero e insumos a los empresarios y recibiría a cambio la plata (venta adelantada de los metales preciosos). Por este servicio recibiría un “premio moderado” (tasa de interés) por cada marco de plata producido. El “premio” se destinaría para cubrir los intereses del capital, que el Tribunal solicitaría previamente a los particulares, y para incrementar los recursos disponibles (capitalizar al banco). Según Velázquez de León, el banco no prestará “caudales a rédito” y “los fines [son] que se perpetúe y vaya en aumento”.19


Este dibujo fue parte de la documentación realizada por los peritos de la época para resolver el litigio entre Juan Domingo González de Cossío y Juan Joseph de Lara, en relación con la mina “Nuestra Señora de Guadalupe”, localizada en el cerro de los Reyes, en el Real de Minas de Tlalpujahua. Miguel Ángel Flores y Joachín Castelaz (peritos), Minas de Tlalpuxahua, Michoacán, 1773. Mapa, 42 x 30.5 cm. AGN, México.

La impartición de justicia resultaba costosa y dilatada en todos los asuntos legales; las leyes mineras se distinguían por su desactualización, inoperancia y dispersión. Desde la Edad Media, las minas eran propiedad del monarca y abarcaban todos los frutos del subsuelo. Los particulares las obtenían en concesión para su usufructo y por esa gracia contribuían con los impuestos correspondientes, los cuales variaron a lo largo de la época colonial. Los mineros novohispanos padecían de manera frecuente por las denuncias, medición e invasión de los vecinos. Los juicios se rezagaban y las minas se paralizaban y muchas fueron abandonadas en espera de la resolución. La Audiencia era la instancia encargada de aplicar justicia, pero se veía rebasada por la abundancia de pleitos. Lassaga y Velázquez se dieron a la tarea de elaborar unas nuevas Ordenanzas, que garantizaban el interés del rey y daban más certidumbre a los particulares. En 1783, fueron aprobadas por el rey.20

Las Ordenanzas sancionaron la organización del Tribunal, establecieron las reglas de la propiedad minera, en tanto los requisitos que se debían de cubrir para denunciar y adquirir una mina; las dimensiones de las concesiones subterráneas; los métodos para explotarse; la relación que debía de guardar el minero con sus trabajadores. A pesar de su ideología liberal, dejaron intacto el trabajo forzado por el repartimiento indígena, el cual, aunque muy disminuido, continuó existiendo a lo largo de la época colonial.21 También la ley concedió grandes privilegios a los mineros para que pudieran aprovecharse de los recursos naturales de las comunidades cercanas a las minas, como pastos, bosques y aguas. Asimismo, las Ordenanzas emitieron los lineamientos generales para la fundación del Banco de Avío y regularon, hasta cierto grado, el mercado de minerales a través de los rescatistas. Determinaron la creación del Colegio de Minería, así como la de los peritos facultativos, para que se encargasen de supervisar las labores con el fin de que se dejaran de hacer de manera empírica y que se llevara un orden “científico”. Una de las prerrogativas más importantes fue que la aplicación de la justicia quedó en las manos de los mineros. Para su modernización, se adoptaron los juicios sumarios para evitar embrollos y, para los casos de mayor envergadura, se constituyó el Juzgado de Alzadas. De este modo, las diputaciones mineras adquirieron el poder de resolver los litigios; eran la autoridad interna y representantes ante el Tribunal y el rey.

Otro de los cambios institucionales en la minería novohispana fue la fundación del Real Seminario de Minería. Distintas voces habían advertido que el trabajo requería educación para sacar mayor provecho de las explotaciones y era imprescindible instruir a los trabajadores para “saber labrar una mina”. Lassaga y Velázquez de León confiaban en que el proceso de trabajo sería más fructífero cuando se resolvieran las dificultades técnicas; en consecuencia, los empresarios obtendrían mayores ganancias y el erario aumentaría considerablemente su recaudación. Para labrar una mina y beneficiar los metales, se requerían conocimientos vastos de geometría práctica, maquinaria, hidráulica, física, química “y una sagaz experiencia”. El proyecto se pospuso algunos años. En 1792, Fausto de Elhuyar, inspirado en los planes académicos de las escuelas europeas, sobre todo en Freiberg, puso en marcha el Real Seminario de Minería, donde se inició impartiendo las cátedras de la Ilustración: matemáticas, química, física, mineralogía, entre otras. Se pensaba que los colegiales serían los hombres de una nueva generación, educada en la ciencia y nutrida con la experiencia práctica.

Los estudios científicos impulsados por Carlos III pueden apreciarse en esta lámina que ilustra los instrumentos utilizados en el proceso de extracción de los minerales. Reales Ordenanzas para la Dirección régimen y gobierno del Importante Cuerpo de la Minería de Nueva España y de su Real Tribunal General de Orden de su Magestad, Madrid, 1783. Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, UNAM.

A la sombra del rey

Las monarquías europeas envidiaban la riqueza de las minas novohispanas. En los periódicos europeos, una de las noticias que se difundían con más frecuencia era el aviso de los nuevos hallazgos de vetas de diversos minerales. Se anunciaban con gran entusiasmo como si tratase de nuevos tesoros y con la esperanza de competir con las minas americanas.22 Los metales americanos determinaron por un largo periodo el ritmo del mercado de divisas en buena parte del mundo, por el hecho de que el comercio sólo tenía confianza en los pagos en metálico y la plata disfrutaba de un lugar privilegiado por su alta demanda universal. Asimismo, la explotación americana impuso los costos productivos al resto de las minas y algunas de ellas se vieron en la necesidad de cerrar por ser incosteables. En las regiones de Nueva España exentas de minas y fuera de la cadena productiva minera existía una economía restringida. Los cambios “borbónicos” en la minería pueden constatarse en el siguiente cuadro.

CUADRO 123

ACUÑACIÓN DE METALES PRECIOSOS EN NUEVA ESPAÑA 1733-1822

PERIODOS

PROMEDIOS ANUALES

DIFERENCIA

1733-1758

$11 256 473

 

Carlos III

$16 002 698

42.00%

Carlos IV

$22 616 146

100.91%

Fernando VII

$10 261 548

-8.83%


El crecimiento sostenido en la minería se inició en 1768 y se prolongó hasta 1811, cuando la producción se contrajo de manera significativa. El aumento de la producción en este largo periodo no sólo se debió a las políticas de fomento aplicadas a la minería. A partir de la libertad de comercio en 1778, se percibe un cambio sustancial en la acuñación. Es importante apuntar que, por ley, todos los metales preciosos debían ser amonedados antes de su exportación, aunque existieron algunas excepciones y los metales salieron en “barras”, tejos o de manera fraudulenta. Los mineros, sin importar la distancia que los separaba de la Ciudad de México, enviaban sus metales para convertirlos en monedas y algunas de ellas ni siquiera circularon en el virreinato, pues se destinaban al comercio exterior e iban directamente a Veracruz y Acapulco para embarcarse. De hecho, la sociedad novohispana padeció una falta de circulante de manera crónica; aunque las autoridades intentaron evitar esta extracción, resultó imposible detenerla. En 1792, Carlos IV expidió un “bando” que prohibía que se sacara la “moneda menuda”, es decir la de menor valor que correspondía a dos reales, un real, medio real y un cuarto de real. El castigo que se les imponía a los particulares que desobedecían era que sus monedas se pagaban sólo al precio de plata pasta y se les mandaba a las Casas de Moneda de Madrid o Sevilla para refundirlas.24 Por esta razón, en el comercio, sobre todo al menudeo, existía una serie de “símbolos” sustitutos o las llamadas seudomonedas.25


En esta portadilla puede apreciarse el escudo del Importante Cuerpo de Minería que ilustra una edición de las Reales Ordenanzas, que tuvo gran difusión. En Reales Ordenanzas para la Dirección del régimen y gobierno del importante cuerpo de la minería de Nueva España y de su Real Tribunal General de Orden de su Magestad, 1783. Acervo Histórico del Palacio de Minería, Facultad de Ingeniería, UNAM.

Las labores del campo y la minería mantuvieron un estrecho vínculo a través del comercio de una amplia gama de productos agrícolas, artículos ganaderos y mano de obra. Quizá el momento más dramático, donde se identifica dicha interdependencia, fue la crisis agrícola que se inició en 1785, aunque sus secuelas se prolongaron por varios años.26 La sequía que azotó los valles centrales del virreinato pronto provocó hambruna e interrupción de los trabajos en las minas. El cambio de clima hizo que las siembras se retrasaran y las cosechas se malograran por una helada temprana. Los productos que resultaron presa de las inclemencias fueron el maíz y el frijol, alimentos básicos de la población y de los miles de animales de carga utilizados en la minería. Para empeorar la situación, en algunos lugares, como en las haciendas de Chalco, les cayó el chahuistle.27

Sobran los testimonios que dan cuenta de las diversas medidas que tomaron las autoridades para combatir el hambre de los vecinos. En Zacatecas, los religiosos y particulares se organizaron para contrarrestar la miseria de los desempleados que recorrían las calles en busca de alimentos. Al medio día socorrían a más de 500 personas con una “porción de carne y arroz”.28 Todavía en 1791 se recordaba que los reales habían suspendido o disminuido sus trabajos. Los caminos eran intransitables por falta de pastos y agua para las recuas. Pero, pasada la sequía, se presentaron las inundaciones. El precio del maíz tuvo un alza exorbitante que sólo “los dueños de las opulentas negociaciones podían pagar”. El clima había empezado a cambiar y era una buena señal para que la acuñación mejorara.29

Uno de los indicadores para confrontar las reformas mineras fue sin duda el envío de recursos a las arcas del rey. En el cuadro 2 se puede comprobar que los oficiales reales cumplieron con su misión de incrementar los ingresos reales. El aumento constante del ingreso real, aunque con ciertos ajustes, muestra por una parte la tendencia al alza y la capacidad de disponer de mayores recursos, la garantía para conseguir préstamos y aumentar la deuda. En segundo término, también era un hecho comprobable que la minería contribuía a dinamizar la economía o, como se decía en aquellos años, “tenía un efecto multiplicador en las otras actividades”. La minería aportaba los impuestos directos, pero debido a la demanda de un sinnúmero de insumos, generaba importantes ingresos a la Real Hacienda y como muestra el siguiente cuadro.

CUADRO 230

INGRESOS PROCEDENTES DEL TESORO AMERICANO POR QUINQUENIO, EN MILLONES DE PESOS, 1756-1804

QUINQUENIO

TOTAL

MEDIA ANUAL

1756-1760

76.4

15.2

1761-1765

67.9

13.2

1766-1770

86.3

17.2

1771-1775

76.1

15.2

1776-1780

59.5

11.6

1781-1785

114

22.8

1786-1790

135.1

27

1791-1795

120.9

25.9

1796-1800

49.5

9.9

1801-1804

119.8

29.9


El Ensayo político de Alexander von Humboldt es un testimonio muy valioso sobre la medición de la “prosperidad” en la Nueva España. En 1810, John Allen parafraseó la obra del barón prusiano. Allen hace notar que la imagen en Europa sobre la Nueva España, en los últimos 30 años, había cambiado por completo debido a la riqueza generada y a los adelantos científicos.


El aumento de población apuntaba a la existencia de mayores empleos y a la posibilidad de un importante mercado de consumidores; el incremento en las alcabalas mostraba un síntoma de fortalecimiento del mercado interno; el incremento de los caminos y rutas comerciales denotaba un acercamiento a los mercados externos y, las minas que se explotaban con “trabajadores libres” y no eran las causantes de la despoblación [sic]. Y que por más que produjeran no se les notaba que los metales preciosos bajaran sus precios.

Allen también afirma:

Mas no es necesario recurrir a informes de aduanas ni acumular detalles estadísticos para convencernos de que Nueva España se halla en un estado de adelantamiento progresivo y rápido. La extensión y mejora de su agricultura y manufactura, el aumento de sus ciudades y villas, el embellecimiento de su capital y ciudades principales, las sumas expendidas por sus habitantes en establecimientos benéficos o de adorno, los progresos de la educación y el cultivo de las ciencias útiles o agradables por su juventud, son indicios nada equívocos de un estado de prosperidad y progreso, como lo contrario es síntoma de decadencia y ruina.31

Los límites de la protección

En los primeros años del siglo xix, la política “borbónica” de fomento a la minería dejó de funcionar. El Banco de Avío resultó un descalabro económico; sólo unos cuantos mineros consiguieron crédito y el tiempo de rembolso fue insuficiente, lo que ocasionó una intervención real por sospecha de malos manejos y la suspensión de operaciones. Los recursos del fondo dejaron de capitalizar a los mineros y fueron destinados a donativos y préstamos forzosos de la Corona.32 El Real Seminario, que abrió sus puertas en 1792, empezaba a rendir sus primeros resultados, antes del inicio de la Guerra de Independencia, pero resultó incompetente para revertir la falta de técnica para la explotación. La primera generación participó en el bando insurgente y algunos de ellos fueron sacrificados.33

El monopolio del azogue, que había sido uno de los principales pilares de la reforma, se vio envuelto en diversos problemas: la interrupción del abasto a las minas por las guerras europeas, el bloqueo de los ingleses a los puertos españoles y la invasión de Napoleón Bonaparte a la península ibérica. Cabe agregar que, en la Compañía Real de Almadén, la extracción de mercurio se contrajo y los cambios técnicos que se intentaron resultaron insuficientes, lo que provocó una profunda crisis de improductividad. La Corona, ante esta triste situación, tuvo que recurrir al azogue que se producía en Idria, Sajonia. De nueva cuenta, el precio del insumo vital se incrementó en 50% y para muchos mineros pobres fue imposible adquirirlo.34 Posteriormente, en 1811, las Cortes de Cádiz decretaron la libertad de comercio de azogue y en lugar de provocar una competencia entre los productores y reducir el precio, los mineros quedaron en manos de los especuladores, quienes encarecieron de manera desorbitante el insumo.35

A grandes líneas, los mineros enfrentaban un enorme obstáculo: los metales preciosos tenían un precio fijo: por cada marco de plata u oro,36 la Casa de Moneda pagaba 8.5 y 139.75 pesos respectivamente. Los mineros o propietarios de los metales preciosos debían ajustar sus costos productivos a esos precios. En realidad, la guerra provocó una brecha entre el costo y el beneficio. Muchas minas, de aquéllas que Humboldt había dicho que eran 3 000 en todo el virreinato, eran incosteables. El crédito casi se extinguió ya que la Corona, a través de los préstamos forzosos y la consolidación de vales reales, obtuvo buena parte del ahorro. Las acciones de guerra y los asedios en los caminos provocaron que las mercancías aumentaran su precio de manera considerable; la inflación alcanzó los víveres de primera necesidad y registró una subida constante en los insumos de las minas y haciendas de beneficio. Antes de la guerra, la plata pagaba de impuestos el 17.66% de su valor y el oro el 18%.37 A estos gravámenes había que aumentar los impuestos extraordinarios originados por la guerra y los desembolsos extras destinados a la protección como: convoy, guardias, compra de armamento, entre otros. Los empresarios se ahuyentaron y se llevaron sus capitales. Otros cambiaron de giro o murieron en la guerra.

La península española también participó en el desarrollo tecnológico de la minería. A finales del siglo XVIII, Agustín de Betancourt publica tres memorias sobre el funcionamiento de los hornos de Almadén. “Estampa tercera”. En Agustín de Betancourt y Molina, Tercera memoria sobre todas las operaciones que se hacen dentro del cerco en que están los hornos de fundición del Almadén, 1783. Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, España.

En general, los años de la revuelta, la política de fomento, la descapitalización, las necesidades de la Corona, las guerras europeas, entre otros factores, ayudaron a colapsar el sistema productivo minero. La situación de Guanajuato, la ciudad minera que llegó a ser la más importante del mundo, muestra, en el cuadro siguiente, el momento de quiebre de las reformas.

CUADRO 338

DERRUMBE DE LA PRODUCCIÓN EN GUANAJUATO

 

1801-1809

1810-1818

CONTRACCIÓN

PLATA

$45 459 810

$22 027 675

51.50%

ORO

$2 292 352

$832 640

63.67%

TOTAL

$47 752 162

$22 860 315

52.12%


La formula se repite

Juan Francisco Azcárate, iniciador de la Independencia y miembro de la Suprema Junta Provisional Gubernativa en los primeros días del Imperio, pensaba que “los manantiales de oro y plata” se encontraban “secos” y había que encontrar la solución a todos los problemas que aquejaban a la minería. Ante la necesidad de desaguar las minas, propuso que se emplearan “artefactos” para llevar a cabo la tarea de manera pronta. Impulsó la reducción de impuestos para la importación de máquinas de vapor, una exención que podía alcanzar más de 100 000 pesos. El azogue había que adquirirlo de cualquier mercado, ya fuera en Europa, Asia o América; Azcárate también señaló que las minas de Huancavelica en el Perú eran las más cercanas y debían ser las que abastecieran, pero, de manera paralela, debía de fomentarse la explotación de los yacimientos de azogue en territorio mexicano. Los mineros realizaban cuantiosas inversiones en las obras de las minas y era posible que se necesitasen más de 20 millones para rehabilitarlas. Por ello se les debería de exentar del pago de los “quintos” por un plazo de 5 o 6 años con el fin de ayudarlos a capitalizarse. Se debían explotar los terreros, aquéllos que por muchos años se habían acumulado fuera de las minas y que contenían una buena cantidad de plata.39

Consumada la independencia, se volvió imperativo reactivar, una vez más, la industria minera: los mismos problemas fueron detectados y las mismas soluciones fueron recetadas. Juan Francisco Azcárate propone importar el insumo del azogue de las minas de Huancavelica en Perú. Plan que demuestra la superficie de la Real Mina de Azogues de S.M. del Cerro de Santa Bárbara de esta villa de Huancavelica, en la parte superior del brocal, CA. 1789. Archivo General de Indias, Sevilla.

De nueva cuenta se pensaba que había que proteger a la principal industria del México independiente a través de reformas que ayudaran a paliar la crisis en la que se encontraba. Y sin la concurrencia de una serie de factores y la protección del Estado era muy difícil que sobreviviera.